El editor Jaime Salinas, entre los escritores entre los escritores Juan García Hortelano, a su derecha, y Mario Benedetti, a su izquierda, en Alfaguara en 1982.

Alfaguara cumple 50 años como ventana a la mejor literatura del mundo. La fundaron Camilo José Cela y sus hermanos, Juan Carlos y Jorge Cela Trulock, por encargo del constructor Jesús Huarte en octubre de 1964. Muchas cosas han cambiado en el sello desde entonces, siempre con el objetivo de ampliar horizontes editoriales.



Pocos años después de su fundación, la editorial se adormeció hasta que en 1975, Jaime Salinas, hijo del poeta Pedro Salinas, "llegó con capital e ideas", explica el escritor y periodista Jesús Marchamalo, que actualmente redacta la parte española de la historia de Alfaguara en un libro que verá la luz en mayo. "Salinas había trabajado en Barcelona con Seix Barral y había venido a Madrid a montar Alianza Editorial. Entra en Alfaguara y le encargan el diseño de una colección. Quiere que todos los libros sean iguales pero distintos. El autor tendrá todo el protagonismo. Fue el primer editor que puso en valor el nombre del traductor poniéndolo en la cubierta. Hoy hay pocas editoriales, 30 años después, que lo hagan".



Salinas relanzó la editorial con un proyecto ambicioso e internacional. "La Alfaguara de Cela era una apuesta española y cuando Jaime Salinas se puso al frente, su postura -y la nuestra hoy- fue dar cuenta de lo mejor que se hacía en términos de literatura en el mundo, sin pensar en barreras de países y lenguas", explica Pilar Reyes, la actual directora de la editorial. El número uno de la colección iniciada por Salinas fue En el estado de Juan Benet, al que siguieron, entre otros autores, Julio Cortázar, Clarice Lispector, Juan José Millás, Marguerite Yourcenar, Max Aub, Augusto Roa Bastos, Javier Marías, Thomas Bernhard, Günter Grass, Henry Miller y Patricia Highsmith.



Salinas, explica Marchamalo, "monta por primera vez la promoción del libro, con los conocidos como "trenes Salinas". Consistía en montar a la prensa en un tren y llevarla, por ejemplo, a Oviedo a hacer la presentación. Trabajaba con papel hecho a mano al principio... hizo del libro una especie de religión de la que él era el sumo pontífice".



En consonancia con el nuevo despegue de la editorial, Salinas hizo responsable del diseño a Enric Satué, autor de una imagen corporativa que es todavía una de las señas de identidad de Alfaguara, así como del inconfundible logotipo rematado con florituras que sigue vigente. "En el 77 iniciamos la nueva idea de editar libros para gente inteligente. Aunque parezca algo presuntuoso, este era el propósito de Jaime Salinas. Yo di la imagen a esa idea, a esa ilusión y a ese criterio. Ha sido la experiencia editorial más interesante en la que me ha tocado participar. Llegamos a proyectar 14 colecciones pero, sin duda, la más importante es la de literatura que entre los lectores tiene el sobrenombre "Azul", la que tuvo mayor impacto. Más tarde decidieron que los libros se parecían demasiados unos a otros y que había que hacer otra cosa, así que, desgraciadamente, lo cambiaron...", rememora el diseñador.



Hoy, todas las portadas son distintas al 99%, pero aquella colección azul de Satué respondía al deseo de presentar los libros con "la máxima limpieza, austeridad y esencialidad". De modo que todos eran igualmente sobrios, con una portada en la que sólo había letras: "Teniendo en cuenta que el libro es sólo letras y papel, al menos el de literatura, me pareció digno que la cubierta también estuviera tratada no sólo con tipografía sino además con la misma con la que se trataba el interior del libro", explica Satué.





Gabriel García Márquez, junto a Isabel Polanco y Manuel Vicent en el Premio Alfaguara de Novela 2002.



En el verano de 1980, Alfaguara entró a formar parte del Grupo Santillana, que ampliaba así su actividad al campo de las ediciones generales y daba cabida a las obras de creación literaria para todas las edades. Asumieron la dirección de la editorial, sucesivamente, José María Guelbenzu, Luis Suñén, Guillermo Schavelzon, Juan Cruz, Amaya Elezcano y Pilar Reyes, la actual directora.



En 1993, bajo la dirección de Juan Cruz, "hubo una nueva pensada del catálogo y, sobre todo, una vocación de publicar lo que circulaba en todo el ámbito de la lengua española", explica Reyes. Tras abrirse a la literatura que se hacía en otras lenguas en la etapa de Salinas, con Cruz llegaba, pues, la "vocación de eliminar el Atlántico". Así nació el proyecto Alfaguara Global, con la edición simultánea en España y Latinoamérica de Cuando ya no importe, la última novela de Juan Carlos Onetti. Él mismo se convirtió en símbolo de esta actitud y su libro marcó el principio de un trabajo común entre los editores iberoamericanos. La publicación sucesiva de Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes, de la Biblioteca de Julio Cortázar y de los libros de Mario Benedetti, José Donoso, Augusto Monterroso, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Guillermo Cabrera Infante, Álvaro Mutis, Augusto Roa Bastos y Mario Vargas Llosa, consolidaron el proyecto panhispánico. Hoy, la editorial tiene sede en 20 países de lengua española, cada una con sus propias direcciones y equipos editoriales, con una mirada local y global al mismo tiempo.





Günter Grass y Juan Cruz.



