Bob Dylan

Lo curioso con Dylan es que ningún espectador del concierto de la pasada noche en el Auditorio Nacional escucha lo mismo. Por un lado está el tema grabado en la mente, por el otro la versión que entrega esa noche en el escenario, y en la sobrexposición de ambos temas está el tercero, el que importa, aquel con el que se vuelve a casa.

Hasta hace una semana, el repertorio era una incógnita. Tras una parada de cuatro meses, Bob Dylan arrancó su gira primaveral europea el jueves 22 en Lisboa. Podría haber variado el repertorio respecto a la gira norteamericana de otoño, que acabó en noviembre con cuatro conciertos en Nueva York. La set-list, como habían confirmado los conciertos de Lisboa (jueves) y Salamanca (sábado), es la misma que entonces: solo hay un par de temas extraídos de sus recientes álbumes de versiones. En directo, el genio de Duluth sigue dando prioridad a sus clásicos, con ellos empieza y termina, y a sus tiempos modernos. Por norma arranca con Things Have Changed y termina con Ballad of a Thin Man, pasando por It Ain't Me Babe, Simple Tiwst of Fate, Desolation Row, Pay in Blood, Thunder On the Mountain, Blowin' in the Wind... En la primera de las tres noches en Madrid no ha habido variaciones ni sorpresas. Aunque ver a Dylan en directo, por más que se acumulen las ocasiones, siempre depara algún arrebato, algún asomo de epifanía.



El aforo del Auditorio Nacional no supera los 2.500 espectadores, para los que Dylan y su banda entregaron su música de salón con una calidad (y calidez) auditiva insólita en ninguno de sus conciertos precedentes en Madrid. Ese era el primer estímulo (o epifanía, según se mire). El segundo lo servían las crónicas más inmediatas, las que aseguran que su voz de 76 años y millones de noches suena vibrante y confiada, que no parece ausentarse de los temas. Lo cierto es que cuando Dylan conduce la emoción por las letras y la música, no importa mucho la intensidad de la voz, basta escuchar el fraseo, la intención, la expresión. Lo importante es que no se convierta en una noche autómata. Excepto en Tryin' To Get to Heaven, no fue el caso. Dylan se vuelca en el piano, aporrea un riff que repite como un mantra a lo largo del tema, uno tras otro, y desde su sonido impone las pausas, recreaciones y crescendos de la banda, siempre en perfecta sintonía. No se limitan a interpretar temas, hacen música, comunican.



La fauna que congrega un concierto del Nobel parece sacada de una de sus canciones lisérgicas, pongamos, el Desolation Row, que interpretó con potencia y también inventiva. Hemos visto una señora del barrio de Salamanca pedir entradas con desesperación, una niña de quince años con el pelo rasta, un párroco con el alzacuellos desprendido, trovadores en la puerta rasgando sus guitarras y dos ingleses maduros que empezaron en Lisboa y terminarán el 17 de abril en Verona, siguiendo su rastro por toda Europa. "Come gather 'round people…". Nadie como Dylan reúne un público tan inesperado y ecléctico en un mismo espacio. Su música acepta todas las edades, todas las ideas. Dadas las normas del recinto, y la fuerte seguridad de la gira (con un amago al teléfono ya tenías un vigilante en la chepa, a la tercera te acompañaban fuera), el silencio, la atención del público ha sido el más respetuoso de los posibles. Se podía escuchar la caída de un alfiler entre tema y tema, al diluir de las ovaciones. Ningún flash.



Lo curioso con Dylan, con el modo en que interpreta Tangled Up In Blue, por ejemplo, hasta hacerlo del todo irreconocible, es que ningún espectador escucha lo mismo. Por un lado está el tema grabado en la mente, por el otro la versión que entrega esa noche en el escenario, y en la sobrexposición de ambos temas está el tercero, el que importa, aquel con el que se vuelve a casa. Nunca es igual para nadie. El formato del concierto, íntimo y cerrado, de una simplicidad escénica muy sutil -he creído ver un Óscar, su estatuilla por Things Have Changed, el tema de apertura, a la derecha del escenario- refuerza la noción de que la experiencia es individual, y no tanto colectiva. La banda parece tocar para ti. Tony Garnier y sus chicos disfrutan si Dylan disfruta. Anoche lo hicieron.



En Summer Days el micro se cascó, Dylan siguió cantando para sí mismo, el público le impulsó con aplausos, un técnico cambió el micrófono. Un incidente menor en un concierto de sonido impecable, que halló su punto exacto de decantación en Honest With Me, el viaje al corazón mismo de la tradición musical americana, en la explosión matizada del bluegrass, el country y el rythm & blues, en los golpes y las sacudidas de impresión arrítmica, en las letanías de versos que nunca se recitan igual, incluso en su destilación rasgada de la canción melódica. A lo crooner, Dylan se aparta del piano, separa las piernas a un metro de distancia y planta su mano izquierda en la cadera, casi como un matador, se acerca al micro y canta September of My Years, conmovedora; Once Upon A Time, melancólica; Full Moon, mágica. Hay ternura y hay perdición. Dylan de frente.



Luego está el pos-concierto en los alrededores. Dylanitas de diversos puntos del mundo intercambiando el audio del concierto, ya íntegro, registrado para la posteridad. Recuerdos de conciertos pasados aunque el último siempre es el mejor. Una zamorana que vive en Viena y planifica sus vacaciones para seguir a Dylan: anoche le vio paseando en frente del Palace con una rubia, dos adolescentes y dos guardaespaldas. Un uruguayo que llegó sin entrada a las doce del mediodía "para ver si veo algo" cuando el genio baja del autobús. Una chica que no pudo dormir la noche anterior y un irlandés buscando adeptos a su club privado de Facebook donde escribe el diario de la gira. También había una joven de quince años con pendiente en la nariz que había acudido sola a su primer concierto del bardo de Minnesota. Jura y perjura que no será el último.



@carlosreviriego