Image: Jorge Guillén

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Letras

Jorge Guillén

Sobre Góngora

15 mayo, 2002 02:00

Jorge Guillén

La figura de Góngora dio cohesión a la segunda edad de oro de nuestra literatura: en un célebre homenaje nació la Generación del 27. Guillén le dedicó la tesis con la que ganaría su cátedra de la Universidad de Murcia. Un texto al que él no dio mayor importancia (cuando algún estudioso se lo pedía él se negaba a mostarlo: ¿qué decir después de los estudios de Dámaso Alonso?, pensaba), de modo que se ha mantenido rigurosamente inédito: puede decirse que, hasta hoy, apenas lo conocían los miembros del tribunal que evaluó la tesis y quienes han rescatado el mecanoscrito, casi ochenta años después. Hace unos meses, buceando en la biblioteca de Joaquín de Entrambasaguas, Juan Bravo encontraba la copia (429 páginas mecanoscritas), borrosa pero legible, magullada pero íntegra, que fue de uso de Juan Hurtado, miembro calificador de la tesis. Claudio Guillén, hijo del poeta, cuenta las andanzas de estas notas cruciales: "A duras penas pasó el joven escritor por el aro de la tesis doctoral", dice, "una obligación en la que acaba recreándose, convirtiéndola en ejercicio de estilo". El Cultural recupera hoy las primeras páginas de un texto mítico, vital para los estudiosos e imprescindible para los curiosos: las Notas para una edición comentada de Góngora que editará próximamente la Fundación Jorge Guillén.

Dice Goethe que toda poesía es poesía de circunstancias. Según. Todos los poemas y todas las poéticas podrían definirse con referencia a este punto de mira de la circunstancia originaria. Modos poéticos hay tantos como modos de entender ese arranque privado. En el principio existe -inmediata, lejana, a las claras, con rebozo, en bruto o irrecognoscible- una huella sobre la memoria; por esa huella se enlaza el arte a cuanto, aquende y allende el arte, lo corrobora y vivifica. "Feliz sorpresa" llama el último gran poeta francés -Paul Valéry- a ese impulso primordial de lo circuns- tante. Nada, el vuelo de un ave o de una brisa, una ocurrencia en sí indiferente, pero necesaria, promoverán la lluvia fertilizadora. Y el artista comenzará. ¿Cómo?, la curva de ese gran partido de guerra y deporte decide de la historia del arte.

Versos de circunstancias
Con la circunstancia se comporta Góngora de muy varia suerte. Primera actitud. No despoja a la circunstancia de su singularidad. A veces, por la descripción directa; a veces, por la alusión. En todos los casos, incorpora al poema algún elemento no suficientemente generalizado; lo que priva al verso de autonomía. "En estas burlas están disimulados algunos casos particulares". Es nota que D. Antonio Chacón pone en su manuscrito al romance "Desde Sansueña a París" (Edición Foulché-Delbosc, I.112). Sin la añadidura al margen no es posible la inteligencia del texto. Sea éste el tan conocido:
Al sol peinaba Clori sus cabellos

No es ella quien estorba a la claridad plenaria. Nada más refulgente que ese mundo de Clori, con sus cabellos rubios, y el peine de marfil, y los lazos de oro, y el sol, y la estrella y los rayos bellos. Pero el primer terceto
Divinos ojos, que en su dulce Oriente
Dan luz al mundo, quitan luz al cielo,
Y espera idolatrallos Occidente.

exige una nota, ésta de Chacón: "Entendióse que el Marqués de Ayamonte, padre de Doña Brianda, pasara a Nueva España" (I.282). De donde resulta que Clori no es Clori sino Doña Brianda de la Cerda. Clori no es inasequible por lo que tiene de gongorina, de inventada. Sí por lo que tiene de histórica, de nominal. Clori, nombre poético, no aprehende lo situado más allá de su significación común: el nombre único.

Buena parte de la obra de Góngora acarrea ese peso muerto de la circunstancia no desbastada: comentario anecdótico de la actualidad. Góngora parece entonces, como muchos ingenios de su época, un periodista. Encuéntrase en Valladolid y en 1605. Se han celebrado unas fiestas. Y como el rimador alegre y humilde de un semanario satírico, exclama (I, 256):
¿Qué cantaremos ahora,
Señora doña Talía,
Con que todo el mundo ría
Cuando todo el mundo llora?
Inspirádmelo, señora,
Y sea novedad que importe;
Porque el gusto de la Corte
Pide nuevas a un Püeta.