"Aquél fue un tiempo raro", recuerda Juan Cruz. "Yo no tenía ninguna experiencia, fui tanteando. Tuve la suerte de que allí había un equipo estupendo, presidido por Amaya Elezcano, una extraordinaria editora que luego fue mi sucesora en el cargo; ella fue, en el ámbito editorial, la que impidió que ocurrencias mías fueran más allá y consiguió que ideas que valieron la pena (los cuentos completos, la idea de hacer de Alfaguara una editorial plenamente hispanomericana...) salieran bien. Eso, y el equipo de América, fundamentales. Para mi supuso un aprendizaje extraordinario, una buena experiencia humana también: un periodista ahí aprende muchísimo, porque en periodismo tendemos al cinismo, y en el mundo editorial tienes que poner tu generosidad al servicio de los otros, y ese entusiasmo marca ya tu carácter".



Cruz y Salinas, de editor a editor

Cruz es el autor de Jaime Salinas. El oficio de editor, una conversación que mantuvieron los dos editores en otoño de 1996. En ese momento, Salinas escribía sus memorias y Cruz era director de Alfaguara. El libro, que se presenta hoy en la librería Rafael Alberti de Madrid, es el arranque de los actos del aniversario de la editorial.



El aniversario continuará celebrándose en mayo con la publicación de la historia de la editorial que, además de la parte española escrita por Marchamalo a partir de los testimonios de sus protagonistas, incluirá capítulos específicos sobre la historia de la editorial en Estados Unidos, México, Colombia, Perú, Argentina y Chile. Además, durante todo el año estará vigente un sitio web dedicado al cincuentenario de Alfaguara, la editorial realizará actividades especiales en las ferias del libro de Latinoamérica y España y también estará presente en los actos del centenario de Julio Cortázar, así como en el vigésimo aniversario de la muerte de Juan Carlos Onetti.



"Este año de festejo nos gustaría celebrarlo con los lectores y los autores", explica Reyes. "Nosotros no somos editores de libros sino de autores e intentamos seguir la obra de un autor a lo largo del tiempo, una relación prolongada, que sube y baja como cualquier otra, pasa por libros más difíciles, libros imperfectos… pero le damos la tranquilidad de que tiene un editor y una casa, eso queremos transmitir".



Los retos del presente

"El reto mayor de la editorial es seguir siendo atractivos para los lectores, sensibles a sus gustos y a las necesidades de los autores", explica Reyes. "El trabajo del editor es hacerle saber al lector que tiene interés por algo que no presuponía que lo tuviese. En ese sentido tenemos un catálogo interesante, abierto a muchos públicos, a cualquiera que pueda ser sensible a conocer literatura de calidad. Tienes que ser ecléctico y a la vez exigente", añade.



Otro gran desafío es, por supuesto, el del libro digital: "Hace poco me preguntaban si el libro en papel tenía que defenderse del digital engalanándose y volviéndose un libro-objeto. Me parecería perverso pensar en el asunto de ese modo. Los libros tienen que ser bonitos y agradables, pero no podemos pretender que el libro en papel se vuelva un objeto de lujo. Los lectores en papel y en digital son distintos, pero nuestro oficio es el mismo: poner a un lector en contacto con el libro", explica la directora de Alfaguara, que hace oídos sordos a los rumores de venta a Random House: "Nosotros no sabemos nada. Trabajamos con normalidad mirando al futuro al margen de esta situación", explica.



Mi momento Alfaguara

Todos los que han sido protagonistas de la vida de Alfaguara guardan en la memoria ese libro o ese momento especial que marcó no solo su paso por la editorial, sino su biografía y su carácter:



Juan Cruz: "Hay un hecho que recuerdo con especial cariño: lo que supuso el comité editorial, al que yo quise incorporar editores que habían sido responsables de Alfaguara en otro tiempo, como José María Guelbenzu y Manuel Rodríguez Rivero. Ahí quise imitar a Jaime Salinas, que desde fuera fue de gran ayuda. Ese comité me sirvió para ir aprendiendo la tarea; ahí había gente extraordinaria (como ellos, como Javier Rioyo, Jorge Rodríguez Padrón, Ramón Buenaventura, Vicente Molina Foix, Miguel Sáenz, Horacio Vázquez Rial...) cuyo sentido común no excluía la locura precisa para hacer de aquello una fiesta". Con respecto al libro que más ha significado para él: "En mi época, los Cuentos Completos de Julio Cortázar fueron el centro de una idea que marcó esta vocación americana de Alfaguara que ha persistido en el tiempo".



Pilar Reyes: "El momento más emocionante que he vivido en la editorial fue cuando supimos que Mario Vargas Llosa era premio Nobel de literatura. Estábamos en un cóctel en un stand nuestro, pendientes del ordenador, con una conexión mala con la página del Nobel y de pronto vimos el urgente. Empezamos a gritar como si hubiéramos ganado el mundial. Una persona puso con lápiz de labios en el stand: ‘Premio Nobel de Literatura'".



Enric Satué: "Me quedo con el libro Alguien que anda por ahí, de Cortázar. Fue el quinto de la colección y el primero del autor con Alfaguara. Me permitió conocerle personalmente y oír de él que las cubiertas eran de las más bonitas que le habían hecho jamás. Y también porque Salinas se empeñó en que tanto el traductor como la diseñadora participaran de las ganancias y nos consideró autores. De este modo, la obra quedó grabada tanto en mi memoria como en mi contabilidad gracias a ese uno por ciento. Es el libro del que saqué más dinero. Luego los empresarios zanjaron ese lujo intelectual; si no, todavía estaría cobrando".