Pedro Casariego. Foto: Archivo familiar.

Proust decía que un artista debía tirar la piedra de su arte lo más lejos posible. La piedra acabaría en el fondo del lago y al principio no pasaría nada. No habría reacción. Sólo una pequeña onda en la superficie. Algo casi insignificante. Pero luego, poco a poco, esa onda se vería arropada por otras más, concéntricas, que acabarían llegando a la orilla. Eduardo Fraile, editor y poeta, saca a relucir esta metáfora para explicar lo que ha sucedido con la poesía de Pedro Casariego (Madrid, 1955 - 1993), ejemplo paradigmático de lo que se entiende por un autor de culto.



Él, desde su sello Tansonville, viene editando sus 'poemas encadenados' (libros compuestos de poemas entrelazados por una trama argumental). Antes, en 2004, había lanzado La canción de Van Horne. En 2006 continuó con La risa de Dios. Y en 2008 publicó Maquillaje. El último ha sido La voz de Mallick, que presentan hoy en el antiguo estudio de arquitectura del padre, hoy reconvertido en espacio de acogida y difusión de la obra de Pedro Casariego (manuscritos, pinturas, ediciones diversas de sus libros...). "Es un libro que ganó un accésit del Premio Juan Ramón Jiménez en 1989 y lo publicó en su momento la Diputación de Huelva", señala Fraile. El libro tiene su importancia dentro de la obra de Casariego en su conjunto: "Marca un punto de inflexión. Empieza a introducir ilustraciones que hacía con los signos tipográficos de una máquina de escribir (una cama de matrimonio, las vías de un ferrocarril, una tumba...). Vemos cómo se va inclinando de la literatura hacia las artes plásticas".



Ese proceso se completó en los últimos años de vida del poeta, que acabó suicidándose en el 93 (se arrojó a las vías del tren en la estación de Aravaca). "Era muy escéptico con el lenguaje. Sabía que las palabras jamás podrían expresar todo lo que llevaba dentro y afirmaba que el verdadero artista era el artista secreto. Decía eso pero seguía escribiendo. Era una especie de incoherencia que dejó de cometer, porque al final ya sólo pintaba", advierte a elcultural.es su hermano, el también escritor Martín Casariego, muy feliz con el hecho de que todavía haya editores que se interesen en publicar sus poemas. Más todavía con el mimo con que lo hace Tansonville: los ejemplares están encuadernados a mano, uno a uno, hasta 333". ¿333? "Bueno, al ser una edición artesana no podemos hacer grandes tiradas. Todos nuestros libros tienen esta tirada. Esta cifra obedece a motivos prácticos", comenta Fraile.



Sí, a motivos prácticos pero también a una anécdota de Borges en la Feria del Libro, la última edición en la que estuvo presente, firmando ejemplares de Los conjurados. "Cuando llevaba un rato, y la cola seguía creciendo, le preguntó a su editor: '¿Cuántos llevamos?'. '333', le contestó éste. 'Pues entonces está bien así'. Y se marchó". Esa cifra no es el único dato que los emparenta. Borges, de todos es sabido, fue un infatigable demiurgo de mundos imaginarios. Esa querencia también la cultivó el propio Pedro Casariego. En La voz de Mallick inventa Ookunohari, una ciudad japonesa dominada por una casta de sacerdotes blancos que sojuzgan a los cristianos negros.



El libro arranca con un guiño cervantino, con en el que Pedro Casariego pretende disimular su autoría. "El autor de este libro llegó accidentalmente a Ookunohari" (ésta es la primera frase). Y accidentalmente también, como el hallazgo del ejemplar de El Quijote firmado por Cide Hamete Benengeli, ese autor innominado escucha a un preso gritando el nombre de su amada: "!Wataksi, Wataksi!". Lo que a continuación escribe es la grabación de las palabras de ese convicto enamorado. El autor, pues, es un mero transcriptor.



"Es un obra", detalla Martín Casariego, "donde están casi todas las fijaciones recurrentes de Pedro: el misterio de la autoría, su relación conflictiva con Dios, un personaje que vive encerrado, sus juegos con la disposición visual de los poemas... Aunque es cierto que aquí es donde el amor juega un papel más predominante".



La nueva edición de La voz de Mallick incorpora, además, un elemento que la hace única. Es el prólogo de la hija de Pedro Casariego, Julieta, para quien alumbró su último libro, el cuento ilustrado Pernambuco, el elefante blanco. Dos días después de terminarlo decidió quitarse la vida. Ella remata su texto con una emocionante reivindicación de la consanguinidad paterno-filial que los unirá para siempre: "Yo no conocí a mi padre, pero me siento parte de él".



'La voz de Mallick' se presenta hoy en San Hermenegildo, 12 (2° izq.). Madrid. El acto correrá a cargo de Martín Casariego, Eduardo Fraile y Luis Alberto de Cuenca. 19.30 h.



Poemas encadenados de 'La voz de Mallick'