Daniel Innerarity. Foto: Miren Saez

Planeta. Barcelona, 2013. 192 páginas. 18'90 e. Ebook: 12'99 e.



En 2004, la reputada Le Nouvel Observateur incluyó a Daniel Innerarity entre los 25 pensadores más influyentes del mundo. En la primera quincena de junio, los Príncipes de Asturias le entregarán en el Monasterio de Leyre (Navarra) el premio Príncipe de Viana 2013 que otorga el Consejo Navarro de Cultura. Nacido en Bilbao en 1959 y afincado en Pamplona, su polivalente trayectoria intelectual se enmarca entre su cátedra en la Universidad del País Vasco, sus colaboraciones en prensa y sus muchas publicaciones.



Con 17 libros en su haber, la capacidad de Innerarity para construir, desde su vasta cultura, los relatos que conforman el mundo actual sigue en pie. En Un mundo de todos y de nadie, Innerarity pretende conducir al lector a través de las paradojas de los tiempos actuales. Para ello comienza advirtiendo que los piratas han vuelto. Su regreso se debe a las grietas de la era global. El viejo estado nación ha visto cómo su "territorio", cuarteado por las presiones digitales, financieras o de la comunicación, se volatiliza. Lo que Bauman denominaría "mundo líquido" sería ahora "mundo gaseoso".



Tomando a Carl Schmitt y su tesis de los estados terrestres -protectores de la seguridad y la propiedad- frente a los poderes marítimos -liberales y oceánicos-, Innerarity plantea la metáfora del orden y la seguridad terrestre frente al desorden marino para hacer notar la existencia de numerosos espacios desgobernados. Terroristas, piratas informáticos, agencias de rating o evasores de capital habrían colonizado territorios mucho más bastos de lo que se imagina el ciudadano corriente. De las nuevas lógicas del mundo gaseoso se desprende la dificultad para establecer la diferencia entre el afuera y el adentro, entre lo propio y lo ajeno. De ahí, un mundo que se ha quedado sin alrededores, sin extrarradios, sin márgenes y, como consecuencia de todo ello, con dos nuevas dificultades, la de asegurar la defensa propia y la de alejar lo indeseado, lo que incordia, a los márgenes.



En un mundo en el que es difícil trazar los límites, en el que la política interior y la política exterior tienen destinos implicados, comunes o entrecruzados, el miedo encuentra un excelente caldo de cultivo. La técnica y la política, como leemos en estas páginas, pierden eficacia y, en consecuencia, corremos el riesgo de recurrir a erigir muros de autodefensa para compensar el debilitamiento de la sobe- ranía estatal. No se trata, escribe Innerarity, de construir atalayas, observatorios o nuevos dispositivos para observar la sociedad, pese a que, gracias a la globalización, el mundo se ha convertido en un espacio vigilado desde múltiples ángulos. La vigilancia ha ido pareja con el aumento de la transparencia, y en ello ha tenido mucho que ver internet. No obstante, la red suscita esperanzas políticas sobredimensionadas. La promesa de democratización que muchos han querido ver en Libia, Túnez o Egipto no ha cristalizado en realidades sociales más democráticas. La pérdida de control de un gobierno autoritario no supone la implantación de una sociedad democrática.



"La gran apertura de Internet es lo que, paradójicamente, ha contribuido a la creación de nuevas élites". Mientras la red permite la creación de todo tipo de páginas o lugares, lo cierto es que los buscadores, el algoritmo de Google pongamos por caso, encauza a los internautas de modo que sus interacciones están más limitadas de lo que las apariencias señalan. La influencia que se ejerce sobre el público no está tanto en el contenido como en el marco en el que se inscriben sus búsquedas. Tras presentar al lector los grandes rasgos de su visión del mundo del siglo XXI, Innerarity plantea su propuesta de un mundo mejor. Para ello comienza proponiendo el paso de la soberanía a la responsabilidad. En un contexto como el actual en el que las redes de interdependencia no hacen sino aumentar, la soberanía de los estados nacionales retrocede. La aparición de nuevos problemas la desborda y así, las relaciones internacionales dejan de ser una yuxtaposición de soberanías y de poderes. Poco a poco se va configurando un humanismo trasnacional.



El cambio climático constituye para el autor el ejemplo y la necesidad del paso de la soberanía a la responsabilidad internacional. "El cambio climático es, sin género de dudas, el mayor problema de acción colectiva al que el mundo se ha tenido que enfrentar". La gobernanza del cambio climático requiere entender que estamos ante un bien público ajeno a la regulación mercantil. Los complejos escenarios de un mundo globalizado requieren una perspectiva más allá de la concepción clásica del estado nación y la vieja soberanía.



Para Daniel Innerarity, la "crisis global ha destruido el mito de la libre autorregulación de los mercados" y ha puesto de manifiesto que el estado no tiene los resortes políticos y económicos que requiere la globalización. Pese a todo ello, la política sigue siendo necesaria y las instituciones no pueden convertirse en papel mojado. Lo que no es óbice para que en sociedades del conocimiento como las nuestras los estados deban responder ante una ciudadanía más informada y una inteligencia socialmente distribuida en la que "la inclusión se convierta en una clave fundamental para el tratamiento de los problemas globales".