Ese estilo de ciego rima con los cantares "de los que disen ciegos", que compusiera Juan Ruiz, también "cazurros e de burlas". Góngora, a esta luz, reanuda la tradición de aquellos poetas truhanes del XIV -un Arcipreste- del XV -un Villasandino-, sin perder el tono servil de estos bajos oficios, no ya sabrosamente populares, más bien callejeros o palaciegos. Poesía para Mecenas. Los truhanes antiguos, villanos de condición, caían en la desvergöenza. Góngora, no. Su porte pobre mantiene el decoro. Y no se olvide la variedad de su poesía mecénica, ya culta como el Panegírico al Duque, ya -como en estos sótanos del gran edificio gongorino- desgarrada, procaz, ahora con los pies en los perennes lodos de Valladolid. Sorprende, sin embargo, esta disparidad de facciones, las más nobles y las más viles, en el rostro ceñudo, hermético, altivo y soberanamente ambicioso de Don Luis de Góngora, héroe en la más ardua empresa de Poesía. ¿No nos escandalizarían hoy tales desenvolturas en el escritor de altitud gongorina? Pero nuestro escándalo, puritano, es un anacronismo. No tiene ningún enlace histórico con aquellas jornadas espléndidas -del XVI, del XVII.

Dichos poemas de circunstancias -truhanescos o no- jamás pierden pie en el suelo -con lodos o sin lodos. Para la categoría del poema, poco importa el grado de urbanización real de la circunstancia. Sí importa cómo el poeta urbaniza su suelo propio. Sobre todos se alza siempre la hervorosa pululación de la imagen y la metáfora. Pero la alusión histórica -que ata, entre líneas, la generalidad del término poético a la singularidad inaccesible del caso- entorpece la lectura, y arrastra el poema a la región ambigua del verso entreverado de prosa: "comedia a fantasía" indiferenciada de la "comedia a noticia". No siempre la noticia oscurece la fantasía.

Puesta en el brinco pequeño
De Altamira la mira alta
,
dice al Marqués de Guadalcázar en un madrigal sobre "las damas de Palacio". ¿Cuáles? El juego de palabras que toca en suerte a Doña Isabel de Moscoso, hija del Conde de Altamira,
Si la gloria de Chacón
De la cabeza a los pies
Azúcar y almendra es-
,
requiere al punto de apoyo entre líneas. ¿No es hacer palanca en el aire? Doña Aldonza Chacón "gustaba mucho de mazapanes" puntualiza el enterado (I.204-210).

El Góngora más próximo a la singularidad de la circunstancia histórica: el Góngora menos gongorino: el Góngora de más difícil lectura: en la jerarquía poética, el peor Góngora.

Versos de época
Desde más arriba mira el poeta al conjunto de singularidades históricas: su tiempo: Poesía, en rigor, romántica: crónica, novela. El poeta describe -aunque siempre combinando, trasmutando.
Grandes más que elefantes y que abadas,
Títulos liberales como rocas,
Gentiles hombres, sólo de sus bocas,
Illustri Cavaglier, llaves doradas;

Traslada el modelo a la copia toda su pesadumbre de dato, y con él, tantas nociones que se acomodarían a su gusto en la buena prosa. Prosa realzada por el ingenio. Todo ello no se constituye todavía en poema, aunque la estructura estrófica apriete las virtudes literarias del texto, sembrado acá y allá de diminuta y casi oculta simiente poética. Pero la simiente no fructifica o fructifica en apartes. Entre un "Y los derechos con espada y daga" y otro "Con Bártulos y Abades la milicia" pasa, refulgente de porte y de ademán:
Illustri Cavaglier, llaves doradas

Sátira
Lo social: tema latino de sátira. Góngora no moraliza; con áspero desgarro se divierte. Linda esta poesía con la comedia, con la novela; en diálogo o en narración, costumbrismo. Dentro del soneto y el romance, Góngora se ciñe menos al núcleo dramático que, incipiente, sumarísimo, ofrece toda sátira. La sucesión estrófica de la letrilla, recortada entre las vueltas del estribillo, le proporciona minúsculos marcos, a modo de embocaduras de proscenio, donde dispone personajes en escorzos de escenas.
Trajo en dote un serafín
Casa de jardín gallardo,
Con dos balcones al Pardo...


