Gonzalo de Castro, Emma Suárez, Luis Merlo y Belén López en Deseo

Fiel a la máxima de William Blake de que quien desea pero no actúa cría podredumbre, Miguel Del Arco vuelve a los escenarios como autor y director en 'Deseo', un montaje que estrena hoy el Teatro Cofidís en el que aborda el conflicto entre la racionalidad y el cruel acoso de los impulsos.

Si existe un director que esté en la cresta de la ola escénica ése es Miguel del Arco (Madrid, 1965). Después de llevar a lo más alto a Carmen Machi en Juicio a una zorra en 2010, de homenajear a Gorki y de convertir La Abadía en una playa de Veraneantes (mejor obra de El Cultural de 2011) llevó durante el año pasado a Gógol al Centro Dramático Nacional (El inspector) y a John Steinbeck al Español (con su versión teatral de De ratones y hombres) casi simultáneamente. Nada de lo que plantea Del Arco deja indiferente, ni sus dramaturgias, ni sus opiniones. Se diría que si Nietzsche pensaba con el martillo, Del Arco ejerce su idea de la dramaturgia “a hachazos”.



Toda la expectación recae ahora en Deseo, su nueva obra como autor y director que llega hoy al Teatro Cofidís de Madrid con un elenco integrado por Emma Suárez, Luis Merlo, Gonzalo de Castro (en su nómina ya desde El inspector) y Belén López. La obra, según su creador, contiene las tres acepciones de la RAE del término: aspirar al disfrute de algo, anhelar que acontezca o deje de acontecer algún suceso, y sentir apetencia sexual hacia alguien. “Entre las tres -señala- podría explicarse cualquier vida humana”.



No va mal encaminado porque la historia de Deseo cuenta la vida de una mujer casada de cuarenta años que disfruta con los relatos sexuales de una amiga soltera que ha conocido en el gimnasio. El arrebato de estas fantasías les hace llevar a cabo un experimento con su marido y un amigo durante un fin de semana en una casa de campo... “Tenemos una pareja de larga duración, un hombre recién divorciado y una mujer que nunca ha tenido pareja estable -explica el director y autor-. Por una parte, queremos comunicar que nuestra forma de vida es la mejor, todos tendemos a autoafirmarnos, y por otra a envidiar la vida de los demás. Esa pugna es la que se desata en Deseo durante un fin de semana en el que los personajes se contagian sus pulsaciones”.



Del Arco confiesa que “ha rezado mucho a Shakespeare y a Bergman” para alcanzar la fórmula que le permita expresar la ecuación del deseo, un impulso cuyo motor no tiene límites: “Eso lo sabe muy bien la tradición teatral. Shakespeare acudió a los filtros mágicos para contar esta especie de brote psicótico al que nos pueden someter nuestros instintos más primarios. Nosotros hemos preferido plantearlos a pelo. No es tan poético, por supuesto. Es incluso humillante pensar que tantas aspiraciones confusas, tantas emociones tienen una explicación fisiológica”, explica Del Arco, para quien escribir el texto no cambia sustancialmente la forma de abordar el montaje: “Seguramente tengo que vencer unos cuantos pudores más pero forma parte del juego”.



El sufrimiento según Yourcernar

Deseos, impulsos, racionalidad... Del Arco traza un paisaje de emociones contenidas que se buscan a través de las palabras y de los actos. “Me interesaba escarbar en los deseos latentes. Incluso aquellos que creemos haber superado o tener bajo control. Vivimos acosados por impulsos que nos alejan de la racionalidad. Pero, ¿qué es la racionalidad si no nuestra capacidad para pensar e imaginar? Podemos jugar a conformarnos pero la maquinaria del deseo sigue funcionando más allá de nuestras decisiones. Esa insuficiencia, como decía Marguerite Yourcernar, es igual que esté en la vida o sólo en nosotros porque nos hace sufrir igual”.



Y es que Del Arco se ha dejado llevar por el fuerte magnetismo de la autora de Memorias de Adriano para plantear la tensión entre las necesidades del cuerpo y el soplo del espíritu. “Quizá -escribe Yourcernar-, lo que haga la voluptuosidad tan terrible sea que nos enseña que tenemos un cuerpo. Antes, sólo nos servía para vivir. Después, sentimos que aquel cuerpo tiene su existencia particular, sus sueños, su voluntad y que, hasta la muerte, tendremos que contar con él, cederle, transigir o luchar”.



Para expresar esta “voluptuosidad”, Deseo cuenta con unos actores que, pese a estar consagrados por un largo historial en los escenarios, todos, según su director, empiezan de nuevo: “Los cuatro saben que la ‘consagración' en esta profesión no existe. Son conocidos por la calidad de sus trabajos anteriores, lo que puede ayudar a que la expectación sea aún mayor pero al estrenar un nuevo montaje la cuenta se pone a cero”.