Pablo Heras-Casado

El director granadino ofrece el concierto inaugural junto a la Orquesta Freixenet en el Auditorio Nacional, con Beethoven, Mozart y Schumann en atriles

La Fundación BBVA, siempre atenta a todo lo que se mueve en la música española, apoya desde hace años algunas de las actividades de la Fundación Albéniz, entre ellas el acto inaugural del curso de la Escuela Reina Sofía, que este jueves 17 correrá a cargo de la Orquesta Freixenet. Será el solicitado, dotado y diligente granadino Pablo Heras-Casado quien se ponga al frente de la bien afinada y lustrosa agrupación.



Ante ella, el joven músico podrá desplegar su armónico juego gestual, de brazos amplios y circulares, de movimientos acompasados y sugerentes, para los que no necesita batuta. Heras-Casado se enfrenta a los pentagramas con la mente limpia, busca el equilibrio, no siempre conseguido, e intenta interiorizar los contenidos con un permanente intento de aquilatación de dinámicas. En un curso expositivo que persigue una claridad no lograda plenamente en todo momento.



Dice Pablo Heras-Casado que cuando trabaja con alumnos de instituciones académicas lo hace "con los mismos criterios de exigencia que con una orquesta profesional". Añade el director granadino, que inicia con esta comparecencia una relación con la escuela madrileña que espera que tenga una continuidad en el futuro, que la formación le ha sorprendido por su nivel, "cercano al estándar internacional". Heras-Casado, muy vinculado a la célebre Julliard School, asegura que el centro fundado y 'capitaneado' por Paloma O'Shea no le tiene nada que envidiar. Más bien lo contrario: "La Juilliard es mucho más grande por lo que los estudiantes no reciben un trato tan personalizado como en la Reina Sofía. Lo digo sin pasión y con objetividad".



En el programa se incluyen partituras muy aptas para el lucimiento, como la obertura de La flauta mágica de Mozart, necesitada de un juego rítmico y una fantasía estimulantes, o el Concierto Emperador de Beethoven, obra diáfana, de un espectacular encaje solista-tutti, de una amplitud desusada para su tiempo y que requiere de un pianista de primer orden. Aquí lo será Enrique Lapaz, muy ligado a la Escuela Reina Sofía y al maestro Bahkirov, laureado en diversos concursos, entre ellos el Iturbi. Según explica Heras-Casado, Lapaz no ha trabajado como un 'solista' sino integrado como uno más de la orquesta. "Eso es una importante lección: debemos transmitir a los jóvenes que la música es un acto de compromiso y generosidad".



El concierto lo remata la procelosa y tan intensamente lírica y cantabile Sinfonía n° 2 de Schumann, en la que el director ha de mantener un difícil equilibrio entre la expresión apasionada del maravilloso Adagio y el brío rítmico de su Finale. Y antes haber acertado con el proceso de apertura de la obra, en busca de esa claridad que estalla en el inmediato Allegro.



El concierto abrirá la actividad docente cuyo, según explica Paloma O'Shea, va más allá del éxito profesional, "porque la música, además de un arte y una fuente de entrenamiento, es una forma de comunicación con gran impacto social. Cuando se concibe y se interpreta con la máxima exigencia artística, consigue que las personas compartan emociones a un nivel muy profundo. Es una comunicación sin palabras que pasa por encima de las barreras del idioma, cultura o visión del mundo".