Juan Larrea (a la izquierda) y Gerardo Diego. Madrid, septiembre de 1929. Archivo Juan Larrea.

La correspondencia entre Gerardo Diego y Juan Larrea es una de las más fructíferas de la literatura española del siglo XX: un diálogo sostenido a lo largo de más seis décadas que alumbra, según José-Carlos Mainer, "un momento capital de la historia intelectual española". Es decir, la llamada Edad de Plata.



Aunque las cartas de Larrea a Gerardo Diego eran ya conocidas (Cartas a Gerardo Diego. 1916-1980, un libro descatalogado ya), faltaba la edición conjunta, la que pusiera ambas trayectorias cara a cara, y eso ha hecho el proyecto "Epístola", dirigido por Mainer e impulsado por la Fundación Francisco Giner de los Ríos y la Residencia de Estudiantes, que viene recuperando las correspondencias de figuras principales de la literatura española.



Epistolario (1916-1980) incluye más de 400 misivas, muchas inéditas (casi todas las de Diego). No son estas cartas solo de vida, sino también de poesía: hay 31 poemas de Larrea y 69 de Diego, muchos también inéditos, y otras versiones tempranas de poemas publicados más tarde.



El 7 de febrero de 1919, Diego añade a una carta varios poemas, uno de ellos ("Coplas"), inédito hasta la fecha:



Yo no sé cómo te atreves

corazón

a embriagar tus días breves

de ilusión.

Después de aquel tan terrible

descalabro

tan bárbaro, tan horrible,

tan macabro.

Por querer subir, subir

sin escalas

confiado en el batir

de tus alas.

Por querer volar, volar

como el viento...

¿Te acuerdas del ejemplar escarmiento?

Aún conservas de la herida

la señal.

Tu inesperada caída

fue mortal.

Codiciaste las estrellas

de los cielos

y solo trazaste huellas

en los suelos.

Y soñabas y soñabas

caminando

sin saber por dónde andabas

cómo y cuándo...

El hipogrifo indomable

de tu sueño

era solo un miserable

claviqueño.



Gerardo Diego y Juan Larrea mantuvieron durante décadas una estrecha amistad y una gran complicidad literaria. Ambos comenzaron atentos a la escena teatral, muy influidos por ella, interés que más tarde se trasladó por completo a la poesía. "En estas cartas se inscribe la gradual maduración de ambos poetas hasta alcanzar su sazón", escriben en el prólogo los profesores Juan Manuel Díaz de Guereñu y José Luis Bernal Salgado, encargados de la edición.



Carta de Juan Larrea a Gerardo Diego, Bilbao, 4 de julio de 1919. Archivo de Gerardo Diego.

Hay dos partes bien diferenciadas del epistolario: la de antes y la de después de junio de 1937, cuando la correspondencia se interrumpe por la Guerra Civil. En las cartas publicadas entre el estallido de la Guerra Civil en 1936 y junio de 1937 se evidencian las diferencias políticas entre ambos.



En su última carta antes de retomar la correspondencia 11 años después, Larrea le recrimina a Diego su actitud ante un hecho dramático de la guerra en el norte (puede ser el bombardeo de Guernica, pero también la caída de Vizcaya en manos de los nacionales), aunque -dicen los editores- no se ha encontrado nada "que justifique esa frase de Larrea".



Escribe Larrea el 25 de junio de 1937, desde París:



"Querido Gerardo: Muchas gracias por tu felicitación de San Juan aunque para recibir carta del amigo haya sido necesaria la satisfacción causada en ti por la destrucción germano italiana del pueblo vasco".



En 1948, cuando la correspondencia se retoma, Larrea está en México y Gerardo Diego en Sentarraile, en los Pirineos franceses, aunque reside en Madrid habitualmente. Larrea le envía unos libros y Diego se lo agradece. "Verdaderamente era absurdo que no nos escribiéramos desde hace once años", escribe. Gerardo Diego le reprocharía en 1967, veinte años después, aquel tajo en la correspondencia:



"Fe que, por lo demás, no ha sufrido eclipse alguno. Perdóname que te recuerde que la tuya sí. Y que llegaste a llamarme en letras de molde 'judas', cosa que me hirió 'de mi alma en el más profundo centro'. Yo no he sido capaz de llamárselo por escrito a nadie y menos a un amigo de verdad, como creo que lo hemos sido siempre". Destacan también las tempranas manifestaciones artísticas de ambos, también en su actitud. Los editores destacan cómo ambos se pintan "melancólicos o afectados por el tedio".



En su carta del 2 de septiembre de 1918, Diego escribe:



"Juan: acuérdate de que somos artistas; todos estos sufrimientos neurasténicos son compensaciones, son sangrante moneda con que hemos de pagar esta delicia incomparable de sentir, esta promesa y esta ilusión de que trabajando con voluntad llegaremos a crear para que otras almas sientan con las nuestras. ¿Qué importa atormentarse? Dios nos regaló la merced de hacernos vibrar apasionados ante tantas cosas que a los más les fastidian y les aburren".



Son constantes, en todas las décadas que dura la correspondencia, los momentos en que los poetas comparten sus inquietudes, sus inseguridades. El 1 de julio de 1919:



"Sí: querido Juan. Yo no soy creacionista, yo no soy ultraísta, yo no soy novecentista, yo no soy . ¿Tú creíste algún día que yo era poeta? Lo malo es que yo también me lo creí alguna vez y ahora no me encuentro por ninguna parte. Antes siquiera yo era yo. Pero ahora dudo hasta de eso. Comprendo que cometo un verdadero crimen al hablarte así expuesto a desanimarte, pero tengo que decirte lo que siento. No me hagas caso. Tú, sí. Yo creo que tú te has encontrado definitivamente".



A lo que Larrea contesta tres días después:



"Mi campaña de junio nula. Únicamente terminé media docena de poemas durante mi estancia en Madrid. A Cansinos entregué copias y con los originales se quedó un amigo de tal frescura que no me los ha devuelto. De entonces hasta hoy no he hecho nada. Me ocurre algo de lo que en tu carta de ti me dices. Tengo voluntad y ganas de producir como nunca, pero me falta la emoción creadora o situadora y no hago más que recoger materiales dispersos preparándome para cuando salte el cierzo. Además la proximidad del verano me inquieta y me distrae. Tanta impresión fuerte me ha aturdido y he perdido la efusión de mis reconditeces. Y me temo que sea muy poco todo lo que haga durante el verano. Por todos estos motivos no puedo hoy enviarte ni un mal verso. Otra vez será".



Aunque, como se ha dicho, tuvieran mucho en común, los caracteres de ambos poetas eran muy distintos. En su carta del 22 de octubre de 1922, en la que habla largo sobre la visita de Huidobro a París, Diego contrapone su ánimo sedentario a la vocación viajera, aventurera de Larrea:



"Yo no estoy seguro como tú que sea mi destino recorrer tierras, devorar horizontes, embriagarme de nuevos panoramas internos. Aun en momentos de mayor optimismo aventurero, me sentía un poco acobardado y hasta añorante de un lejano hogar con su gato, su silencio voluptuoso y su soledad familiar".