Andrés Orozco. Foto: Werner Kmetitsch

El ágil y movedizo director colombiano Andrés Orozco Estrada (1977) es ya bastante conocido por estos pagos después de su no muy larga estancia al frente de la Sinfónica de Euskadi y de sus repetidas visitas a algunas de nuestras salas de concierto. Especial significación fue la que hizo hace un par de años, al frente de la Filarmónica de Viena, dentro de la temporada de Ibemúsica; algo que revelaba el proceso en marcha de su imparable ascensión. Es sin duda un ya muy bragado director, dotado de (medido) arrebato, una vigorosa expresividad, una estimulante nerviosidad -de las que dejó huella precisamente en su etapa al frente de la orquesta vasca- y un temperamento muy propio de su tierra, transmitido a través de una mímica fácil y vibrante.



Virtudes que ha ido atesorando poco a poco a lo largo de una carrera bien estudiada, con pasos inteligentes, escalando, prácticamente desde la nada, puestos cada vez más altos, como el que va asumir la temporada 2020-2021: titularidad de la Orquesta Sinfónica de Viena. Quién lo iba a pensar cuando empezó su andadura como violinista en el Instituto Musical Diego Echevarría de Medellín, su ciudad natal. Cecilia Espinosa y Andrés Posada serían sus primeros profesores de dirección, disciplina que perfeccionaría en Viena a partir de 1997 junto al profesor Uros Lajovic. Enseguida se situaría, recién graduado, en el podio de la Radio-Symphonieorchester de la ciudad del Danubio en la sala dorada del Musikverein.



Este director va a estar de nuevo entre nosotros el próximo miércoles 14, en el Auditorio Nacional, para inaugurar el curso académico 2018-2019 de la Escuela Superior Reina Sofía. En el hemiciclo, la tan engrasada ya Orquesta Freixenet. El programa es de campanillas: Concierto para violonchelo de Dvorák, con el joven chelista Alejandro Viana, y la Sinfonía n° 7 de Beethoven. No hay duda de que son obras muy aptas para la colorista batuta de Orozco Estrada, que se mueve como pez en el agua en este tipo de partituras, caracterizadas por la evocación de lo popular (Dvorák) y la energía rítmica (Beethoven).



La partitura de Dvorák, de estructura eminentemente rapsódica, ofrece ancho campo para el lucimiento del solista, tanto en sus dos movimientos extremos, como en el cadencioso y lírico Adagio, que desarrolla un hermoso lied. Como se ha dicho, el madrileño Alejandro Viana (1996), alumno de la Escuela, es el protagonista. Prueba de fuego para un instrumentista guiado en un principio por Iván Monighetti y acreedor a los máximos premios del centro. Ha sido miembro del conjunto Freixenet y ha formado parte del Cuarteto Mendelssohn de BP, del Octeto Widmann y del Cuarteto Stoneshield del Grupo Arriaga Bilbao.



Esperamos que la nerviosa batuta de Orozco, que bate en todos los planos con claridad, que divide y subdivide y que controla muy bien los continuos contratiempos y que parece tener siempre muy seguros todos los resortes que dan vida a los pentagramas más variados, pueda extraer de los jóvenes chispas y destellos luminosos, tan necesarios para dar vida, por ejemplo, al diabólico Presto de la composición de Beethoven, y que sepa aquilatar las dinámicas y los timbres y ahormar el cantabile a fin de alumbrar las ricas vetas líricas que emanan del movimiento lento de la de Dvorák, cuya inspiración folclórica desborda un discurso pleno de ideas.