¿No es un escenario de comedia de enredo? Exponen algunas letrillas como una galería de tipos de un La Bruyère bufo y apresurado. En "A toda ley, madre mía" (I, 171-174), van adelantándose desde la puerta del primer verso "Narcisos", "Orlandos", "Canónigos" y "Almidonados Poetas". Pero ya el canónigo es una breve estampa:
Canónigos, gente gruesa,
Que tienen a una cuitada
Entre viejas conservada,
Como entre paja camuesa...


En estas letrillas apuntan gérmenes de una novela posible. Así, "No sé que me diga, diga" (III, 49-50) con su trío: Belisardo, doña Berenguela y Doña Doncella.
Que el príncipe Belisardo
Ayer venga de la rota,
Y sin venille la flota
Ande lozano y gallardo;
Que ayer vista sayo pardo,
Y hoy cadena de oro saque,
Y que sin tener achaque
En la mano traiga liga,
No sé que me diga, diga.


No sólo lucen garbo y agudezas las letrillas. Más aún que con la imagen diseñan con la metáfora el arabesco de la caricatura. He aquí dos tipos "Cada uno estornuda", (U, 176-177) reducidos a la sola línea neta:
Cuál flaca y descolorida,
Cuál la quiere gorda y fresca,
Porque Amor no menos pesca
Con lombriz que con aluda.


Estribillo
No cumple solamente el estribillo con su deber de nexo lógico. "No sé que me diga, diga": lo flexible y lo inútil del juego, el sentido deportivo del arte, el retozo, la cabriola, la más alegre elasticidad verbal; todo eso bulle como un Acto, y no racionalmente significativo en ese "No sé que me diga, diga", pese a la intención maliciosa de la letrilla, vacuo, feliz, decidor sin decir nada. Las precisiones se acumulan después. "Diga" arrastra el consonante "espiga" y con él ideas. "Y después al desposado -le den el trigo segado- Creyendo que está en espiga..." Lo mejor, poéticamente, es aquí el estribillo.

Esta alacridad de la palabra impulsa al disparate, al cándido, al venturoso, al divino disparate, generosidad de salud, lujo de la fuerza que sobra. Góngora columbra el disparate en aquel primer "¡Oh qué lindico!", que rebota en las estrofas pares: "¡Oh qué lindoque!" (III, 44-45).
Que en el espejo luciente
Nunca se ha visto la frente
Coronada de alcornoque.

Y a la zaga de un "estoque" otro "lindoque". Y otro "lindoque" con un "Roque".
A este linaje, que es linaje de baile, pertenece el estribillo gitano (I, 317):
A la dina dana dina, la dina dana,
Vuelta zoberana.
A la dana dina dana, la dana dina,
Mudanza divina.


Tenía que complacerse el autor del "lindoque" en estas facecias del pueblo. El pueblo pone ya en la letra del canto movimiento de danza. Es un principio de disolución verbal, que debía atraer a algunos poetas recientes. Si heteróclitos los propósitos, el mismo resultado: un nihilismo poético. Uno de los iniciadores del "art nouveau" -Guillaume Apollinaire- gustaba en extremo de esas coplas con muy poco sentido, y éste, desparramado, volatilizado en veloces aliteraciones, semejantes a las escalas que, fuera de toda pieza musical, ejecutan por sí solas -previo preludio distraído- las manos del pianista.
Tanguy du Gana
N’as tu pas vu mon gas
Qui jouait de la trombona,
Qui jouait de la flûte à mes gas
Qui jouait de la flûte!


Estribillo de viaje, pura acelaración sin objeto (Apollinaire, Editions de L’Esprit Nouveau, artículo sin numeración, de Francis Picabia). En lo esencial, algo como aquel baile chocarrero en la jerga "negra" del minúsculo auto "Mañana sa Corpus Christa" (I, 311-313):
Zambambú, morenica de Congo,
Zambambú.
Zambambú que galana me pongo,
Zambambú.


La misma confluencia del disparate popular y el disparate sabio se da en Max Jacob. Quisicosa de payaso y brinco sin por qué junta en La Messe du Démoniaque (La défense de Tartufe, París, 1919, págs. 117-118) "Il fait nuit, plutôt nuit, plutôt crasse, plutocratie..." o "Ni dans la mienne voix qui a mal, mal a la, malalaïa...". Es como la canción callejera que incorpora a un cuadro del París de 1889 (La défense de Tartufe, II):
Loïe Fuller, c’est épatant,
Sur le bi, sur le bont, sur le bi du bout du banc.


