En 2020, cuando casi nadie daba conciertos porque no se podía o porque las drásticas reducciones de aforo hacían que no mereciera la pena el esfuerzo, Andrés Suárez (Ferrol, La Coruña, 1983) se esforzó al máximo para no dejar de tocar y mantener con vida la llama de la música en directo, al menos en la pequeña medida de sus posibilidades. “Soy un privilegiado, en el año del horror di más de 30 conciertos, no se me ocurre quejarme. Eso sí, mi staff habitual lo componen 15 personas y viajábamos solo tres”, explica el cantautor, que este viernes y sábado hace doblete en las Noches del Botánico de Madrid, por suerte ya con unas condiciones bien distintas y con toda su banda al completo. Su “bandón”, como él lo llama. Al privilegiado escenario del Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Universidad Complutense subirá, además de otras de su repertorio, las canciones de su octavo disco, el primero con título homónimo y publicado también durante la pandemia. Han pasado los meses y ya empezamos a ver la luz al final del túnel, aunque Suárez rechaza el término “nueva normalidad”. “La normalidad es la de siempre, la de los abrazos, que volverá gracias a la medicina y la ciencia”, confía.

Pregunta. ¿Cómo afronta estos dos conciertos consecutivos en Madrid?

Respuesta. Estoy ilusionado, feliz y nervioso por este reencuentro con mi banda al completo en Madrid, que considero mi casa desde hace 13 años, y que tiene el público que más cuida la música y más grita en los conciertos. En Madrid tengo además muchos amigos de carretera, de bares, de Libertad 8, de Galileo… y algunos se subirán conmigo al escenario. Será muy emocionante.

P. ¿Cómo fueron los conciertos que dio en 2020?

R. Como hijo de sanitaria y alguien que ha perdido a gente en el camino en esta pesadilla, le tengo mucho respeto a las medidas de seguridad. La cifra de contagios en los conciertos ha sido cero, y tengo amigos médicos y enfermeros que han venido a verme tocar y me decían que era imposible que alguien se contagiara en esas condiciones.

P. Ese celo le llevó incluso a cancelar recientemente un concierto en Vigo. ¿Qué pasó?

R. Aún me encuentro afectado y dolido por mi familia que es mi público de Galicia. Algunos parece que ya se olvidaron del riesgo, y son de los que salían a aplaudir a los balcones a las 8 de la tarde. Entiendo que tenemos ganas, pero ves cada escena por ahí que destroza todo el trabajo realizado hasta hoy y te hace llorar de pena. Lo que sucedió es que un promotor prefirió el dinero a la salud, de modo que lo cancelé inmediatamente. Pero quiero aprovechar para decir que la inmensa mayoría de los promotores de este país son todo lo contrario: lo único que quieren es, en primer lugar, la salud; y después trabajar dignamente y con seguridad. Por eso ha habido cero contagios. No es justo que por uno paguen los demás.

P. Para poder seguir tocando todos estos meses con aforos tan reducidos habrá tenido que reducir mucho su caché.

R. Rebajado no, lo siguiente. También las empresas que rodean a un concierto. Y es mentira eso que dicen algunos de que ha habido conciertos al 80 y al 90 % del aforo. Hemos tocado con aforos del 25 al 40 %. Te pongo un ejemplo: en la plaza de toros de Murcia, con capacidad para 14.500 personas, toqué con sold out para 500. Pero había dos opciones, quedarse en casa o tocar, y yo elegí lo segundo, aunque respeto al 100 % a los compañeros que decidieron que no les compensaba.

Andrés Suárez - No diré (Versión 2.1)

P. Mucha gente piensa que la pandemia va a tener un reflejo importante en las novelas, películas, obras de teatro o canciones que se están haciendo desde que comenzó. ¿Ha sido su caso?

R. Al principio del confinamiento la gente me llamaba y me decía que aprovechase para componer y grabar, para escribir otro libro, pero yo no sabía si mi madre se iba a morir en el pasillo de un hospital como le ha pasado a muchos sanitarios. Al principio no había EPI y trabajaba cubierta con bolsas de basura. ¿Cómo iba a sentarme a escribir nada en esas condiciones? Yo tenía miedo, ansiedad, incertidumbre. No quiero ser agorero pero esto nos va a dejar secuelas psicológicas a todos. Después sí he escrito canciones, claro, ¿quién no va a hablar de una pandemia que nos ha marcado tanto? Me desahogué y lloré encima del papel, pero esas canciones no me apetece cantarlas. Ahora quiero hablar de la vida, de la risa, de la amistad, del sexo y de un paseo por la playa.

P. Este año el festival Noches del Botánico ha diseñado una programación plagada de cantautores: por él han pasado Jorge Drexler, Ismael Serrano, Quique González, Xoel López, Miguel Ríos, Víctor Manuel... ¿Qué le parece?

