Una imagen de la FIL de GUadalajara

El año pasado, en la 29ª edición de la FIL de Guadalajara, casi 800.000 personas visitaron las estancias del mayor acontecimiento literario y editorial de la lengua castellana. Este año, los organizadores esperan superar el millón de personas visitantes a la gran reunión. Si uno de los escritores invitados, como es mi caso, se sienta en un banco del interior de la Feria y observa el trajín de la gente se asombrará del ataque de euforia que se extenderá por su estado de ánimo.



¿Y estos son los prolegómenos de la muerte del libro, esta vorágine de gente ansiosa por hacerse con un ejemplar de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte con quien tomé un café esta misma mañana en el Hilton o locos por asistir a las reuniones en las que hablan los escritores feriantes? No están todos los que son, pero casi todos, encabezados por Vargas Llosa, John Irving, con quien crucé saludos en el ascensor del hotel donde nos hospedamos y Norman Manea, el gran escritor rumano, el exiliado universal, que ha recogido este año su premio FIL de lenguas romances, merecidamente.



Todo es una vorágine, de un lugar a otro, sin parar: desayunos, cenas, almuerzos, reuniones, visitas a la Feria, mesas redondas sobre la novela latinoamericana, mientras el poeta Gamoneda, casi simultáneamente, lee poemas suyos y de los demás. Y las fiestas, incansables todos en las fiestas interminables, llenas de tequila, amistad, abrazos y calor. Es un clima extrañamente gratificante: ¿y estos son los últimos años del libro, y estos son los últimos escritores de la Historia del libro de papel? Por la euforia y la vorágine parece que son los primeros y que estamos descubriendo el mundo del libro como se descubrió América, por casualidad de la Historia.



Llena de parte a parte de visitantes, la Feria se mueve como un tobogán insaciable que devora cuanto se le pone delante, sin bajar en ningún momento la guardia anfetamínica que está visión milagrosa provoca en el alma del amante de los libros. Gentes de toda condición, de todo pelaje, de todos los ámbitos, se arremolinan y revolotean en torno a los escritores que reconocen, sean mexicano o no. Yo me conformo con tomar otro café con mis amigas las escritoras mexicanas Rosa Beltrán y Mónica Lavín, que ahora dirigen un nuevo programa televisivo de entrevistas a personalidades y escritores en la televisión mexicana. Me conformo con hablar con Alberto Ruy Sánchez y Gonzalo Celorio en una esquina del desayuno del Hilton, el mismo lugar donde se encuentran los escritores Pérez-Reverte y Elmer Mendoza con un abrazo inmenso de vieja amistad. ¡Órale!, como dicen por aquí.



El final de cada día es una fiesta. El día lo es de la palabra, de la sorpresa editorial y de los escritores y visitantes. La noche es de la fiesta, el licor, del encuentro de los amigos en los lugares destinados por las editoriales y los organizadores de la FIL para diversión de los invitados. No me duelen prendas al decirlo y escribirlo: todo es perfecto o lo parece. Y lo parece porque lo es. La vorágine provoca en los escritores una liberación de endorfinas y la fiebre de los egos desayuna, como decía Juan Cruz, sus propios egos revueltos. Acabo de llegar de la fiesta matutina de Penguin Random House. Espléndida. Todos somos amigos o los parecemos. Y, en esta ocasión, lo parecemos porque seguramente todos o casi todos ya lo somos.



¿Llegará la FIL este año al millón de visitantes? Guadalajara es hoy una vorágine de gente leyendo, comprando libros con una curiosidad intelectual insólita y milagrosa. Claro que el mundo sigue devorando periódicos, revistas, libros, todo lo que se escriba en papel. Pero aquí, en Guadalajara parece que las predicciones de la muerte inminente del libro no se cumplen. El que se ha muerto es Fidel Castro, presente en su ausencia definitiva en todas las conversaciones de rincones intelectuales y feriales. Castro se ha ido quemado y sin que nadie lo vea: queda la leyenda, para unos la de un hombre digno entregada a la causa de la justicia. Para otros, entre los que me encuentro, un abominable sátrapa del Caribe que, como decía Gastón Baquero, vivió en Cuba en tiempos de Lezama Lima, de quien se venden en estos momentos en la Feria la edición de sus Poesías completas. Y eso que es una poesía hermética, rotundamente difícil de leer, pero Lezama es Lezama. Y sobrevivirá, en su símbolo intelectual y literario, al tirano que lo mató de hambre y de tristeza hace ya algunos años.