Irene Escolar. Foto: David S. Bustamante

Era difícil para Irene Escolar afianzarse sobre el onirismo desbocado de Lorca en El público. Pero a fe que lo consiguió, en un montaje firmado por Àlex Rigola, que, ya sabemos, se expresa con una gramática escénica ajena a toda convención desde hace años. Esa firmeza, esa confianza, provenían de su talento natural para la interpretación, cualidad heredada de la saga de ilustres cómicos de la que procede. Y también de un análisis concienzudo del poeta granadino y sus circunstancias. Escolar quería seguir ahondando en ese sustrato mixto de pasiones, desamores, anhelos libertarios, arrebatos vitales, sueños surreales, tormentos, recuerdos, búsquedas..., que sublimó a través de una escritura sin parangón en nuestras letras. Por eso, cuando la Universidad Menéndez Pelayo de Santander le invitó a participar en uno de sus ciclos, no se lo pensó. De ahí salió Leyendo Lorca, una lectura (muy) dramatizada de algunos pasajes lorquianos seleccionadas por ella misma, que ahora presenta en el Teatro Kamikaze (21 de noviembre y 6/13 de diciembre). Esas comparecencias en la sala de Miguel del Arco y sus socios las alternará, por cierto, con la reposición de El público en La Abadía entre el 25 y el 18 de diciembre.



Pregunta.- ¿Qué criterio siguió para seleccionar los pasajes?

Respuesta.- No seguí un criterio muy determinado, la verdad. Fue un proceso muy intuitivo. El estudio tan exhaustivo de Lorca que hicimos durante la preparación de El público me permitió descubrir textos suyos que desconocía, como algunas de sus maravillosas conferencias y prosas. Arranco con una ellas, sobre Poeta en Nueva York, que me sirve para presentarme. Después entro en su teatro, que es mi territorio natural como actriz que soy, y luego paso a la poesía, que no podía faltar. Hacia el final acudo a la biografía de Ian Gibson: creí necesario recordar cómo murió el poeta.



P.-Pero sobre todo se centra en su retrato de la feminidad, ¿no?

R.- Sí, abordo cinco de sus personajes femeninos centrales. Rosita, de Doña Rosita la soltera; la Novia y la Madre, de Bodas de sangre; Julieta, de El público; y Yerma. Es difícil saber si terminaré haciéndolos todos sobre el escenario, así que era una buena oportunidad de encarnarlos, por si acaso.



P.- ¿Cree que es el autor que más genuinamente ha retratado a las mujeres?

R.- Ha habido muchos autores que las ha retratado con mucha verdad. Basta con asomarse a las mujeres de la tragedia griega, tan potentes. Pero yo no me identifico con ninguno como con Lorca. Me impresiona cómo se acerca a la maternidad, al paso del tiempo, al amor, al sexo...



P.- ¿Intenta hilvanar los pasajes de tal manera que haya alguna ilación narrativa?

R.- Sí, creo que ese orden que expliqué antes, que va desde sus conferencias a su poesía, se sujeta a la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace. Mi gran preocupación era que la gente aguantase interesada en la lectura. Yo sólo tenía la palabra y atrapar la atención del público, ya sabemos, es un objetivo cada vez más complicado de alcanzar: la gente está muy saturada, vive bajo una sobredosis de información, absorbida por los móviles... En este contexto es fundamental volver a lo más sencillo, a las emociones más puras.



P.- ¿Cuánto tiene de interpretación esta lectura?

R.- Está todo dramatizado, sí, sobre todo el teatro. Es un reto cambiar de personaje constantemente, sin más recursos escénicos que un simple atril. Yo intento darles cuerpo y voz a todos ellos. También ha sido un desafío transmitir su poesía, que no es mi hábitat natural. La dificultad de la poesía es que no tienes un interlocutor al que te diriges. De algún modo, lo tienes que construir y no puede parecer un ente abstracto, para que no resulte demasiado frío todo.



P.- De todas esas figuras totémicas de la feminidad lorquiana, ¿a cuál le tiene más ganas? ¿Cuál está deseando encarnar en una puesta en escena?

R.- Gracias a este proyecto, me he quitado un poco la espina con las cinco. La verdad es que siento una atracción muy fuerte, muy terrenal, hacia Yerma, pero hay que esperar un poco todavía. La secuencia apropiada sería la Novia, Yerma, Rosita y Bernarda Alba.



P.- ¿En El público cómo consiguió afianzarse sobre las tablas con un texto tan extremadamente surreal y simbólico?

R.- Mi trabajo en El público quizá haya sido lo más complejo que tenga que hacer en toda mi carrera. La clave fue el proceso de ensayos y estudio, que duró un año. Detrás de esa apariencia surrealista, hay mucho sentido. Pero hay que sentarse a indagar en sus imágenes, ver cómo unas se conectan con las otras... Todo está cargado de significados. También me ayudó que Àlex [Rigola] tuviera tan clara la puesta en escena desde el principio.



P.- En esa presentación de Poeta en Nueva York Lorca comparaba al público con un dragón temible. ¿Usted lo ha visto alguna vez así?

R.- La relación del actor con el público siempre es de peligro. Puede pasar cualquier cosa. Si no les gusta lo que están viendo, pueden marcharse o abuchearte. Pero también puede acabar produciéndose una comunión total en la sala. Lo cierto es que sobre todo es una relación de generosidad mutua. Por eso en esta lectura yo recibo a la gente y la acomodo. Es una manera de decirles que estamos juntos en esto.



P.- El mejor homenaje a Lorca es leerle. Él es nuestro poeta más popular pero ¿cree que la gente joven sigue acercándose a su obra o su 'sacralización' ha creado algunas barreras para que se dé ese acercamiento?

R.- Creo que Lorca sigue generando mucha atracción. Y que hay mucha gente que va al teatro sólo por el hecho de que se represente un texto de Lorca. Su obra es infinita. No se acaban las interpretaciones. De El público ya llevamos 150 funciones y ahora volvemos a la Abadía. Y todavía hay personas que se acercan y nos comentan sus percepciones personales. Es un proceso que no acaba. También hemos hecho representaciones para público muy joven, que seguía la obra en un silencio sepulcral. La verdad es que es un montaje que impacta, que se sale de lo convencional. Y en Santander, cuando estrené Leyendo a Lorca, estaba rodeada por estudiantes universitarios.



P.- Decidió también recordar su muerte infame, cómo lo 'pasearon' al alba y cómo lo remataron a sangre fría. ¿Qué reflexiones le suscita aquella escena?

R.- Me causa mucha tristeza. Su muerte tiene una fuerza simbólica que representa la de otras muchas vidas cercenadas, lo que pudo haber sido y no fue. Me sorprende cómo pudo llegarse a ese punto y compruebo que el odio, en la condición humana, no tiene límites.



P.- Aparte de ese dolor, dice que Lorca le devuelve una profunda fe en la vida...

R.- Sí, porque su palabra me explica muy bien a mí misma y me ayuda a compartir mis sentimientos. Siento que me descubre y me acompaña y me protege. Mi experiencia con su obra es crucial: haciendo Mariana Pineda decidí dedicarme a la interpretación y El público ha sido una experiencia teatral inolvidable.



@albertoojeda77