Nelson Dante y Carmen Maci en un ensayo de El jardín de los cerezos. Foto: Marcos Gpunto

El INAEM abre este martes el proceso de selección del nuevo director del Centro Dramático Nacional. Sustituirá a Ernesto Caballero, que lleva al frente del buque insignia de nuestra escena ocho años y que estrena este viernes. El jardín de los cerezos con aroma a despedida. Antes de decir adiós, ofrece este balance de su mandato, marcado por el objetivo de hacer patria sin patrioterismos y el lamento por la imposibilidad de girar y el exceso de burocracia.

Un apreciado colega, cuando le confío mis desvelos en la gestión cultural, suele recordarme esta inapelable sentencia: "Hagas lo que hagas, siempre acabarán llamándote imbécil". Asumiendo que el arte de encajar lindezas va en el cargo, y aceptando la amable invitación de El Cultural, me dispongo a verter algunas consideraciones acerca de mi trabajo como director del Centro Dramático Nacional, aún a riesgo de dar más munición a los inevitables otorgadores del displicente sambenito.



Hace ocho años, el INAEM estableció que el nombramiento de los directores de sus unidades se realizaría mediante concurso, con la pretensión de desligar la gestión cultural de los avatares y plazos de la política partidista. Presenté mi candidatura al Centro Dramático Nacional con un proyecto enfocado al impulso y preservación del patrimonio dramático español en su vertiente contemporánea, para contribuir con ello a la cimentación de un Teatro Nacional; concepto éste formulado por primera vez a finales del diecinueve por estudiosos como Amador de los Ríos o Menéndez Pidal y retomado más tarde por intelectuales de raigambre republicana como Max Aub, Rivas Cherif, Felipe Lluch o Bergamín: la dramaturgia autóctona, expresión de un pueblo que se reconoce en ella como tal.



La idea de que el impulso y desarrollo de la dramaturgia española contemporánea ha de llevarse a cabo resaltando las conexiones de continuidad (la impugnación del precedente también es una forma de continuidad), puede defraudar las expectativas de un sector ávido de novedades y súbitas reinvenciones, acostumbrado a las flores de un día, al borrón y cuenta nueva, y a la irresistible tentación de dejar un sello de originalidad en las instituciones. Sin embargo, el concepto de eslabón es una de las más firmes premisas del discurso que inspira nuestra labor. Parafraseando al clásico, podríamos afirmar: Cultura non facit saltus.



El teatro es un espejo donde nos contemplamos en una secuencia narrativa; exquisita herramienta para comprendernos; es reflejo de la historia, de múltiples historias singulares que hablan de una historia común. Quise iniciar mi propuesta artística con Doña Perfecta, obra en la que Galdós plasma la colisión de dos cosmovisiones antagónicas, cuyas pervivencias aún se dejan sentir en nuestra sociedad. Con él se abrió en el Centro un relato polifónico compuesto por las voces de Pardo Bazán, Valle-Inclán, García Lorca, Max Aub, Poncela, Mihura, Sastre, Buero, Nieva, Diosdado… y así hasta la escritura más reciente, pujante fenómeno caracterizado por su diversidad estilística e ideológica y por la profusión de textos escritos por mujeres: una autoría del aquí y el ahora a la que está respondiendo el público con una excelente acogida, propiciada, así mismo, por el talento y la complicidad del resto de creadores escénicos y equipos técnicos.



Potenciar y dar cauce a esta creatividad -además de la estrictamente dramatúrgica- ha sido también uno de nuestros principales empeños, de ahí que hayamos creado un laboratorio de investigación (Rivas Cherif) donde se están llevando a cabo programas y experiencias artísticas que ponen de manifiesto la existencia de una vigorosa creación escénica.



El CDN tiene un presupuesto inferior al que cualquier municipio francés destina al teatro

Literatura, historia y pensamiento. Todas las obras programadas despiertan múltiples interrogantes acerca de nuestra condición que formulamos en diferentes foros, desde Los lunes con voz, a coloquios, lecturas e incluso representaciones en un ciclo de filosofía en escena que ha despertado un inusitado interés en los espectadores más jóvenes, a pesar -o acaso, como consecuencia- de la amputación de las Humanidades en nuestro sistema educativo.



Ciertamente, en esta última etapa se ha incrementado notablemente el número de actividades así como la afluencia del público; con todo, a menudo me pregunto dónde estriba, finalmente, el éxito de una gestión cultural. ¿Tan sólo en aspectos cuantitativos como la afluencia de espectadores, el volumen de la recaudación, el beneplácito de los medios, la simpatía generada en las redes…? Considero que existen otros objetivos de más difícil recuento aunque de gran valor socio-cultural como son las apuestas a largo plazo por nuevos valores, o la consolidación de un público -no una mera acumulación de espectadores- que cultiva y comparte una afición en un refinado ejercicio de ciudadanía.



En esta línea tampoco hemos escatimado esfuerzos: desde una compleja labor pedagógica a la difusión de espectáculos en colaboración con numerosas compañías privadas. En cuanto a los montajes de gran formato, aunque ocasionalmente han visitado otras ciudades, es justo reconocer -y lamentar- que no están circulando tanto como hubiera querido. Una estructura administrativa que impide que los ingresos reviertan en la actividad, un presupuesto de mínimos (inferior al que cualquier municipio galo destina al teatro), un sistema de fiscalización e intervención previa que entorpece las dinámicas de contratación y unos convenios laborales pendientes de revisión desajustados de la realidad profesional, hace prácticamente imposible la deseable difusión de los espectáculos tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.



Este último aspecto acaso sea también una de las principales asignaturas pendientes de nuestra política cultural: la internacionalización de nuestro teatro. Día a día constato una demanda creciente, tanto en Europa como en América; es una buena ocasión para invertir proyectándonos al exterior. Tal vez así, a través de la mirada ajena, logremos reconocernos mejor como colectividad. No hay que olvidar que una de las muchas funciones del teatro es la de crear cohesión social o, por qué no decirlo, cohesión nacional, de esa de la que últimamente andamos tan necesitados.



La expresión ‘teatro público' no deja de ser un pleonasmo, pues todo teatro lo es. Y al serlo, deviene en político, que no partidista. El teatro siempre ha sido un arte político, en el mejor sentido de la palabra. Merece la pena trabajar por él, como un imbécil.