Carlos Ruiz Zafón en la FIL

Era inevitable. Ya salieron, antes de tiempo, las ventas de los escritores más vendidos: los grandes vendedores que se rifan editores y agentes. Los libros de quienes venden y con los que los directores editoriales, sean del pelaje que sean, se guardan las espaldas. Todos los grandes agentes están en la Feria: dejándose ver, exhibiendo palmito, hablando y negociando. Y dando ventas. Que si tal ha vendido en esta semana, según cifras oficiales, más de 10.000 ejemplares, que cuál lo ha superado en 2.000 más, que si fulana sabe muy bien lo que tiene que hacer para vender y que también ha vendido 10.000 ejemplares de su última novela, que si zutapa también va bien. Pero que el mejor que va en esta especie de canódromo un poco patético de los escritores más vendidos es Ruiz Zafón. Porque tienen que saberlo ustedes, los pocos lectores que me quedan, ya no se publican libros literarios sino marcas editoriales. Si usted es escritor y tiene influencia porque vende 50.000 ejemplares, bueno, usted puede estar en la primera fila de Hollywood en Guadalajara y hacer un buen negocio para todos los de su negocio, porque resulta que usted es una marca. Hay escritores con dos marcas vendibles y escritores que escriben literatura que no se vende pero que es muy buena literatura. Eso casi no cuenta en estas lides del siglo XXI.



Me he dedicado este día a abrir y cerrar puertas de la Feria, antes de entrar yo mismo en una de las estancias y, con muy poco público, sentarme con mi amigo el historiador y ensayista cubano Rafael Rojas a hablar de historia, del mundo editorial, del rescate de la memoria histórica y popular a través de la publicación de libros olvidados. A hablar de las ciudades que ya no existen y a pensar en alta voz qué novelas y que libros, en general, quedarán para explicarles a las gentes dentro de 70 años cómo era nuestro mundo. Sobre el mundo del XIX, "he recetado" al público, al poco público que asistió a escucharnos, Alicia en el país de las maravillas, de un matemático inglés que se escondió bajo un pseudónimo para camuflar sus profecías y el descubrimiento de las altas tecnologías en un mundo caótico. En lugar de un libro del pasado, un libro de futuro. Y sobre México, recomendé un libro de un escritor que pasa, libro tras libro, inadvertido en España y es uno de los escritores, a mi entender, del mundo: Patrick Deville. Se titula Viva ( y no me gusta el título) y habla de la época de Lázaro Cárdenas, cuando México era el mundo y el mundo no tenía más remedio que pasar por México. Deville hace un viaje por la época como si la hubiera vivido. Resucita a muertos que andan por las páginas de su libro, que a veces es novela, otro ensayo, otro historia y siempre un gran libro. Se narra en él la vida en México, la vida en paralelo (y por eso es un libro plutarquiano) de Malcolm Lowry en Cuernavaca, por un lado, y la trágica vida de Trotsky desde que desembarcó en Tampico huyendo de los soviéticos para encontrar la muerte a manos de un asesino, Ramón Mercader, personaje siniestro (junto con su madre) del que recuerdo dos novelas ejemplares, ayer la de Jorge Semprún, La segunda muerte de Ramón Mercader, y hoy la del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba los perros. Bueno, el libro de Deville es también ejemplar y de obligada lectura y no termino de entender por qué no es un escritor de los más vendidos en español (y en México, desde luego), sino alguien que pasa más bien inadvertido y cuyos libros visitan tan sólo por unos días los escaparates de novedades de las librerías.



Pero, en fin, ya lo saben ustedes: cada uno habla según le va en la Feria. Ayer proclamaba mi euforia por ver a las riadas de gentes que buscaban con avidez sus libros deseados en los stands de las editoriales presentes en Guadalajara y hoy, menos eufórico, me sereno hablando de libros pocos vendidos pero buenos con Rafael Rojas. Al final de la charla cara al público le pregunté a Rojas que cuáles serían las dos novelas que quedarían en el futuro de la ciudad de La Habana. Rojas creyó que yo iba a darle los nombres de dos o tres novelistas actuales, bastantes menores, pero yo reivindiqué ante el aplauso de mi amigo y de todo el público el nombre de Guillermo Cabrera Infante y sus dos novelas esenciales para que mañana y hoy mismo entendamos una Habana, una ciudad sustancial que ya no existe, en el futuro, cuando no se hable de nosotros y nosotros no podamos hablar porque ya no estamos aquí. Mientras hablábamos de los libros y la biblioteca del Virrey Palafox, ya se habían vendido en la Feria miles y miles de libros de los escritores-marca del momento. Que tengan paz cuando la gente los olvide.