R. Me parece maravilloso que un ciclo de conciertos esté repleto de cantautores, porque creo que es recordar de dónde viene la canción, por qué sucede, y la autoría para mí es lo más importante. Me da igual que la cantes bien, mal, en rock o en jazz, lo más importante es la canción, sin canción no tienes nada. Pero lamentablemente cuando se habla en este país de cantautor a uno le viene inexorablemente la imagen de un tipo triste, melancólico, aburrido, depresivo, en un bar oscuro, con mucho humo y maldiciendo el futuro. Para mí un cantautor no es más que una persona que compone la música y la letra de una obra. Me duele cuando alguien llega y te aconseja no decir que eres cantautor. Oiga usted, en el país de Aute, Sabina, Serrat, Pedro Guerra, Víctor Manuel, no hay nada más importante que la autoría de una canción, y me remito a Mediterráneo y a ¿Quién me ha robado el mes de abril?. Un cantautor se puede subir a un escenario haciendo trap, folk o thrash metal. Yo he visto a Glen Hansard, a Damien Rice, a Juan Luis Guerra y a Robe Iniesta haciendo que un pabellón de deportes salte y grite. Eso es un cantautor para mí también.

P. Usted siguió la misma hoja de ruta que tantos cantautores que se mudan a Madrid para intentar hacerse un hueco en el mundillo. ¿Cómo fue?

R. Yo llegué a Madrid para subirme a un metro sin saber lo que era, para cantar en la calle y en los locales que me dejaban, la gran mayoría ya cerrados por desgracia. Tenía unos ahorros de trabajar en una orquesta, entonces me vine a buscar sueños. Todos hablamos de Madrid en nuestras canciones, me remito a Pablo Guerrero, a Sabina, a Krahe... Madrid es un templo sagrado y es por algo, el público de Madrid es el mejor del planeta Tierra. Aunque me crié en la playa de Pantín y se me reseca la piel en el interior, uno tiene que ser agradecido. A Madrid se lo debo todo, pero la gente se piensa que yo llegué, empecé a tocar a la semana en Libertad 8, luego en Galileo y de ahí a llenar el Wizink. De eso nada. Yo estuve tres años para que Julián [Herraiz], de Libertad 8, me diera una fecha. Pero ¿quién no da la vida por un sueño?, como decía el maestro Javier Ruibal. Fue muy jodido, yo pensaba que esto iba a ser un triunfo absoluto, porque como hay tanta gente... Pensaba que empezarían a venir cientos de personas a verme la primera semana, pero hay que convencer a la gente y eso es muy difícil. Fue una carrera muy lenta, y conozco el fracaso —o el éxito, según se mire— de cantar para los camareros, o para cinco personas. Pero eso es importante, porque si no sabes valorar lo que es cantar para diez personas, ¿cómo vas a valorar lo que es cantar para cien?

P. ¿Cómo ve el mundo de la canción de autor ahora mismo, a las nuevas generaciones?

R. Estoy muy enfadado con la nueva generación de cantautores porque son muy buenos. Estoy muy cabreado y se lo hago saber continuamente. Gente con 18 años que toca tan bien, canta tan bien y maneja el ProTools tan bien… Hay un nivel acojonante y benditos sean cuando no se arrepienten de decir que son cantautores, a pesar de ser una pésima etiqueta como te decía antes. Hay un nivel y una calidad de composición apabullantes. Te hablaría de Yoli Saa, de Ainoa Buitrago, de Juddit Neddermann, de Fredi Leis, gente que viene pisando muy fuerte y con estilos muy originales. Los cantautores no tienen por qué ser siempre alguien con una guitarra y una voz, lo hemos visto con uno al que creo que no le va mal y que se llama Ed Sheeran, y trabaja incluso con programaciones casi techno. Me encanta esa evolución.

P. Recientemente ha publicado su segundo libro, A través de los ojos (editorial Aguilar), una colección de relatos poéticos. ¿Cómo vive su faceta más literaria?

R. Estoy profundamente agradecido. Generalizar es de cobardes y que se vayan al carajo los que dicen que los jóvenes no leen. Ir a una ciudad y ver a gente con mi libro en la mano me emociona muchísimo. No sé si es bueno o malo, pero es de verdad. Está escrito con risa y con llanto, mucho llanto. Y mucha corrección de mi amado Gonzalo Albert, mi editor. Tengo mucho respeto a los maestros, que creo que es algo que se perdió hace mucho tiempo. Me mata que un chaval de 14 años no sepa quién es Aute. Yo leo cuanto cae en mis manos y me queda mucho por aprender pero intento seguir el ejemplo de Javier Ruibal, de Juan José Téllez, de Felipe Benítez Reyes, de Karmelo Iribarren, de Elvira Sastre. Yo no soy un poeta, sino un escritor de canciones que a veces entra en el universo de la palabra más allá de los tres minutos que dura una canción. Hoy creo que tomamos a la ligera la palabra “poeta”. Me parece maravilloso que la gente escriba, pero a mí no se me ocurriría decir que soy poeta.

@FDQuijano