Foto: Gert Mothes.

El director italiano llega al Auditorio Nacional para exhibir, los días 11 y 12, los frutos de sus 10 años al frente de la Gewandhaus de Leipzig, orquesta civil más antigua del mundo. Buena ocasión para gozar de los modales heterodoxos del futuro director musical de la Scala de Milán. Rachmaninov, Mahler, Mendelssohn y Chaikovski en atriles.

Es probable que Riccardo Chailly (Milan, 1953) tarde en olvidar, si lo hace, su último concierto con la Filarmónica de Berlín, el pasado 29 de noviembre. Un acontecimiento extraordinario. Por su regreso con los berliner. Porque dirigió a Martha Argerich con el pretexto de Schumann. Y porque los clamores que suscitaron su apasionante versión de la Tercera de Rachmaninov le obligaron a saludar y saludar cuando los músicos se habían marchado y las luces de la Philharmonie empezaban a apagarse.



Era el remate de un año difícil y triunfal. Difícil por las lesiones que le constriñeron a cancelar varios conciertos. Triunfal porque su primera década al frente de la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig obtenía la recompensa del premio Gramophone a la mejor grabación de 2014, más en concreto por la fabulosa integral sinfónica de Brahms. Era una prueba de su implicación en el proyecto germano. Que ya había proporcionado a Chailly el hito discográfico de las Sinfonías de Beethoven y que redundaba en el acierto de su traslado a Leipzig. Fue una decisión difícil, incomprensible para los críticos y melómanos que consideraban un retroceso dejar el prodigio del Concertgebouw de Amsterdam por la apuesta del Gewandhaus.



Tenía razón Chailly. Leipzig representaba una oportunidad simbólica, profesional, artística. Se trataba de buscar el grial de la música occidental. De invocar e Bach. De implicarse en un recorrido que le garantizaba todos los poderes. Y no para abusar de ellos, sino para concebir un proyecto integral. De la música sinfónica a la ópera. Aceptando las responsabilidades patrimoniales -Bach nació en Leipzig, pero también lo hizo Wagner y fue la "tumba" de Mendelssohn- y asumiendo un desafío que se ha demostrado resuelto: la Gewandhaus es una de las mayores y mejores orquestas del mundo, hasta el extremo de que el liderazgo totémico de la Filarmónica de Berlín ha encontrado en Chailly un motivo de discusión tan evidente como el de Thielemann en Dresde o el de Barenboim y su Staatskapelle. Se parecen las orquestas en su relación "absoluta" con el director. No quiere decir exclusiva. Quiere decir que Chailly, por ejemplo, ha establecido un vínculo a la antigua usanza, cuando el director y sus músicos se maridaban en la búsqueda de un sentido, de un sonido y de una personalidad.



De ahí el interés de los conciertos de Ibermúsica en el Auditorio Nacional (días 11 y 12). Acude a enseñarnos el prodigio que ha conseguido estos diez años en Leipzig. Lo hace con un repertorio enormemente convencional -Primera de Mahler, Segunda de Rachmaninov, conciertos para violín de Mendelssohn y Chaikovski (los toca Julian Rcahlin)-, pero interpretado fuera de los convencionalismos. No hay antídoto más seguro que Chailly frente a la rutina y el fast-food mercenario que prodigan tantas orquestas en sus giras.



El contrato de Chailly con la orquesta germana lo vincula hasta 2020. Quiere decirse que el maestro italiano tendrá que compaginar la agenda de Leipzig con su "entronización" como director musical de la Scala de Milán. Sucederá a partir de la próxima temporada. Chailly sustituye a Daniel Barenboim y, en cierto modo, regresa a casa después de haber realizado un periplo profesional con escalas principales en Bolonia (Teatro Comunale), Berlín (DSO), Amsterdam (16 años) y Leipzig.



Es verdad que asumió durante varios años las riendas de la Orquesta Verdi de Milán, pero se trataba de un trabajo más filantrópico y pedagógico que de un vínculo profesional. O de una experiencia preparatoria para una aventura tan excitante como complicada. Empezando por la incertidumbre presupuestaria de la crisis y por la letra pequeña de su contrato. La primera parte lo describe como principal director invitado (2015-2017), mientras que la segunda abarca una titularidad absoluta hasta la temporada de 2022."Me ilusiona este regreso. Nunca me obsesionó la Scala. Ni pensé que mi carrera iba a ser circular. He adquirido un gran aprendizaje. Me he implicado hasta el fondo en la gran música centroeuropea. Pero al mismo tiempo entiendo que la Scala es mi hábitat natural. Y me tranquiliza llegar después de haber madurado tanto como artista, como ser humano", asegura.



No cabe mayor honor para un músico milanés que llegar al foso de la Scala. Que fue el de Toscanini. Ni existe ambiente profesional más complejo donde ejercitarse. Abbado y Muti lo experimentaron hasta las entrañas, aunque Chailly tiene más razones de considerarse un "continuador" de Abbado. Por amistad. Por afinidad en muchos conceptos musicales. Y porque se empleó él mismo como asistente de Abbado en la Scala. Era apenas mayor de edad. Y le fascinaba la manera con que su "vecino" conseguía aglutinar la sabiduría de la partitura con la espontaneidad del concierto.



Un equilibrio que identifica a Chailly y que se añade a su idoneidad estilística con el repertorio operístico italiano. Y que lo entronca con una especie de sucesión dinástica, pues su padre, Luciano Chailly, compositor, fue en dos ocasiones director artístico del templo milanés, acaso predisponiendo el regreso del hijo pródigo.

Mariss Jansons toma el testigo

Tiene sentido que el concierto de Mariss Jansons suceda al de Riccardo Chailly en el ciclo de Ibermúsica. Tiene sentido porque el maestro letón sustituyó a su colega italiano al frente de la orquesta del Concertgebouw de Amsterdam, cuyos conciertos en el Auditorio Nacional reivindicarán la opulencia, versatilidad y sensibilidad de la agrupación holandesa. No sólo con el repertorio convencional -se espera una Cuarta de Mahler el 16 de febrero- sino con la originalidad de un programa, el ideado para el día de antes, que compagina a Massenet, Debussy, Falla y Respighi.