Foto: Marcos GPunto

Juan Mayorga estrena el viernes 23 en el Valle-Inclán El mago, una tragicomedia con la que da un giro realista en su faceta como director y nos invita a desconfiar de nuestra percepción de la verdad con la ‘mentira' del teatro.

Todo comienza en el Circo Price. Juan Mayorga y su familia van a ver un espectáculo titulado ampulosamente Congreso mundial de magia. Disfrutan de un amplio repertorio de números. Lo están pasando razonablemente bien. Hasta que llega el hipnotizador pidiendo voluntarios. El dramaturgo, guiado por el dictado de su maestro Walter Benjamin de aprovechar cualquier oportunidad para enriquecer tu conocimiento, alza la mano y se ofrece. Pero después de hacer las pruebas preliminares para constatar si es apto para la hipnosis, el ‘oficiante' le devuelve a corrales. "Volví a mi butaca no sé si resignado o resentido pero, inmediatamente, ya sentado, empecé a pensar en una posible obra", recuerda. Aquella experiencia fue el embrión de El mago, una sitcom fantástica que cabalga, sin renunciar al humor, hacia la tragedia e incluso el terror y que estrena el próximo viernes 23 en el Teatro Valle-Inclán de Madrid.



Mientras seguía viendo el show, a Mayorga le asaltaban las preguntas. ¿Y si el que estuviera hipnotizado soy yo? ¿Y si los aptos, a los que se les proponían diversos viajes que aparetentemente realizaban, regresaran a su casa todavía hipnotizados? Esto último es lo que hace Nadia, que se presenta en su piso diciéndole a su hija y su marido que ha llegado volando desde el teatro donde sigue hipnotizada. En ese planteamiento se asienta todo el juego teatral posterior: ¿el personaje que tenemos delante es una suerte de proyección o es la Nadia real que se está marcando un farol para propiciar un cambio en su entorno y en ella misma? "Sea verdad o sea fingida, la hipnosis la sitúa en otro plano que le permite comportarse de manera diferente a lo habitual y mirar cosas a las que en su vida cotidiana no presta atención", explica el autor de La tortuga de Darwin.



Al liberar a la protagonista de las reglas cabales de su rutina e introducir una ambigüedad constante, Mayorga se abre un potencial dramático enorme, que, por supuesto, exprime en las páginas siguientes como autor y, como director, en la sala de ensayos del Centro Dramático Nacional en Usera. Porque, de nuevo, ha decidido afrontar la dirección del texto. Tarea que acomete flanqueado por actores de su plena confianza: Clara Sanchis (La lengua en pedazos), José Luis García Gómez (El cartógrafo). A los que se suman la veterana María Galiana, Ivana Heredia, Julia Piera y Tomás Pozzi.



Hoy todos estamos hipnotizados. Nuestra vida está conducida por algoritmos que nos indican qué comprar, dónde alojarnos..."

A todos ellos les ‘recluye' en un comedor de clase media, con su sofá, su lámpara, su mesa, su mantel... Una escenografía realista que supone una novedad respecto a sus trabajos precedentes como regista. En El cartógrafo y Reikiavik todo era signo, símbolo y limpidez espacial. Tocaba imaginar lo que los actores sugerían con sus movimientos y sus palabras. "Eso no significa que haya renunciado a aquella visión del teatro, que para mí debe ser un mapa, al contrario que el cine o la tele, que son espejos. Siempre lo he concebido como el arte de la imaginación pero creí que ese enunciado inicial tan extravagante y extremo, el de una mujer que se presenta en su casa diciendo que ha llegado volando y que está hipnotizada, se ablandaría en un espacio minimalista, poético y claramente teatral. También quería sugerir que algo así podía suceder en la casa de cualquiera de los espectadores. Era una manera de redoblar la apuesta. Por eso también hemos evitado efectos sonoros y lumínicos. La luz es la normal de un salón y no se oye otro mundo sonoro que no sea el que producen los personajes".



E discurso de la opacidad

Mayorga invoca aquí a su admirado Calderón. También a Pirandello. Juega al gran teatro del mundo. O sea, a ver la vida humana como pura representación. En este sentido es muy reveladora la afirmación de Víctor, el marido, en un determinado momento: "Un mago es un actor que hace de mago". En las múltiples interpretaciones posibles también está justificada la que conecta la trama con la caverna platónica. El público no tiene más opción que dudar: ¿esos seres sobre las tablas solo tienen acceso a una realidad desvaída?, ¿la hipnosis es la única vía para salir de ese encierro limitador?, ¿es justo todo lo contrario? Víctor, de nuevo, apunta el peligro de fiarse en exceso de los sentidos. Lo aprendió de niño viendo un espectáculo de El Hijo de Houdini, que le dijo a él, mirándole directamente, "lo que los ojos ven y lo que los oídos oyen es lo que la mente cree".



Ahí estriba la significación política de la obra. La hipnosis de Nadia tiene una lectura colectiva, que interpela al ciudadano contemporáneo. "El de la caverna platónica es un mito fundacional de lo que podríamos llamar el discurso de la opacidad, según el cual la realidad no es transparente y resulta inaccesible. Hoy tiene una extraordinaria vigencia en nuestra cultura. Es un tema que se sostiene en la obra, sí, pero que no he querido reducir a una tesis. El autor ha preferido no presentarla de una manera clara. Aunque no hace falta leer los diálogos platónicos para entender a la vieja cuando le dice a su hija que no se ponga pesadita, que todos estamos hipnotizados. Ahora mismo buena parte de nuestra vida está conducida por algoritmos que nos indican qué comprar, dónde hacerlo, dónde alojarnos, cómo ir de un lugar a otro… Y además vivimos rodeados o, mejor dicho, atravesados de ficciones, de manera que es imposible saber hasta qué punto nuestro propio discurso está impostado y lo hemos asumido acríticamente".



Es llamativo que Mayorga en Intensamente azules, su otra obra más reciente, de gira estos días (en enero llegará a La Abadía), también se centre en la percepción de la realidad, alterada por las gafas azules de natación que debe ponerse el protagonista para hacer su vida cotidiana. De nuevo Platón y su gruta pueden traerse a colación para interpretarla. Y eso que el filósofo expulsó al teatro de su república ideal por ser un mero instrumento para generar ilusiones. "Y es verdad: los que hacemos teatro construimos mentiras. Pero esas engañifas, paradójicamente, pueden arrojar verdad o al menos provocar al espectador a que la busque. El objetivo es que, como Nadia, no vuelva a su casa siendo el mismo".