Arcadi Espada. Foto: Jesús Ubera

El periodista y escritor analiza en Un buen tío (Ariel) el juicio mediático a Francisco Camps, que liquidó su carrera política a pesar de ser declarado inocente por la justicia en el famoso "caso de los trajes".

Para Arcadi Espada, el expresidente valenciano Francisco Camps es Un buen tío. Así ha titulado el periodista y escritor un extenso ensayo sobre el famoso caso de los trajes de Camps: un supuesto soborno en forma de trajes por parte de la trama Gürtel. Después de un proceso de tres años, la justicia declaró inocente al político del Partido Popular, pero el juicio mediático paralelo aniquiló su carrera política. En su libro, Espada se centra en la cobertura, en su opinión desmedida, que El País hizo del caso, al que dedicó 169 portadas en tres años, más de una por semana de media. El autor tira de hemeroteca y analiza pormenorizadamente todas esas informaciones publicadas por el diario e incluso las palabras empleadas, para demostrar aquello de que el lenguaje nunca es inocente. Una segunda voz, "lateral y melancólica", se intercala con este análisis para reconstruir los hechos a partir de testimonios recabados personalmente.



El libro, que lleva por subtítulo Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres y ha sido editado por Ariel, sale a la venta mientras el nombre de Francisco Camps vuelve a los titulares por su imputación en las causas abiertas por supuestas irregularidades en la organización del Gran Premio de Europa de Fórmula 1 de Valencia y de la visita del papa Benedicto XVI a la ciudad en 2006. Además, en los últimos días Ricardo Costa (exsecretario del PP valenciano) ha acusado a Camps de ser "el máximo responsable" de la supuesta financiación ilegal del partido en los años en que fue presidente del partido y de la comunidad autónoma.



Pregunta.- ¿Qué es lo que le indigna más del "caso de los trajes de Camps"?

Respuesta.- No sabría decirte. Es una historia que rebosa motivos para la indignación por los cuatro costados, tanto por el lado del populismo como del periodismo. Yo siempre busco temas que me indignen porque escribir con mal humor es mucho más sencillo que escribir contento.



P.- ¿La presunción de inocencia, por parte de la sociedad civil y de los medios de comunicación, corre peligro?

R.- Sin duda. La presunción de inocencia está en trance de desaparición del imaginario colectivo de los españoles, especialmente cuando afecta a los políticos. En España un político es un presunto.



P.- En las últimas semanas ha vuelto a sonar el nombre de Francisco Camps, acusado por Ricardo Costa, imputado en el asunto de la Fórmula 1 y en el de la visita del Papa a Valencia. ¿Sigue poniendo la mano en el fuego por él?

R.- Yo no pongo la mano en el fuego porque la inocencia no te libra de quemarte si la pones. Este tipo de expresiones son demasiado metafóricas para mí, que soy fanático del lenguaje directo.



P.- Dicho de otra manera entonces, ¿sigue pensando que es un político "inteligente, trabajador y honrado", tal como lo define en el libro?

R.- Camps es un hombre honrado y su actuación en todos los asuntos que citas es la de un hombre honrado. Dicho esto, yo me ocupo en este libro del caso de los trajes y de ninguna cosa más, por tanto debe ser el centro de nuestra conversación, pero podría explayarme sobre el asunto de la Fórmula 1, que conozco bien, y que reviste los mismos mimbres de mentira institucionalizada que en el caso de los trajes. En cuanto a la visita del Papa es ridículo y grotesco que se pueda imputar a un hombre que fue presidente de honor, en representación de la Generalidad de Valencia, en una fundación que tenía que ocuparse de los aspectos organizativos de la visita. Es todo tan kafkiano y ridículo en lo que afecta a Camps que no vale la pena explayarse. Solo quiero añadir una cosa al respecto: en la vida civil de una persona rigen los llamados antecedentes penales, que desaparecen con el paso de un determinado número de años. Los antecedentes mediáticos no desaparecen nunca y son los que convierten a un hombre en extremadamente vulnerable e inmunodeficiente ante cualquier canallada que los medios y la justicia puedan plantearle.



P.- En el libro llama la atención sobre lo habitual que es que los lectores desconecten en un determinado momento de un caso de largo recorrido y se queden con una idea errónea o incompleta del mismo por no haberlo seguido hasta el final.

R.- Tú sales ahora a la calle y preguntas: ¿Usted cree que el señor Camps fue absuelto por el pago de unos trajes? Todos te dirán que no, que Camps fue culpable. Podrías hacerlo, es un ejercicio de campo maravilloso, y reafirma lo que estoy diciendo sobre los antecedentes mediáticos. Camps no solo fue absuelto por un tribunal popular, sino también por el tribunal supremo, pero la gente cree que Camps es culpable, y eso es solo culpa de un sistema mediático infectado.



