Carmen Balcells

En esta época nuestra de "jóvenes sobradamente preparados" y de perfiles intelectuales labrados a golpe de talonario, cuesta entender la trayectoria de pioneros autodidactas como Carmen Balcells (1930-2015). Quizá la explicación más convincente de su éxito sea relacionarlo con las oportunidades existentes en un país a medio hacer, como era la España de finales de los años cincuenta; y también con una excepcional inteligencia para los negocios, por supuesto; sólo que esta modalidad del instinto suele acomodarse mejor a un tipo de actividad muy alejada de aquella en la que la Balcells triunfó: la literatura. Piensa uno en el caso del editor José Manuel Lara, por ejemplo: también le hubiera cuadrado más el triunfo en el negocio inmobiliario o financiero, antes que en el mundo del libro.



Pero la literatura era entonces, como muy bien supo intuir Balcells, un campo por explotar. A ambos lados del Atlántico había empezado a rebullir una prometedora cantera de escritores jóvenes y ambiciosos. La propia sociedad española, resanadas más o menos -que no curadas- las heridas de la guerra civil, y embarcada en un proceso de modernización económica, parecía ofrecer mercado para una literatura renovada y definitivamente emancipada de las limitaciones que pesaban sobre los autores de las generaciones anteriores y sobre la difusión de sus obras. Como explicaba Xavier Ayén en Aquellos años del boom, la propia censura franquista aplicó sin tapujos un conocido doble rasero, que en la práctica se tradujo en cierta manga ancha: si se mostraba puntillosa con los manuscritos que se le presentaban en primera instancia, hacía luego la vista gorda con las segundas o terceras ediciones.



En ese medio prosperó la agencia literaria de Carmen Balcells; que, no hay que olvidarlo, se inició en el negocio en ACER, la oficina de representación de autores extranjeros que había establecido el rumano Vintila Horia, de quien hoy es difícil encontrar referencias que no nos recuerden su inquebrantable adhesión al régimen franquista o sus colaboraciones periodísticas en el periódico falangista Arriba. Horia era entonces, sin embargo, un autor activo e internacionalmente respetado; y fue precisamente el traslado de éste a París tras la obtención -que pronto fue objeto de una gran polémica- del prestigioso premio Goncourt, en 1960, lo que motivó que su colaboradora decidiera establecerse por su cuenta y fundar su propia agencia: para entonces, al parecer, su instinto la había guiado ya hacia donde estaban los nuevos filones por explotar.



Los éxitos no tardaron en sucederse. Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, entre otros muchos, figuraban entre los autores que su agencia representaba. Hay que decir que su primer contacto con parte de esa cantera fue fruto de una encomienda del editor Carlos Barral, que encargó a Balcells la gestión de los derechos en el extranjero de los autores de la casa. Pero Balcells entendió que la labor de una agente no era mediar entre editoriales, sino representar directamente a los autores y conseguir para éstos las mejores condiciones posibles. Era un concepto novedoso, que en la práctica suponía la elevación de los autores al estatus de profesionales independientes que ofrecían sus servicios en un mercado abierto. Que el experimento mercantil redundase en una indiscutible eclosión de talentos posiblemente tenga más que ver con la coyuntura del momento -el desarrollo económico español, el creciente exilio de intelectuales hispanoamericanos, el cosmopolitismo barcelonés- que con la propia naturaleza del negocio: la fórmula ha sobrevivido, pero en el ámbito hispano no ha habido una segunda gran generación de escritores a la altura de la del boom.



Las luces, no obstante, han sido más que las sombras. Carmen Balcells pasará a la historia por el protagonismo que su labor adquirió en aquel momento privilegiado de las letras hispanas. La suerte, unida a una indiscutible suma de méritos propios, quiso que ella estuviera allí.