Juego visual de la obra Seuls, de Wajdi Mouawad. Foto: Thibaut Baron

El dramaturgo, director y actor canadiense de origen libanés Wajdi Mouawad, autor de la brutal 'Incendies', llega al Teatro Vallé-Inclán con 'Seuls', una inmersión autobiográfica en su identidad fragmentada por la guerra.

Wajdi Mouawad (Beirut, 1968) apareció en la cartelera española por primera vez en 2009 y provocó una conmoción tremenda con Incendies. Ese año la obra estuvo en el Teatro Español y, visto el impacto que ocasionó, fue repuesta en 2010 en el Matadero. Hoy es ya un título de culto: con su notable adaptación al cine y con decenas de versiones circulando por todo el mundo (Oriol Broggi la montó en el Romea a comienzos de 2012).



Hasta la fecha ha sido la única pieza del autor canadiense (aunque nacido en el convulso Líbano, de cuya guerra civil huyó al cumplir ocho años) vista en nuestro país, aparte de Littoral, que también pertenece a la trilogía Le Sang des Promesses, columna vertebral de su producción teatral. Es más bien poco tratándose de una figura elevada a la categoría de icono por la escena francesa. La crítica gala asigna a la dramaturgia de Mouawad una etiqueta bien significativa: "Teatro de la emoción". Y muy atinada: son muchos los que sienten un trallazo en el corazón cuando se asoman a su trabajo. Por este motivo es de celebrar su regreso a nuestras tablas. Este viernes, y todo el fin de semana, estará en el Teatro Valle-Inclán con Seuls, una inmersión autobiográfica en busca de la identidad más profunda de su ser fragmentado por las migraciones geográficas y los traumas existenciales.



Mouawad aguanta en solitario sobre el escenario dos horas, en un montaje en el que se guisa y se come todo: él lo escribió, él lo dirige y él lo interpreta. Aunque en la primera parte gravita de manera patente la enorme sombra de su mentor: nada menos que el gigante Robert Lepage. No sólo porque Harwan, un estudiante universitario libanés afincado en Canadá (trasunto claro del propio Wajdi), está preparando una tesis doctoral sobre el artífice de La trilogía del dragón sino también por echar mano de la tecnología (vídeos sobre todo) para crear una escenografía saturada de efectos visuales y trampantojos. Marca de la casa Lepage.



Pero en un segundo tramo pega un bandazo sorprendente con el que saca a relucir otra de sus vocaciones ocultas: la pintura. El protagonista, gracias a un chispazo onírico, se encuentra de repente encerrado en mitad de una noche en el Hermitage de San Petersburgo. Esa circunstancia le empuja a pintar. Harwan-Wajdi desenvaina los pinceles y se esfuerza por delinear en lienzos y paredes el camino de vuelta a sus orígenes en Oriente Medio. El teatro salta aquí hasta el territorio de la performance y cobra la intensidad primaria de lo espontáneo.



Los trazos pretenden fijar una identidad con contornos precisos pero no consiguen pasar de la abstracción y la sensación de toparse frente a un rompecabezas de infinitas piezas, el de un métèque a la fuerza pero también vocacional: "Soy griego por mi pasión por Héctor, Aquiles, Cadmos y Antígona. Judío por la admiración que siento hacia Jesús y Kafka. Por supuesto, cristiano, por Giotto y Shakespeare. Y también musulmán por mi lengua materna".