P.- ¿Cree que el PP fue desleal con Camps?

R.- Sí. Hasta que Rajoy llegó a la Moncloa, lo trató con cuidado. Luego lo echó del partido como un clínex usado. Así se comportan los partidos en general. Yo siempre digo que fue la izquierda política y judicial la que lo mató y su partido lo enterró.



P.- Dice que el caso de Camps es un ejemplo de posverdad antes de que se inventara la palabra. ¿Era necesaria? ¿Designa un fenómeno nuevo?

R.- Por qué no, designa una actualización de las mentiras. Además, la posverdad no es exactamente una mentira. ¿Cuál es la diferencia entre las armas de destrucción masiva de Bush y las "verdades alternativas" de Trump? Una muy sencilla: presuntamente, Bush o uno de los miembros de su gabinete mintió deliberadamente a la opinión dando a entender que tenían pruebas de que Irak tenía armas de destrucción masiva; eso es, canónica y convencionalmente, una mentira. Lo de Trump es un poco distinto: se trata de que para él existen los hechos alternativos, es decir, existe la inexistencia de la verdad. En este sentido, es el gobernante posmoderno por antonomasia, el que había de culminar este descrédito de la verdad que el posmodernismo plantea desde la mitad del siglo XX.



P.- ¿El populismo y el nacionalismo son las dos mayores amenazas de la democracia hoy?

R.- Sí, pero son lo mismo, no hay nacionalismo que no sea populista. En realidad el populismo es un método que el nacionalismo utiliza de manera franca y desacomplejada. No hay operación populista más canónica que la que en Cataluña han llevado a cabo los independentistas. Por otra parte, el nacionalismo es una solución fácil a problemas complejos: que manden los de la tierra que son los mejores.



P.- ¿Cuándo cree que volverá la normalidad a Cataluña después de la tensión acumulada en los últimos meses?

R.- Lo más importante es que el asalto a la democracia que plantearon los independentistas ha fracasado. El estado se ha defendido y ha aplastado ese intento, cosa que cualquier demócrata debe sentir como una gran satisfacción. Naturalmente cuando los derrotados vuelven a sus cuarteles de invierno tardan mucho tiempo en asumir la derrota. Aunque no van a poder ejercer el poder en las condiciones republicanas y soberanas que ellos querían sí que van a poder seguir practicando la estrategia de propaganda y asalto a los medios para que su causa tenga visibilidad en Europa. Esa matraca durará hasta que la renovación generacional vaya procurando enfoques distintos de la relación entre unos catalanes y otros.



P.- Dice que el periodismo no es una verdad provisional sino modesta. ¿Cuál es el fallo más habitual de la profesión al respecto?

R.- Esa es una frase que me gusta mucho. A veces, citando al editor del Washington Post Phil Graham, que el periodismo es el borrador de la historia, y hay quien lo entiende como algo que ya se corregirá. No, perdone, cuando usted establece un escalón de verdad, este tiene que ser firme. Luego ya vendrán otros periodistas con más tiempo y más calma, vendrán historiadores, políticos, científicos, etcétera, pero que sea el primer escalón de la verdad no quiere decir que tenga que ser frágil.



P.- ¿Cree que el entorno digital, con la celeridad que impone, ha empobrecido el periodismo en ese sentido?

R.- Yo creo que el problema que he citado es consustancial del periodismo. El entorno digital lo que ha agravado sobre todo es la ruina del negocio. Por otra parte, no nos engañemos, lo digital ha permitido una mayor fiabilidad de las informaciones, aunque solo sea sobre las grafías. Antes la cantidad de erratas que aparecían en los periódicos era tremenda porque comprobar el nombre del primer ministro checoslovaco no era fácil. Los ordenadores y el entorno digital han mejorado mucho la precisión del periodismo.



P.- Por una parte asegura que los periódicos importan pero al mismo tiempo reconoce, con melancolía y diría que ironía, que es probable que sea la última persona que lo cree.

R.- Soy, sí, con melancolía e ironía, el último hombre que se tomó en serio los periódicos. No he conocido a nadie que se preocupe por ellos más que yo. Todo lo he aprendido a través de los periódicos, soy un chico del siglo XX formado en ellos, y, por supuesto, el periódico que forma parte de mi crítica central en este libro es también el que me formó de una manera más clara. Soy un lector de periódicos hasta la agonía, me gusta, es un placer intelectual y me parece que los periódicos siguen siendo la representación del mundo más veraz y más influyente.



@FDQuijano