Recapitulando sobre todo lo bueno que ofreció la temporada pasada, el nombre de Pablo Remón aflora como uno de los triunfadores. Dos magníficos trabajos, Los mariachis y El tratamiento, le han situado en la vanguardia de la excelencia escénica en nuestro país. Público y crítica admirados al unísono. Aquellos éxitos han dado impulso a su carrera. En el curso que ahora arranca lo veremos en el Canal dirigiendo su personal versión de Doña Rosita la soltera. Será en diciembre. Y en junio estrenará en el Kamikaze Las ficciones, con tripleta interpretativa de postín: Machi-Escolar-Lennie. Pero antes, este viernes, podrá verse, también en el teatro de Del Arco y sus socios ‘suicidas’, Sueños y visiones de Rodrigo Rato, dirigida por Raquel Alarcón e interpretada por Juan Ceacero y Javier Lara. Se escenificará con mínimo atrezzo y vestuario en el Ambigú.

Remón despliega de nuevo sus querencias habituales en este texto: la corrupción española como paisaje moral, referencias a nuestra historia política desde la Transición (aquí la evolución del Partido Popular desde el derechismo carca al liberalismo aparentemente centrista que lo llevó al poder), la dramaturgia con poso narrativo, los diálogos orgánicos y vivaces, la deriva surrealista (léase berlanguiana o azconiana) de las escenas… “La verdad es que intentamos [la obra está escrita a cuatro manos junto a Roberto Martín Maiztegui] ceñirnos a las reglas del documental, en la línea de Jauría o Ruz-Bárcenas, pero ese código se nos quedó corto para contar todo lo que queríamos contar”, explica a El Cultural Pablo Remón.

El objetivo, más que perfilar a Rato desde sus días de gloria hasta su aterrizaje forzoso en el banquillo de los acusados, era reflejar el milagro económico patrio, que despegó en los 90 y saltó en añicos en 2008. Remón fijó el foco en el dirigente popular, que llegó a presidir el Fondo Monetario Internacional, con avión privado y tratamiento de jefe de Estado, porque “estuvo en el epicentro de todo lo que ocurrió en aquella fiesta truncada; por eso es una figura con un poder simbólico enorme”. Radiografíar a Rato, concluyeron, era radiografíar España.

"No le corresponde al teatro condenar a nadie. Mostramos el Rato que todos llevamos dentro", dice Pablo Remón

Las imágenes de su detención (la de la mano del agente en su nuca al entrar en el coche policial fue portada de todos los diarios) abdujeron al autor madrileño. Empezó a tirar del hilo para profundizar en el personaje y encontró más detalles con una vis dramática tremenda. Como el hecho de que su padre, banquero y fundador de la Cadena Rato, también hubiera tenido que purgar en la trena tejemanejes monetarios con escala en Suiza. Su presencia espectral otorga a las conversaciones que mantiene con su avispado vástago una dimensión alucinatoria y hamletiana. Shakespeare, no en vano, gravita sobre buena parte de la pieza. “Rato parece uno de esos tipos que, como Ricardo III, son más grandes que la propia vida”, señala Remón. Así debía de sentirse cuando desde la cúspide del FMI enunció diagnósticos que luego le retrataron. Un año antes del hundimiento dijo, por ejemplo, que el sistema financiero de Estados Unidos era “resistente y estaba bien regulado”, que el crecimiento económico en España era “intenso y sostenido” y que “los mercados han demostrado que pueden autocorregirse”. De hecho, apostilló, lo hacían.

Rato abandonó el codiciado puesto aduciendo que quería dedicar más tiempo a sus hijos. Es uno de los ‘puntos ciegos’ (que diría Cercas) de una personalidad camaleónica. El otro gran misterio es su renuncia a erigirse en sucesor de Aznar. Este, según recrea Remón, se lo propuso en lo alto de un telesilla en Baqueira Beret. Cuando repensó su decisión y quiso asumir el delfinato, ya era tarde para Aznar, que había depositado su confianza en Rajoy. Sueños y visiones… ofrece lecturas entre líneas sobre los motivos ocultos detrás de tan llamativas espantás. “Pero no rellenamos esos huecos con teorías cerradas. Eso sería falsear la realidad. Porque quizá ni el propio Rato tenía claro en su fuero interno las razones últimas. Nosotros sólo aventuramos algunas posibles explicaciones. En el siglo XX, autores como Beckett o Pinter ya nos enseñaron que un personaje completamente perfilado psicológicamente puede acabar deshaciendo el interés de una obra”, apunta Remón.

No han querido tampoco poner en la picota a Rato. No emplean un tono acusatorio. Más bien les ha movido un cierto humanismo indulgente. “No le corresponde al teatro condenarlo”, afirma Remón. “La obra intenta mostrar el Rato que todos llevamos dentro. Creo que los políticos que tenemos son un reflejo de la sociedad”. Una sociedad, la nuestra, que por momentos parecía enajenada, como pasada de éxtasis en una disco levantina de la ruta del bakalao. La metáfora no es gratuita. Remón, de hecho, acaba emparentando al político con Chimo Bayo (otro exponente de la España desaforada) en un diálogo delirante y cómplice a modo de traca final. Pero mejor no decir más…

@albertoojeda77