Luis Mateo Díez

Alfaguara. Barcelona, 2017. 568 páginas, 19,90 euros, Ebook: 9'99 €

Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) ha creado un mundo ficticio sin parangón en la literatura actual, tanto por la riqueza de historias y personajes inventados en las Ciudades de Sombra que componen su imaginaria provincia del hombre como por su plasmación en un estilo inconfundible por su manera de contar la vida en una prosa de factura clásica, muy elaborada en todos los aspectos, desde su variedad léxica hasta su aliento poético, pasando por su andadura rítmica. El autor leonés ha logrado la excelencia en novelas como Fantasmas del invierno (2004) y La soledad de los perdidos (2014), por citar ejemplos del siglo XXI. También la ha conseguido en el relato, como vemos en los reunidos en El árbol de los cuentos (2006), y en el micorrelato, género narrativo en el que fue un avanzado en las últimas décadas con Los males menores (1993). Y su maestría se ha consumado en las más altas cumbres de la novela corta, como demuestran las doce Fábulas del sentimiento, reunidas en 2013 en homenaje cervantino en el cuarto centenario de las Novelas ejemplares.



En su dilatada trayectoria narrativa el creador de Celama no ha dejado de explorar formas en el manejo de los componentes del relato. Algunas de las más importantes están en la invención de sus Ciudades de Sombra como espacios provinciales donde se localizan sus narraciones y en la composición de novelas con cuentos entrelazados en su estructura, como en El espíritu del páramo (1996) y en La ruina del cielo (1999), las dos primeras de la trilogía El reino de Celama.



Ahora en Vicisitudes el autor ha reunido 85 cuentos de forma tan peculiar que por las recurrencias que configuran su atmósfera común parecen concebidos como 85 capítulos de otras tantas novelas que componen una comedia humana con cientos de personajes en situaciones y conflictos reiterados desde la infancia y adolescencia, pasando por amores y desamores de juventud, extravíos de solitarios o en matrimonios que tampoco alegran la vida en compañía, hasta llegar a la soledad extrema de viudos y ancianos cerca de la muerte.



El aire de familia de los relatos viene dado por su localización en las Ciudades de Sombra creadas por el autor, como las conocidas Armenta, Borela, Borenes, Ordial, Doza, las cuales, junto con otras menos conocidas o de nueva creación, componen la provincia literaria en la que Celama constituye un territorio mítico que también aparece aquí. Son urbes romanizadas y emputecidas, como Borela, "aterida en los inviernos proverbiales, recocida en los estíos pertinaces […], urbe ermitaña sin andanzas ni revuelos" (p. 245), ciudades fantasmales de "antigüedad vacía", "hermanadas en el piélago provincial" (p. 386), como Berma, que "tenía el don de la inmovilidad, la quietud del desamparo y la desidia, y ese don también lo administraban sus habitantes, de tal modo que el fluido urbano era paralelo al de sus vidas, tan acostumbradas y lacias" (p. 387). Por ellas corren las aguas de los ríos Nega y Margo.



En ellas viven personajes que encarnan la fragilidad de la existencia humana, el extravío, el desamparo y la soledad, como vencidos de la vida que sufren y protagonizan penares y aventuras a la vuelta de la esquina, desde castigos y malos tratos en colegios de su infancia, enemistades y violencia en pandillas de adolescentes, hasta la soledad del viajero huido de casa (como en La soledad de los perdidos) o del viajante de comercio por extrañas carreteras (como en Camino de perdición), pasando por la falta de entendimiento entre novios y cónyuges o entre padres e hijos, en situaciones en que "la vida es un trastorno que no tiene curación" (p. 499). Son personajes con nombre y apellido, como signo de interés por cada ser humano concreto. Y sus peripecias se cuentan en capítulos en que predominan los resúmenes narrativos, a veces con sarcásticas muestras de humor, siempre con exquisito pudor y con títulos cifrados en la desnudez de un nombre común, sin adherentes que aparten de la esencia de sus vidas, condenadas a la inútil certeza de la eterna derrota.



Solo quien es dueño de un mundo literario tan rico en lugares, historias y personajes puede componer un libro tan impresionante, como prueba de su capacidad para imaginar tantas aventuras y seres cotidianos que una vida humana no da tiempo para escribirlos todos.