Cartel de Gadafi en contrado en un refugio de sus partidarios

Traducción de Eduardo Iriarte. Salamandra. Barcelona, 2012. 215 páginas. 16 euros

La "primavera árabe" no ha desembocado en un paisaje de transparencia y democracia, pero al menos ha liberado a Oriente Medio de una galería de déspotas que habían escandalizado al mundo con sus crímenes. Nadie que crea en la dignidad del ser humano puede justificar el linchamiento de Muamar el Gadafi, pero sólo un insensato puede alabar su legado, que incluye la masacre de la prisión de Abu Salim, donde tal vez perdió la vida Jaballa Matar, un destacado disidente que se había exiliado en El Cairo. Secuestrado por la policía secreta del régimen de Hosni Mubarak, fue entregado a Libia, donde presumiblemente sufrió torturas y unas terribles condiciones de confinamiento. Aunque en 1996 la familia recibió dos cartas del puño y letra del desaparecido, no es improbable que muriera ese mismo año con otros 1.270 presos políticos, fusilados y enterrados clandestinamente en fosas comunes, según Human Rights Watch.



Hisham Matar nació en Nueva York en 1970 y se licenció en arquitectura en Londres. A los 20 años, Gadafi le privó de su padre y le condenó a vivir en la incertidumbre. Ese dolor le inspiró su primera novela Sólo en el mundo (2005), donde relata el despertar de la conciencia moral y política en un niño que crece bajo una dictadura extravagante, donde el poder político combina el populismo, el fasto revolucionario y el terrorismo internacional. Sólo en el mundo es la historia de dos pérdidas. Solimán, su protagonista, se despedirá al mismo tiempo de su infancia y de su tierra natal, abrumado por la crueldad de un país sometido a las arbitrariedades de un megalómano. Sólo en el mundo fue elogiada por Coetzee y recibió infinidad de premios y reconocimientos. Es el único caso de primera novela que accede a la condición de finalista del Premio Man Booker.



Historia de una desaparición (2010) no es un texto estrictamente autobiográfico. Hisham Matar ha alterado algunos detalles. Jaballa se transforma en Kamal y el secuestro no se produce en El Cairo, sino en Suiza. Las fechas también son diferentes. Kamal desaparece en 1972 y no en 1990. Hisham es Nuri, un joven acomodaticio que hubiera preferido una existencia tranquila, sin las penurias del exilio. No hay referencias explícitas a Gadafi. Sería un error creer que nos hallamos ante un texto político. Los sentimientos desplazan a las ideas, sin ocultar el espanto de la represión. La imposibilidad de averiguar el paradero de su padre impide a Nuri transitar por las sucesivas etapas del duelo. La pérdida se convierte en una pena interminable, donde confluyen la impotencia, la humillación y el desamparo. Sin realizar concesiones al sentimentalismo, Matar conmueve profundamente al lector, cuando muestra a Nuri, diez años después de la desaparición, probándose una vieja gabardina de su padre, que conserva en sus bolsillos un pañuelo de papel y medio tubo de pastillas de menta. Nuri comprueba que la prenda le sienta bien, tal vez un poco estrecha, y la devuelve a su percha, pensando que tal vez su padre la necesite, cuando se produzca su improbable regreso.



Nuri es el centro de una trama llena de pasiones y equívocos. Su padre no fue capaz de amar a una sola mujer. Dinámico, vitalista, con aspecto de galán y con la dignidad de un hombre que ha desafiado a una pavorosa dictadura, sus infidelidades no surgen de la ligereza, sino de una energía desbordante, incapaz de contener o restringir sus afectos. Prematuramente viudo, se casará con Mona, una inglesa quince años más joven. La muerte de la madre de Nuri esconde un secreto que no se revelará hasta años más tarde, afectando a todas las vidas implicadas y reescribiendo un pasado donde los lazos formales no reflejaban los sentimientos reales. Nuri crecerá bajo el cuidado de Naima, una jovencísima criada que le prodigará todo su cariño, sin apartarse de su lado. Kamal aprecia mucho a su hijo, pero experimenta en su presencia una inseguridad disfrazada de reserva que propicia los silencios. Su matrimonio con Mona sólo exacerbará la distancia. Nuri sólo tiene trece años, pero desde el primer momento experimenta atracción sexual por una joven de veinticinco, que se pasea semidesnuda en su presencia, invitándole a desenredar su pelo. El erotismo impregna toda la relación entre Nuri y Mona, pero esa atracción recíproca, agudizada con el paso del tiempo, no trenzará una relación duradera, sino una amarga decepción. La aparición de Béatrice, la última amante de Kamal y también su última infidelidad, disuelve muchos enigmas, pero también profundiza muchas heridas. La soledad será la última estación de todos los personajes, que no hallarán consuelo ni esperanza.



La lectura de Hisham Matar no es menos deslumbrante que la de Coetzee. Sorprende una madurez narrativa tan temprana, que elude todas las trampas de la escritura primeriza. Matar posee un estilo fluido, preciso, lírico o funcional conforme a las necesidades del relato, que consigue transmitir con credibilidad los conflictos de los personajes, divididos entre el anhelo de felicidad y el deseo de obrar éticamente. Sin necesidad de recurrir a grandes descripciones, las ciudades son algo más que un telón de fondo. Londres no es un lugar acogedor, sino una ciudad enferma que levanta muros de silencio entre sus habitantes. El Cairo no es el paraíso, pero los transeúntes, incluso en medio del hacinamiento y la confusión, no parecen tan desorientados. No son paseantes, pero tampoco extraños que deambulan al azar. Los lazos comunitarios, sin excluir las servidumbres y las desigualdades, aún no se han disuelto en el anonimato de los grandes espacios urbanos. Nuri tiene algo de Meursault y Roquentin. En algunos momentos, la vida le parece absurda y se muestra escéptico con la existencia de Dios. Sin embargo, la culpabilidad le acompaña desde que, al poco de desaparecer su padre, descubre el sexo en brazos de Mona. "Nunca había imaginado que el horror y el placer pudieran ser tan dulces e intensos".



Historia de una desaparición es una novela perfecta, que rebosa ternura, aflicción y compasión. Es inútil buscar la esperanza entre sus páginas. Las pérdidas son irreversibles. Nada vuelve. Vivir no es ver volver, sino contemplar la inevitable disgregación de las cosas. "Este momento es precioso", reflexiona Nuri, con espíritu goethiano, pero "no tardará en pasar". Con solo dos novelas, Hisham Matar se ha convertido en un novelista esencial, abocado a ser un clásico contemporáneo. Su evocación del padre desaparecido es mucho más que una crónica política o un testimonio personal. Su experiencia deviene universal en la medida en que nos recuerda nuestra impotencia frente al tiempo. El sentimiento de precariedad no es menos desolador que la incomunicación con nuestros semejantes. Nuri pasea con su padre por la National Gallery, ambos en silencio, dolorosamente aislados, hasta que un cuadro de Turner libera unas palabras y rescata del olvido a la madre muerta. Nuri se pregunta por qué un viejo cuadro puede reunir a tres almas, mientras la proximidad física apenas logra que se rocen. La respuesta está en la literatura del propio Hisham Matar: el dolor se hace elocuente cuando se transmuta en arte. La literatura no puede resucitar a los muertos, pero les rinde tributo y nos recuerda que la libertad no es una opción, sino la condición necesaria de una existencia verdaderamente humana.