Image: Matadlos, ¿Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España?

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Letras

Matadlos, ¿Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España?

Fernando Reinares

7 marzo, 2014 01:00

Galaxia Gutenberg. Madrid, 2014. 320 páginas. 18,50 euros

A pesar de su título, ¡Matadlos! no es un libro que busque un público aficionado a las sensaciones fuertes o a las diatribas. Por el contrario, la prosa de Fernando Reinares (Logroño, 1960) se caracteriza por su tono sosegado, por su voluntad de convencer mediante la acumulación de datos objetivos. Da incluso la sensación de que el autor no odia a ninguno de sus conciudadanos, una cualidad rara en la España de hoy. Si a ello se une que Reinares es, en el ámbito académico español, uno de los mejores conocedores del terrorismo internacional, se comprenderá cómo ha podido escribir el libro más sereno y documentado que ha aparecido sobre aquel episodio, el más trágico y uno de los más polémicos, de nuestra historia reciente. Debería leerlo todo lector interesado en la cuestión que plantea su subtítulo: "Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España".

A veces se dice que en el mundo actual padecemos una sobresaturación informativa, como resultado de la cual es difícil entender nada de lo que realmente importa. Yo diría, más bien, que éste no es un mundo para vagos, pero que quien quiere informarse de verdad lo tiene hoy más fácil que nunca... siempre que sepa seleccionar. En apenas 250 páginas de texto, Reinares ha logrado exponer, de manera clara y comprensible, no sólo todo lo que ya se sabía sobre la génesis de aquellos atentados, desbrozando la maleza de datos triviales e interpretaciones sesgadas que lo enmarañan, sino añadir algunos datos inéditos que contribuyen a arrojar luz adicional sobre lo ocurrido. Para ello se ha basado en un amplio análisis de la documentación judicial, en un buen conocimiento de los estudios sobre la red yihadista mundial y en entrevistas con expertos en la lucha antiterrorista, españoles y de otros países, e incluso con un ex yihadista libio, quien le reconoció haber conocido a uno de los terroristas del 11-M.

Gracias a ello ha podido demoler una interpretación muy extendida en círculos académicos y periodísticos, aunque algunos siempre la hemos puesto en duda, la de que los atentados fueron obra de un grupo local, surgido de la radicalización generada por la polémica guerra de Irak, que carecía de conexiones internacionales significativas y que decidió actuar de manera autónoma. La justicia no encontró pruebas suficientes para designar claramente a los responsables últimos de la criminal decisión de masacrar indiscriminadamente a anónimos ciudadanos que se dirigían a su centro de trabajo o de estudios a aquella temprana hora de la mañana, pero las pruebas de que no todos los implicados eran inmigrantes que residían en nuestro país surgieron desde muy pronto. Reinares añade algún elemento de juicio hasta ahora inédito y llega así a una reconstrucción de los hechos que, aunque carente de pruebas indiscutibles en algún puntos, resulta extraordinariamente verosímil. Y como historiador del terrorismo, puedo testimoniar que lo excepcional en la investigación de unos atentados, judicial primero y luego histórica, es que pueda llegar a esclarecerlos en todos sus detalles. Si se piensa un poco, no resulta sorprendente, ya que los terroristas actúan en la clandestinidad y procuran ocultar sus rastros.

Algunos hechos, sin embargo, han quedado bien establecidos por jueces y policías. Varios fundadores del grupo terrorista que perpetró los atentados procedían de una célula de Al Qaeda radicada en España, la de Abu Dahdah, que fue desarticulada por la policía española en noviembre de 2001 y cuyo líder había estado en contacto con algunos de los implicados en los atentados del 11 de septiembre de ese mismo año. Tres meses después, en febrero de 2002, se reunieron en Estambul representantes de organizaciones yihadistas norteafricanas, que acababan de perder sus bases en Afganistán tras la caída de los talibanes, y acordaron que era apropiado atentar en los países de residencia de sus miembros. Integrantes de una de esas organizaciones, el Grupo Islámico Combatiente Marroquí, estuvieron implicados en los atentados de Casablanca en mayo de 2003 y de Madrid en marzo de 2004. El propio Bin Laden amenazó expresamente a España seis meses antes de que se produjeran los atentados, mostró su satisfacción por ellos e incluso ofreció después una tregua. Y finalmente, algunos miembros del grupo del 11-M que huyeron de España encontraron apoyos para trasladarse a Irak, donde se incorporaron a la acción terrorista. Como puede verse, se trata de una red de relaciones que va bastante más allá del madrileño barrio de Lavapiés.

Todas esas piezas del rompecabezas se conocían, pero Reinares las ensambla especialmente bien y añade una muy significativa, la de un marroquí del que cree que pudo jugar un papel clave y acerca del que aporta datos hasta ahora muy poco conocidos, de fuente oficial estadounidense y de fuente yihadista. No diré su nombre, para dejar algo de intriga al lector, pero sí que formó parte de la célula de Abu Dahdah, no fue detenido cuando ésta fue desarticulada, tuvo estrecha relación con varios de los implicados en el 11-M, llegó a ocupar una posición relevante en el núcleo central de Al Qaeda y murió en circunstancias muy significativas. Reinares sospecha que fue él quien lanzó la idea de un atentado en España en una reunión que se celebró en Karachi en diciembre de 2001, es decir mucho antes de la invasión de Irak, una idea que sería asumida por la dirección de Al Qaeda cuando el apoyo de España a dicha invasión proporcionó un valor adicional a un ataque contra los pérfidos españoles que ocupaban la perdida tierra de Al Andalus (un hecho que ningún yihadista nos perdona). De que así fuera no parece haber pruebas irrefutables, pero el caso de este personaje suministra una evidencia adicional de los lazos existentes entre los yihadistas de Madrid y la dirección de Al Qaeda en Pakistán.

He dicho que no se trata de un libro que busque la polémica, pero no deja de señalar algunos factores que facilitaron la tarea a los asesinos del 11-M. Ni la legislación ni la praxis judicial estaban a la altura de la amenaza que representaba el terrorismo yihadista y la legislación no se modificó hasta 2010. Hubo descoordinación policial, pues si los datos de quienes se ocupaban de terrorismo, de tráfico de drogas y de explosivos robados se hubieran cruzado, hubieran podido saltar las alarmas, pero no fue hasta dos meses después del 11-M cuando esto se comenzó a remediar. La cooperación internacional fue insuficiente y las autoridades marroquíes habrían podido suministrar indicios importantes meses antes de los atentados.

Después de los atentados la sociedad española mostró una vez más su incapacidad para el consenso, dividiéndose ante un ataque que debería habernos unido, como se unieron los estadounidenses el 11-S. Quizá esa sea la lección más trist. Resulta admirable que la matanza de Madrid no haya generado en España xenofobia, pero a veces pienso que los españoles sólo disfrutamos odiándonos entre nosotros. Juan avilés