Christian Thielemann. Foto: Matthias Creutziger

La actual temporada de Ibermúsica, que ha salido, pese a las dificultades, bastante lustrosa, se cierra a lo grande con dos conciertos de la Staatskapelle de Dresde y su titular Christian Thielemann los días 16 y 17 de este mes. Un bocado realmente apetitoso por mucho que tanto orquesta como director hayan sido huéspedes, a veces cada uno por su lado, de esta benemérita asociación musical. Siempre es un placer volver a escuchar los mágicos timbres de la gran formación germana, esmaltados, tocados de mil luces, repletos de armónicos, resplandecientes en un conjunto equilibrado, afinado, de sonoridad transparente y, al tiempo, compacta.



En esta sección nos hemos hecho eco en más de una ocasión de las virtudes del ceñudo director berlinés nacido en 1959, un maestro situado en la estela de la más acrisolada tradición de las grandes batutas centroeuropeas, con Nikisch, Weingartner Furtwängler, Böhm, Schuricht, Karajan o el asimilado e inclasificable Celibidache a la cabeza. Thielemann sorprende con detalles que revelan a un estupendo músico, entre ellos un olfato sinfónico indudable, una inesperada capacidad a la hora de planificar y de sondear pasajes de índole camerística. Este alemanote, siempre potente, de muy sólidas hechuras, las que poseen sus edificios musicales, tiene también un sorprendente instinto para la elaboración de refinadas texturas. Thielemann es un músico curioso y convincente. Revela un talento musical poco común, como ha tenido ocasión de evidenciar en distintas oportunidades.Da muestras de una madurez y una sapiencia o intuición raras a la hora de diseñar el discurso, de buscar sus pliegues, de rastrear sus accidentes. Canta con naturalidad, a lo que se presta agradecida la magnífica y sedosa cuerda de la Staatskapelle, que puede hacer auténticas maravillas en el segundo concierto con una obra como la monumental Sinfonía Alpina de Richard Strauss, de la que director y orquesta realizan una impresionante interpretación, varias veces ofrecida, al natural y en grabación (CD y DVD). Como aperitivo, las Cuatro últimas canciones del compositor bávaro con la voz protagonista, ya no tan joven, pero todavía tersa y coloreada de la soprano Renée Fleming, que ya las interpretara en Madrid años ha.



La primera sesión no es menos interesante ya que tiene como partitura base el complejo y espinoso, grandioso y elocuente poema sinfónico Pelleas und Melisande de Schoenberg, en el que se trabajan a toda presión mil y un motivos, antesala de sus obras atonales y seriales. Casará con el Concierto en sol de Ravel, con el fenómeno Daniil Trifonov en el teclado, y, algo especialmente atractivo, con La cólera de Dios de Gubaidulina, que conoce así su estreno en España.