Carl Schmitt, el jurista de Hitler, conversando con Jünger, que nunca fue nazi

Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado. Barcelona, 2017. 624 páginas, 29 €

"Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas". Con estas escuetas pero impactantes frases comienza el pormenorizado estudio que Christian Ingrao (Clermont-Ferrand, 1970), especializado en el III Reich y la violencia política del período, dedica al selecto grupo de intelectuales y profesionales cualificados que colaboraron activamente en la barbarie hitleriana desde sus diversos puestos de responsabilidad en las SS. La investigación del historiador francés se centra en un reducido conjunto de personas -ochenta- pero trata de dar una imagen representativa de una importante parcela de la sociedad alemana -ilustrada y eficiente- que ejecutó sin rechistar las consignas del régimen y, lo que es aún más significativo, se sintió profundamente seducida por la demagogia nazi hasta el punto de compartir de manera entusiasta sus objetivos últimos.



Conviene aclarar desde el principio para orientación del lector que el prolijo estudio de Christian Ingrao -con un impresionante aparato bibliográfico y manejo de fuentes de primera mano- no incluye a los intelectuales germanos más prominentes del período, los que vivieron en la retaguardia aquellos convulsos años. Para simplificar y entendernos, en estas páginas no se hallarán alusiones a filósofos como Heidegger o escritores como Jünger. Los intelectuales cuya pista se sigue en este volumen se mueven en un registro mucho más modesto y sus nombres no dirán nada al público español. En cambio sus acciones se dibujan con una nitidez espeluznante, golpeándonos con su brutalidad extrema: ¿cómo unas mentes cultivadas pudieron cometer tales atrocidades?



El volumen procede directamente de la tesis doctoral del autor, que comenzó a trabajar en el tema en 1995 y acometió su redacción entre 1997 y 2001. Son precisiones necesarias porque, como el propio Ingrao reconoce en una especie de breve ensayo explicativo que precede a la relación bibliográfica (pp. 549-556), estas dos últimas décadas han sido trascendentales para los historiadores del período y más concretamente para los escrutadores de la Alemania nazi, por dos motivos fundamentales. El primero, la apertura de muchos archivos soviéticos, que ha permitido el acceso a múltiples documentos ignotos de valor incalculable. El segundo, el progreso del conocimiento de la sociedad alemana bajo el III Reich, con obras renovadoras y debates que han trascendido el ámbito de los especialistas. Baste citar en este sentido desde la publicación de Las benévolasde Jonathan Littell, que Ingrao considera una especie de réplica en ficción de su trabajo, hasta la famosa polémica entre Christopher Browning y Daniel Goldhagen sobre la participación de los alemanes corrientes en la maquinaria de guerra y exterminio del régimen nazi.



El título elegido condensa bien los propósitos de la obra. En primer lugar, "creer" en el sentido de compartir los ideales de la revolución nacionalsocialista: como era previsible, antisemitismo en un lugar preponderante, pero también una serie de valores motrices como el victimismo (la famosa puñalada en la espalda de 1918), el nacionalismo beligerante y expansivo o el darwinismo social, con todo lo que ello implicaba. El segundo factor es "destruir" porque los individuos -o los sectores sociales- que asumen los antedichos ideales políticos se integran pronto, y con un entusiasmo digno de mejor causa, en una infernal e imparable dinámica de destrucción y muerte que se enseñorea del viejo continente, sobre todo la Europa Oriental. Y en tercer término, Ingrao menciona con insistencia para designar a este grupo de colaboradores activos de la belicosidad hitleriana el concepto de "intelectuales", porque frente al tópico del antiintelectualismo nazi argumenta que se desarrolló un caldo intelectual de nuevo cuño -nietzscheísmo, racismo, eugenesia- en el que se formaron estos profesionales agresivos.



El proceso de formación está expuesto en la primera parte, titulada "Una juventud alemana". No es casual que comience bosquejando un proceloso "mundo de enemigos", un marchamo que se repite luego como referencia indispensable para la génesis de una cosmovisión o, como aquí se dice, un ámbito de vida (Lebensgebiet). Los individuos cuya trayectoria estudia Ingrao vivieron su niñez y se formaron en una sociedad traumatizada por la Gran Guerra, humillada en la derrota, embebida de rencor. Ese es el magma que subyace en lo que el autor denomina camino hacia la "nazificación del saber". Estos "niños de la guerra" se convierten en jóvenes bien formados en sus respectivas materias pero sin salir de una "cultura de guerra".



El paso siguiente es "ser nazi" con todas sus connotaciones. Esto significa, entre otras cosas, y para seguir usando las expresiones que abundan en el volumen, "un proyecto de refundación sociobiológica", la "apropiación de un sistema de creencias" y una "mecánica social del compromiso". La estampa de conjunto admite no obstante "unas militancias y unas formas de reclutamiento diferentes". Menciono esto porque Ingrao va alternando en las páginas el retrato de una generación con el interés por caracterizar trayectorias individuales concretas, con nombres y apellidos, que ofrecen perfiles claramente diferenciados. Todos los estudiados fueron responsables de crímenes en alguna medida pero hasta en esto hay grados: no todos cometieron las mismas barbaridades.



La tercera parte del volumen, de lejos la más amplia -y también la más interesante- lleva por título "Nazismo y violencia: el paroxismo de 1939-1945". En los capítulos que la componen, Ingrao detalla cómo fueron las actitudes de los verdugos, con qué argumentos justificaron las matanzas y qué sintieron al llevarlas a cabo. Al profano le puede sorprender la persistencia de una mentalidad de guerra legítima y defensiva que se instaló en las conciencias de los soldados. Merced a ella se podía defender cualquier cosa, hasta lo inconcebible. Se podría aducir como ejemplo el testimonio escalofriante de un policía vienés, participante en una de las muchísimas matanzas en masa.



Él mismo confiesa en una carta a su mujer que al principio temblaba de nerviosismo pero al "décimo coche, apuntaba ya con calma y disparaba de manera segura a las mujeres, los niños y los numerosos bebés, consciente de que yo mismo tengo dos en casa, con los que estas hordas actuarían de igual modo, incluso quizá diez veces peor". Y prosigue en la misma línea, con detalles como este: "Los niños de pecho salían volando al tiempo que describían una gran parábola, y nosotros los reventábamos en el aire antes de que cayeran en la fosa y el agua. Hay que acabar con estos brutos que han traído la guerra a Europa"... (p. 338).



Los capítulos que integran esta tercera parte abordan con detenimiento y hasta con detalles macabros cómo eran aquellos espantosos asesinatos colectivos. Nadie estaba a salvo. Las matanzas adquirían proporciones apocalípticas, a menudo acompañadas de una crueldad tan salvaje que hace difícil su comprensión y durísima la lectura. Ingrao sostiene que se desbordó la pura necesidad militar para desembocar de modo sistemático en el puro "placer de matar" (p. 432). Interesantísimo e imprescindible por ello el capitulo 11, "Los intelectuales de las SS sometidos a juicio", en el que se percibe más justificación que arrepentimiento.



En cualquier caso, no podía haber castigo equiparable a la magnitud de los crímenes. Aún más, en sus conclusiones el autor subraya que pese a "la dimensión traumática de la experiencia genocida, no hubo nunca ruptura del consentimiento de estos hombres a la matanza" (p. 536).