Javier Sáez de Ibarra. Foto: Lisbeth Salas

El escritor publica Fantasía Lumpen, un libro sobre la crisis económica desde una perspectiva hiperbólica que nutre su larga trayectoria de cuentista.

Un hombre que de la noche a la mañana es capaz de solucionar cualquier problema empresarial con su sola presencia, un jefe que quiere comerse la mano de uno de sus trabajadores, un cajero de un banco con tendencia a asesinar a quien le pide un préstamo, las quejas de un vendedor de zapatos que no se quiere agachar… Estas son algunas de las historias que vertebran Fantasía Lumpen (Páginas de Espuma), el nuevo libro de cuentos de Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), que viene a suceder a otros compilaciones de relatos como El lector de Spinoza (2004), Propuesta imposible (2008), Mirar al agua. Cuentos plásticos (2009) y Bulevar (2013). En este libro Javier Sáez de Ibarra denuncia los excesos del capitalismo utilizando recursos que van de lo fantástico a lo hiperbólico, pero sin renunciar a abrir algunas rendijas por las que escapar del sistema.



P.- ¿De dónde proceden los estímulos que dan luz a un libro como Fantasía Lumpen?

R.- De un modo inmediato diría que los estímulos proceden de la crisis económica, política y social. La mayor parte de los cuentos, sobre todo los de la primera sección, son muy recientes. Los empecé a escribir a partir de 2012 y hay alguno que data incluso de 2016. Pero desde un punto de vista más amplio diría que siempre me han interesado los cuentos de temática social, incluso política. Por eso hay algunos cuentos que tenía escritos desde hace más tiempo que encajaban perfectamente en el libro.



P.- Sin embargo, a lo largo del libro, rehúye los relatos de pura denuncia social…

R.- Hay relatos de denuncia social, pero no tienen un estilo realista ni aportan datos como podría pasar en el reportaje o la crónica periodística. Yo utilizo la imaginación para generar una ficción con mucha carga de fantasía, con hipérboles, recurriendo a lo grotesco, a lo satírico… Por otro lado, algunos de estos relatos hablan directamente de lo humano porque no hay un corte tajante entre las dimensiones familiares o afectivas y las laborales o sociales, para mí todo está relacionado.



P.- En el origen de estos cuentos tiene mucha importancia la anécdota, ¿no?

R.- Desde mi punto de vista el cuento siempre relata una peripecia personal. Después puede haber un argumento más o menos oculto o más o menos explícito, pero siempre es algo que les ocurre a unos personajes. Esa es la esencia del cuento y en este libro siempre hay unos personajes que viven cosas. Eso es la literatura para mí: a través de la ficción iluminar la vida real.



P.- ¿Cómo funciona el paso de identificar una anécdota interesante sobre la realidad de la clase trabajadora a configurar un relato?

R.- En mi caso la escritura es muy intuitiva. Normalmente parto de un problema o de una pregunta sobre una situación de inestabilidad: alguien pide un sueldo y se lo rechazan o alguien necesita irse al extranjero porque está agobiado con su vida… Yo no conozco el final del cuento, pero lo voy encontrando a medida que escribo. No suelo planificar nada, con alguna excepción puntual. Pero es cierto que, de alguna manera, tu intención al principio del relato prefigura el final del mismo. Si me adentro en un conflicto concreto de una relación de pareja, ese conflicto eclipsaría otros aspectos como pueden ser la sexualidad o la dominación, por ejemplo. Pero el final nunca está preconcebido sino que es en la propia dinámica del relato cuando va apareciendo.



P.- ¿Cree que el cuento funciona mejor que la novela a la hora abordar temáticas de compromiso político-social?

R.- Alguna vez he escuchado que el cuento no puede ser comprometido, pero yo creo que el cuento y la novela son equivalentes. En general echo en falta que el mundo del cuento trate estos asuntos. La novela, como ya ocurrió en los 60 y en los 70, se ha volcado más en los últimos años en estas cuestiones sociales. Después ha habido autores de relato más concienciados. Por ejemplo, Ignacio Aldecoa siempre tuvo interés por la gente de clase más baja: toreros, boxeadores, camineros, conductores de tren… Siempre existió ese interés, pero en los últimos años había desaparecido un poco. En mi caso creo que hay que valorar el libro como conjunto porque tiene una entidad propia diferente a una mera acumulación de relatos. Y en este sentido tiene la ventaja respecto a la novela de que puede ser más poliédrico.



P.- El libro se abre con dos lemas: "Ya no hay clases sociales (adagio común)" y "Nadie pertenece al proletariado". ¿Decodifican de alguna manera el contenido?

R.- Sí, estos dos lemas encuadran el libro como si fuera una provocación o casi como si fuera un silogismo que tendría que demostrar. Se nos ha impuesto la idea de que ya no hay clases sociales y por tanto ya no hay lucha de clases. Como el proletariado es una clase social, nadie pertenece ya al proletariado. Ese sería el silogismo de partida, que actuaría como una provocación porque a medida que leemos los cuentos nos encontramos a una serie de personajes en situaciones incómodas y a veces terribles. De alguna manera creo que el libro invita a leer desde la clave de la clase social la condición de los personajes. Las personas no están en la sociedad como garbanzos en un puchero que deambulan de un lado para otro, sino que están estratificados conforme a sus posibilidades de dominar su propio trabajo y de dirigir su propia vida. Entonces el lector tiene que hacer examen de si esas dos sentencias del principio se confirman o no.



P.- ¿De qué manera cultiva el humor en estos relatos?

R.- Cuando hay tragedia, el humor es también algo fantástico. Parece que en situaciones tan dramáticas no correspondería reírse. En este libro el humor funciona, o al menos yo lo he pretendido, como una forma de descargar la tensión pero no tanto para evadirse como para dar una pirueta y volver a ella. Aquí tiene un cariz de humor negro, incluso sarcástico, porque habla de situaciones verdaderamente terribles.



P.- Parece que le gusta experimentar en cuanto a la forma y el estilo de los cuentos.

R.- La historia del cuento es para mí un repertorio de herramientas donde caben el realismo, la hipérbole, lo simbólico, el final inesperado, el anticlímax, la exageración… Todos esos recursos están a disposición del cuentista. Más que preocuparme de fraguar un estilo desde unas premisas a las que soy fiel, he ido descubriendo que tengo una voz más o menos propia pero que nace como algo inevitable de mi manera de ser y de mis limitaciones. A mí me interesa ser lo más eficaz posible a la hora de contar algo que me interesa. La forma la voy encontrando a medida que trabajo y me interesa como la forma se adapta a la historia, más que premisas sobre supuesto previos de escritura de un cuento. No sigo ningún decálogo ni ninguna norma. Para mí el cuento se genera de la libertad total.



@JavierYusteTosi