Palabras cómicas
Ensaya y consigue con más frecuencia Góngora otra comicidad también de vocablo. Enhebrando en el sonido la significación, obtiene esta plenitud de verso cómico (I, 71-72):
Si algunas Damas bizarras
(No las quiero decir viejas),
Gastan el tiempo en pellejas,
Y ellas se aforran en garras,
Vayan al Perú por barras,
Y busquen otro,
Que yo soy nacido en el Potro.


Se envían las rimas unas a otras sonoridades como instrumentos del mismo metal -arras, ejas-, y más atenuado otro. Chasquidos, desgarrones de esta pequeña orquesta, que ya de suyo perfila grotescamente a unas damas bizarras, culminantes en la aliteración terminal: "Y ellas se aferran en garras". Estos efectos cómicos resaltan de ordinario en las rimas.

Que anochezca cano el viejo,
Y que amanezca bermejo,
Bien puede ser;
Mas que a creer nos estreche
Que es milagro, y no escabeche,
No puede ser.


Es la estrofa más enérgica de "Que pida a un galán Minguilla" (I,10-14). Se juntan así las dos variedades de consonancias en un gran acorde a manera de sobre-rima, no menos coincidente en sonido que en sentido: ejo, eche. ¡Viejo, bermejo, estreche, escabeche!

En este ejercicio se muestra parco Góngora en parangón de Quevedo. Quevedo ha explotado tanto esa mina que debemos considerarla suya. Nadie -de los españoles- se ha aventurado tan lejos como él en la fantasmagoría grotesca. Le seduce la rima rica mucho más que a Góngora. Y también esa otra sobre-rima, con la que construye a veces la obra toda. No ha sacado partido él solo de este procedimiento; pero en él adquiere plenaria eficacia:
Pues que vuela la edad, ande la loza,
Y si pasare tragos, sean de taza;
Bien puede la ambición mondar la haza,
Que el satis est me alegra y me remoza.


Inconfundibles timbres quevedescos: rechinan, dibujan, manchan en profusión. No se sabe qué citar: "Rostro de blanca nieve, fondo en grajo -La tizne presumida de ser ceja...". Y así hasta el fin con "pujo" y "abrojo". Otro soneto: "Oh tú, que comes con ajenas muelas...". Otro: "Con la sombra del jarro y de las nueces...". Y sucesivamente...

El arte de la comicidad de sonido debe ser subrayado en el paralelo de Quevedo y Góngora. Existen, a esta luz, dos tipos de escrituras: el quevedesco y el gongorino. La palabra -máscara o el Carácter- Quevedo. La palabra -rostro o la Belleza- Góngora. He aquí, modernísimo, un tablado de máscaras:
El payaso ante el espejo
Se despinta con cerote,
Y se arranca el entrecejo
De pelote.
A su lado una mozuela,
Luciento el roto zancajo,
Recose la lentejuela
De un pingajo.
La jeta cetrina, zorongo a la cuca,
Fieltro de catite, rapada la nuca,
El habla rijosa, la ceja un breñal.
Cantador de jota, tirador de barra,
Bebe en la taberna, tañe la guitarra,
La faja violeta esconde un puñal.


A pesar de su moderación metafórica, no disimulan esos versos la filiación quevedesca. Pertenecen a La Pipa de Kif, de Don Ramón del Valle-Inclán (Madrid, 1919, págs. 66 y 72). Ningún gongorismo: lo que patentiza el papel secundario que en el genio de Góngora es menester adjudicar a sus dotes burlescas. Un Góngora sólo satírico, se hubiera quedado en variante del sumo Quevedo (Quevedo: Martes de Máscara, y Miércoles de Ceniza también).

Versos de circunstancias. Versos de época. Versos de sátira. Realismo y realismo burlesco: Góngoras menores. Pero sin perder todavía contacto con esta realidad familiar, aparece el lírico: "Ande yo caliente".

"Ande yo caliente"
ándeme yo caliente
Y ríase la gente.


