Mario Muchnik. Foto: Cati Cladera.

Mario Muchnik (Buenos Aires, 1931) baja el volumen del televisor para fijar el oído en el teléfono. "Estaba viendo la paliza que le están pegando a Aznar", comenta divertido, refiriéndose al efecto mediático del plantón que le dio el jueves al ex presidente la cúpula del PP en la presentación de su segundo volumen de memorias. "La política se parece cada vez más a una película del Gordo y el Flaco".



La película que ahora nos ocupa es otra, la de la vida de este histórico editor. Un relato inagotable que ya va por su quinto capítulo, titulado Ajuste de cuentos. Lo acaba de publicar El Aleph, la primera editorial que fundó, en Barcelona en 1973, con el nombre de Muchnik Editores y que, por carambolas del mundo de los negocios, ha acabado formando parte del grupo Planeta.



Tras Oficio editor, esta vez Muchnik alude sólo de forma tangencial a su labor profesional -y sus disgustos- en el mundo del libro, para centrarse en asuntos más íntimos: su infancia y adolescencia en Buenos Aires, la negra historia reciente de Argentina, su truncada vocación de físico, el amor, la familia, los viajes, las migraciones, los amigos...



Pero lo que recorre y vertebra el texto es una búsqueda: la de la "línea de sombra", una idea tomada de la novela homónima de Conrad y que define como ese hecho transformador en la vida de toda persona que marca el inicio de la madurez. Tras barajar numerosas hipótesis -sus cambios de ocupación, de país, de pareja-, finalmente da con la clave: "Mi línea de sombra la crucé cuando comprendí, siendo estudiante de Física en Columbia, que la línea recta era una ecuación, que se podía operar igual que los números naturales. Recuerdo la emoción que me produjo aprender aquello. En ese momento me di cuenta de que pasé a pertenecer al mundo de los adultos, porque conocía algo de lo que mis padres no tenían ni idea, que escapaba a su control y a su entendimiento", explica Muchnik.



El libro se articula como lo hace la memoria: dando saltos, estableciendo conexiones improbables, volviendo sobre lo andado y, quizá precisamente por eso, manteniendo el hilo y el pulso. Y también concediéndose algún capricho, como la breve parábola que abre el texto y que ha asaltado a su autor en la ducha durante años: una chica del Moscú soviético es reprendida por hacer involuntariamente el saludo fascista al enjuagarse las axilas. "Me parece una buena muestra de dos miserias que me tocó vivir, por suerte, de lejos: el nazismo y el comunismo", alega el autor.



Su necesidad de contar lo vivido nace de las preguntas de sus nietos y de los bisnietos que vendrán. "Se trata de conservar la cadena de la memoria", como decía Elias Canetti, el que fue autor estrella de su editorial: "Recuerdo dos punzadas de adrenalina en los riñones al recibir la noticia de que le habían dado el Nobel [en 1981], seguro que aún los tengo marcados".



El trágico devenir político de Argentina es la principal razón por la que Muchnik, tras estudiar en Nueva York y establecerse luego en Europa, nunca volvió a su país natal. Recordando un viaje que hizo en 1971 por el interior de Argentina -que dio frutos, décadas después, en forma de varias exposiciones fotográficas-, dio con un terrible hallazgo que le reafirmó en su negativa de vivir "en un país así": descubrió por medio de Google que el ingenio azucarero Ledesma, que visitó entonces en la provincia de Jujuy, había sido poco después un campo de exterminio durante la dictadura de Videla.



Por cosas como ésta, o como el hecho de que un primo suyo fuera torturado y deportado en aquellos años, Muchnik decidió no volver jamás. Pero las razones para marcharse fueron otras, sobre todo el hecho de que Perón no reconociera, por orgullo, su título de Máster en Física de la Universidad de Columbia, ya que en Estados Unidos no se reconocían los argentinos. "En ningún país inestable se puede trabajar bien. Hoy en España existe la misma inestabilidad, que no tiene nada que ver con los golpes militares de allá, pero sí con los continuos cambios en los planes educativos y en los programas de investigación", lamenta.



"¡A mí las maletas!"

Pero lo que le empujó definitivamente a Europa, y concretamente a la capital italiana, fue algo tan aparentemente trivial como ver en la gran pantalla el fugaz romance de Audrey Hepburn y Gregory Peck en Vacaciones en Roma. "¡A mí las maletas!", dijo, y se embarcó rumbo al viejo continente, donde floreció rápidamente su carrera científica, hasta que la abandonó al comprobar que el despotismo y el chantaje tienen cabida hasta en las probetas de un laboratorio.



Otra película marcó, de forma premonitoria, la vida de Muchnik. Los amantes, de Louis Malle, contaba en 1958 una historia de amor y huida muy similar a la que vivió tres años después con Nicole, su pareja hasta hoy.



Una década después, abandonada su carrera científica, se convirtió en editor con la ayuda de su padre: "Enséñame todo lo que quieras, pero no me des órdenes", le dijo, y aún recuerda los atardeceres en el salón de la casa de su padre en Roma, aprendiendo los secretos de la tipografía y la maquetación. Este editor romántico, de los que pocos quedan hoy, nunca se guió por criterios comerciales y lo pagó caro: "Llegué al final de mi carrera sin un duro, si no fuera por mis hijos ahora estaría debajo de un puente".



Tras cinco libros autobiográficos, Muchnik deja en suspenso la posibilidad de un sexto. "Recuerdo una carta de Robert Musil a su editor en la que le decía que no podía seguir escribiendo hasta saber su opinión sobre el último, Las tribulaciones del estudiante Törless. Eso es un escritor. Del mismo modo, yo no puedo pensar en otro libro hasta conocer la suerte que correrá este. Después, me plantearé si todavía tengo fuerzas y si todavía tengo algo que contar".