Ricardo Senabre

Ricardo Senabre tenía fama de severo, lo cual a mí, particularmente, me lo hacía cercano, aún más al comprobar que razonaba sus reproches. No perdonaba los usos defectuosos del idioma. ¿Se imagina alguien que un pianista, durante un concierto, se estuviera equivocando de continuo? No merece la música menos amor que la literatura. Ricardo Senabre reseñó todos mis libros, salvo los pocos que escribí para niños y los de poesía por quedar fuera del campo de su actividad crítica. En 1996, con motivo de la publicación de mi primera novela, Fuegos con limón, me echó por así decir el ojo y ya no lo apartó de mí. No elogiaba con efusión. Era más bien aplomado, quizá rígido, nada propenso al entusiasmo. Con frecuencia, al expresarse sobre mi literatura, descubría su faceta de profesor, vinculando mis libros con los de los clásicos. Supo de mis fuentes y las mencionó. El efecto, tal vez, no resultó atractivo para cierto tipo de lectores; pero esto no tiene demasiada importancia.



Me consta que otros críticos, por alusiones, le replicaban. Él se expresó de forma harto positiva acerca de mi novela Los ojos vacíos. Dos semanas después, un crítico de El País, que en paz descanse, me la tumbó con una saña apenas comprensible tratándose del libro, por entonces, de un escritor desconocido. Dicho crítico, que un día me estrechó la mano sin mirarme a la cara, hacía constar en su crítica las tesis de otro reseñista. En dos ocasiones se refería en su artículo a uno de los personajes principales de mi novela. En ambas ocasiones escribió incorrectamente el nombre.



Algo similar ocurre con un crítico del ABC Cultural, de forma patente en su reseña de hace poco consagrada a Las letras entornadas. Justo el artículo que destacó Senabre como singularmente valioso en su reseña de El Cultural, el otro lo citaba como ejemplo de texto fallido. En fin, estas cosas pasan y no por ello son peores que las guerras o los terremotos. Más de una vez me ha sido dado constatar que algunos críticos, con pueril sentido de la rivalidad, se dedican a romperse los juguetes los unos a los otros.



Senabre, no. Fue un hombre insobornable. Al principio de mi carrera literaria se me ocurrió agradecerle por correo electrónico una crítica. Me respondió, en tono de reconvención, que él se limitaba a cumplir con su trabajo y no se consideraba merecedor de gratitud alguna. Ya nunca más me atreví a darle las gracias. Jamás me reprochó en una reseña un uso lingüístico incorrecto. Tan sólo en el mensaje electrónico aquel en que me comunicó que yo no tenía nada que agradecerle, me afeó el uso del verbo retomar en lugar de reanudar. El alfilerazo me hizo efecto. Desde entonces no retomo, reanudo.



Recientemente reseñó Las letras entornadas. Ha sido la última recensión suya que vio publicada. Sé, por mis amigos de El Cultural, que hay otras dos en despensa. Supongo que se publicarán póstumamente. Después su voz crítica se callará para siempre. Yo lo voy a echar en falta, tanto por las críticas que me dedicaba como por las que dedicaba a los libros de otros escritores.



Me da pena no haberlo conocido personalmente. Era un chiflado de los libros y la literatura, como yo. Mi amigo Irazoki, que habló con él en cierta ocasión, está convencido de que habríamos congeniado. A mí me es imposible olvidar lo mucho que este hombre ha hecho por dar a conocer mi obra. Conque, sintiéndolo por él y aprovechando que ya no podrá echarme la bronca, le digo desde aquí: Gracias, maestro, muchas gracias.