Con un alzamiento de hombros -ese "ríase"- aleja el poeta a la turbamulta que de ordinario se adelantaba al proscenio de la letrilla. En la primera parte de cada estrofa saluda un enviado de "la gente", que el poeta despide. Este desparpajo nos depara la compañía de un señor: el epicúreo del primer verso: "ándeme yo caliente". Los personaje sociales sitúan a la letrilla en su plano de sátira. Reaparece el ingenio: "Traten otros del gobierno/Del mundo y sus monarquías ..." Después: "Coma en dorada vajilla/El Príncipe mil cuidados,/Como píldora dorados", donde la plasticidad insinuada, lo dorado de la vajilla, se resuelve en un donaire, lo dorado de las píldoras. Y tras la tercera estrofa sin "gente": "Busque muy en hora buena/el mercader nuevos soles". Rayo ambiguo de un sol sin mucha energía: ¿es luz de astro o luz de moneda? Después, los héroes mitológicos como en tantas obras gongorinas: "Pase a media noche el mar,/ Y arda en amorosa llama/ Leandro por ver su Dama". Y al fin, la mitología conceptista, anuncio del poema capital en este género: el romance "La ciudad de Babilonia" sobre aquellos "Celebrados hijos suyos,/Que muertos y en un estoque/ Han peregrinado el mundo". Así, "Pues amor es tan cruel/ Que de Píramo y su amada/ Hace tálamo una espada, /Do se junten ella y él...".

Todo esto se refiere al estribillo. Mas el poe-ta habla en primera persona: "Ande yo...". ¿Ocasión de lirismo personal? No. Del verso temático, la tercera palabra -caliente- decide del futuro poético. Es un futuro de bodegón, una naturaleza muerta. Prueba de toque de las artes: ninguna de las plásticas la elude. Y la poesía -plástica también- crea asimismo estos paisajes de cosas, índices de consistencia y resistencia en el objeto que es siempre una poesía.Con gran sencillez consigue Góngora la evidencia -para los ojos, el tacto y el paladar- de unas cosas desprovistas de drama, en el colmo de su ser geométrico: largas, anchas y profundas. ¡Oh "Mantequillas y pan tierno,/Y las mañanas de invierno/ Naranjada y aguardiente"! Mínima sugestión de fondo invernizo, que basta para humanizar a esos productos y penetrarlos de intimidad. Luego: "Que yo en mi pobre mesilla/ Quiero más un morcilla/ Que en el asador reviente...". Mesilla: eco pálido de Beatus ille...Pero, ¿no es deliciosa esta poetización de la cocina? Deliciosa y exacta, aún con una hipérbole que desmesura un poco las proporciones tranquilas del manjar, trasnfigurándolo en el manjar inasequible, propio del verso. Se diría -aunque los dos términos parezcan tan alejados en el siglo y el orden- una pintura de Elstir, según la explica Marcel Proust. "Le veston du jeune homme et la vague édaboussante -representadas en un cuadro- avaient pris une dignité nouvelle du fait qu’ils continuaient a être, encore que dépourvus de ce en quoi ils passaient pour consister, la vague ne pouvant plus mouiller, ni le veston habiller personne". En la estrofa siguiente, la confinación en la intimidad está obtenida por contraste entre el paisaje -elementalísimo- y lo que, opuesto así a la nieve, ya se ve dentro de la dulce clausura casera.

Cuando cubra las montañas
De blanca nieve el enero,
Tenga yo lleno el brasero...


No podía faltar en este sucinto esquema del genio gongorino -que eso es el "Ande yo caliente"- una mención de Naturaleza, de la Naturaleza en su hermosura. Desentona un poco este aire libre entre esos lienzos de cámara. Lo inspira otra Musa de Góngora, acaso la más feliz. Ella regala a nuestros epicúreo una belleza de paisaje sin relación con sus costumbres.
Yo conchas y caracoles
Entre la menuda arena,
Escuchando a Filomena
Sobre el chopo de la fuente...


En la estrofa que sigue, la versión más popular es la menos gongorina: "..."Que yo más quiero pasar/ De Yepes a Madriga (en algunas ediciones, "De Yepes y Madriga"), / La regalada corriente". El texto de Chacón (1,16) salva el pasaje. La metáfora crea un lagar, visible en imagen vivísima:
Que yo más quiero pasar
Del golfo de mi lagar
La blanca o roja corriente.


Al postre -un pastel- se le ve apenas: está escamoteado por un juego conceptista -otro límite del gongorismo-. "Sea mi Tisbe un pastel,/ Y la espada sea mi diente". Y ahora no se ríe la gente.