Lea Vélez

"Si el fuego necesita oxígeno para vivir y en el espacio no hay oxígeno... ¿por qué arde el sol eternamente?". La pregunta se la hace a su madre un niño de tres años. El diálogo aparece en una novela y resulta del todo inverosímil por la edad del crío, pero es real. La madre auténtica es la escritora Lea Vélez y el niño es uno de sus dos hijos superdotados. El libro se titula Nuestra casa en el árbol (Destino) y la autora combina en él experiencia real y ficción para contarnos la historia de Ana, una madre que, tras quedar viuda y harta de un sistema educativo asfixiante e ineficaz, abandona Madrid con sus hijos para instalarse en el hostal del sur de Inglaterra que su marido le dejó en herencia. (En El jardín de la memoria, la autora compartió con sus lectores el trance de la muerte de su marido, y aquí vuelve a tratar el tema centrándose sobre todo en las lecciones positivas que le dejó aquel difícil proceso emocional). En un bucólico pueblo a orillas del río Humble, la protagonista construye el ambiente propicio para que sus hijos vivan una infancia feliz al tiempo que desarrollan plenamente sus capacidades intelectuales.



Los chispeantes diálogos entre los personajes de Nuestra casa en el árbol están llenos de inteligencia e ironía, a veces son divertidos y otras, profundos; todo ello compatible con la ingenuidad propia de los niños. "El libro me lo han escrito mis hijos, es un plagio de lo que ellos me han enseñado", asegura Vélez. Desde pequeños la acribillaban con preguntas complicadas sobre agujeros negros o el concepto de belleza, y con otras "que ponían el dedo en la llaga de lo mal que nos organizamos los adultos y de las incoherencias de nuestro sistema de valores", dice la autora. En ese sentido, los niños inteligentes son como marcianos recién llegados a nuestro planeta que ponen en cuestión todo aquello que los mayores han acabado asimilando.



En el colegio, los hijos de Vélez se aburrían y sacaban malas notas porque dentro del sistema educativo español nadie o casi nadie sabe identificar a un niño superdotado "si no se parece a un pequeño Stephen Hawking o a un pequeño Mozart", dice la autora. Si la madre le dice a los profesores que su hijo lo es, rara vez le creen, hasta que un test lo confirma. "Pero el sistema no sabe qué hacer con los niños superdotados". Así que Vélez decidió, por lo menos, cambiar a los niños a un colegio británico, cuyo sistema educativo trata mejor a los niños con altas capacidades.



El eje en torno al cual se desarrolla este proceso es una casa en un árbol que la madre construye para los niños a lo largo de la novela -la autora la construyó de verdad-, y que sirve también como metáfora de los temas que trata: "La necesidad de sentar una base y tener una buena estructura antes de construir cualquier cosa tanto en la vida como en la literatura, y la idea de que si todos los días construyes un poco, al final tienes algo estupendo. Todo esto parece de manual de autoayuda, pero cuando estás ahí subida a dos metros de altura y solo tienes una escalera y dos manos, empiezas a desarrollar una seguridad en ti misma muy útil para cualquier ámbito de la vida", dice Vélez. "También es una metáfora de la educación: el árbol tiene las ramas de una determinada manera y no le puedes encajar a la fuerza una cabaña prefabricada de Leroy Merlín".



Pregunta.- ¿Le gusta la palabra superdotado?

Respuesta.- Me gusta y no me gusta. La gente la entiende mal. Cuando mis hijos empezaron a ir al colegio vi una brecha entre la voracidad por aprender y la inteligencia que demostraban cuando estaban fuera del colegio y lo mucho que se aburrían dentro de él. Los profesores me hablaban de que podían tener problemas de todo tipo, hasta de la vista. Pero a nadie se le ocurrió que lo que les pasaba era que se aburrían. No me gusta decir que mis hijos son más listos que los demás niños, porque la gente podría pensar "qué madre más pedorra". Son como plantas, las hay tropicales y cantábricas, las hay que necesitan más o menos agua y más o menos luz. En el colegio esto no ocurre. Se trata a todos por igual y se les echa el mismo abono. Y si la planta no tira, es problema de la planta.



P.- ¿No hay opciones dentro de nuestro sistema educativo?

R.- Hay muy pocas, algún colegio público con proyectos experimentales pero que yo no tengo cerca. Tampoco hay apenas colegios especiales para niños con altas capacidades. Sin embargo en Murcia se han tomado en serio este tema, hacen pruebas en los colegios, los juntan y al estar entre iguales es más sencillo enseñarles racionalizando, debatiendo, comprendiendo y participando.



P.- Los diálogos son tan sofisticados que a menudo resultan poco creíbles o demasiado repipis para niños tan pequeños. Sorprende que muchos de ellos sean reales.

R.- Es cierto, pero es que mis hijos hablan así de verdad y, en parte, yo lo fomento. Como son muy listos, les hace gracia hacerme gracia. Saben que si usan palabras difíciles les voy a aplaudir, que cuando dicen algo repipi o filosófico yo me río. Por eso desde pequeños han desarrollado un vocabulario riquísimo, sobre todo en inglés porque hablamos en inglés en casa. Son como magnetófonos, todo lo pescan y lo reproducen después. Igual que algunos adultos citan de memoria a Proust, ellos te sueltan frases enteras de películas. Todo esto es así porque nunca los he tratado como a niños, nunca les hablo con condescendencia.



P.- En la novela fantasea con educar a los niños al margen del sistema, pero tarde o temprano todos debemos insertarnos en sus moldes. ¿No cree que el choque puede ser más fuerte en esos casos?

R.- Claro, siempre es necesario un poco de academicismo para aprender a encajar en la sociedad, pero la infancia es la base de la persona adulta. Si esa base es infeliz, aburrida, insoportable y banal, la persona adulta no podrá estar a gusto consigo misma ni tendrá confianza en sí misma. Es lo que me pasó a mí y no quiero que le pase a mis hijos.



@FDQuijano