Tame Impala durante su concierto en La Riviera, Madrid. Foto: D. Álvarez.

"Esos australianos descalzos y guapos que hacen música cool". Así describía Andrew VanWyngarden, el cantante de MGMT, a Tame Impala. Es cierto. Kevin Parker, el frontman de la banda de Perth, iba descalzo el sábado en La Riviera y se atusaba su melena lacia cada 20 segundos entre acorde y acorde. El fenómeno fan y el sibaritismo indie convivían por igual en la sala: decenas de seguidoras -y seguidores- se apretujaban en primera fila y piropeaban con fervor a sus ídolos, sin dejar por ello de paladear cada nota y cada fraseo con juicio melómano. Porque es cierto, Tame Impala hace música cool. La resurrección de la psicodelia, nada menos.



En la música de estos australianos occidentales hay trazas, en distinto grado, de Hendrix, de Pink Floyd; de las melodías de los Beatles, de los giros vocales de Liam Gallagher. Las canciones de Tame Impala son un crisol de todo eso, aunque en la mezcla predomina, con diferencia, lo lisérgico. Efectos que se suman -reverb, flangers infinitos-, motivos que se repiten como un mantra, la voz que planea por encima de las guitarras, de los sutiles sintetizadores... Capas, capas y más capas de sonido expansivo que la sección rítmica mantiene en equilibrio. El combinado no puede ser más evocador -como un vuelo rasante sobre la inmensidad del paisaje australiano- pero por momentos puede llegar a saturar los sentidos si tenemos en cuenta la limitada acústica de la sala de conciertos madrileña y las alucinógenas proyecciones en la pantalla del fondo.



Tame Impala, que pasó hace casi dos meses por el Primavera Sound de Barcelona, tocó casi todo su repertorio, dos magníficos discos: Inner Speaker (2010) y Lonerism (2012), catalogado por la crítica internacional como una de las grandes revelaciones de la década. El primero es más paisajístico -como anuncia su caleidoscópica portada-; el segundo, con un punto de épica, fue el protagonista de la noche, por ser el más reciente. El público -unas 2.000 personas- estuvo entregado y absorto a partes iguales desde que Parker atacó la primera cuerda de su guitarra hasta que se apagó el último eco que recorría la sala, pero sobre todo cuando tocaron Alter Ego, del primer disco, y Elephant, el mayor éxito de su segundo LP, una de esas canciones únicas que nacen con un halo de clásico instantáneo.