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La atención mediática internacional se está dirigiendo estas últimas semanas hacia unas latitudes muy poco habituales. Groenlandia y, por extensión, el Océano Ártico están siendo uno de los temas centrales de confrontación geopolítica debido al renovado interés de Donald Trump por que la isla pase a ser gobernada por los Estados Unidos.

Una situación que ya auguró hace cuatro años la ficción. La cuarta entrega de Borgen, la serie de Netflix que sigue los pasos de la líder del Partido Moderado Birgitte Nyborg y retrata los patios traseros de la política danesa, sitúa el centro de la acción en suelo groenlandés.

Con Nyborg ocupando la cartera del Ministerio de Exteriores, el descubrimiento de un yacimiento petrolífero en la isla del que se prevé obtener un beneficio de dos billones de coronas (unos 268 mil millones de euros) es el germen de un nuevo conflicto diplomático.

Primero serán Copenhague y Groenlandia los actores de un tira y afloja en el que la independencia económica y soberana de la isla es el principal asunto sobre la mesa. Sin embargo, la disputa pronto traspasará la escala exclusivamente nacional con la intromisión de las mayores potencias globales —EE.UU., Rusia y China—, que compiten entre sí por una mayor influencia en el Ártico.

Ambas dimensiones —la nacional y la internacional— están interconectadas, tanto dentro como fuera de la ficción. Y es que esta serie coproducida por Netflix y la televisión pública danesa sirve al espectador como introducción fidedigna a los distintos factores que condicionan una realidad tan compleja y remota como la del Ártico.

Territorio danés desde hace tres siglos, Groenlandia y los inuit, la población nativa groenlandesa, llevan décadas reclamando la independencia efectiva. Ello se ha traducido en una creciente autonomía, con la obtención de competencias en asuntos tan importantes como la explotación de recursos naturales.

Pese a ello, todavía dependen de Europa Continental en ámbitos tan importantes como la financiación. Con una economía precaria basada principalmente en la pesca, el territorio recibe una subvención anual por parte de Dinamarca de 3.900 millones de coronas danesas, lo que supone más del 50 % del presupuesto público de Groenlandia y un 20 % de su PIB.

Estas "ayudas" venidas desde Copenhague se han visto en los últimos tiempos como una forma de cronificar la dependencia del territorio con el continente, en tanto que uno de los principales argumentos en contra de la autodeterminación groenlandesa es que el territorio no podría sobrevivir sin esta clase de financiación.

No obstante, el hallazgo de petróleo en la costa oeste de Groenlandia en Borgen es visto por parte del gobierno local como una oportunidad de oro para lograr al fin la emancipación total. Ello choca con las políticas verdes del gobierno danés, que rechaza en un primer momento la posibilidad de que se siga esta vía gracias a la explotación de hidrocarburos.

Es este un primer acto en el que se ilustra las fricciones que han existido entre la isla y Dinamarca desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Las políticas de descolonización, en boga en aquellos años, animaron a los pueblos inuit a reclamar sus derechos sobre el territorio que habitaban y habitan.

Ello coincidió, sin embargo, con el hecho de que la contienda había sacado a relucir por primera vez la importancia del Ártico en el plano geopolítico, cuando Alemania desarrolló varias operaciones navales en la zona. Su posición privilegiada como lugar de paso entre el Atlántico y la costa ártica rusa lo convirtió además en un territorio de enorme valor estratégico durante la Guerra Fría.

Con ello, Dinamarca logró un papel protagonista en la geopolítica de la región que lo situó como uno de los principales aliados de Estados Unidos y que de ningún modo hubiera logrado sin el dominio de Groenlandia. Esta es una de las razones por las que Copenhague mantiene todavía a día de hoy las competencias en los ámbitos de defensa y política exterior. Otra es la incapacidad, según Dinamarca, de defender un territorio tan vasto con una población local que apenas sobrepasa las 50.000 personas.

De ahí que en la cuarta entrega de Borgen salten todas las alarmas en el Ministerio de Exteriores danés cuando sale a la luz que el principal accionista de la empresa canadiense responsable de las prospecciones petrolíferas es un oligarca ruso estrechamente vinculado con el Kremlin. Un descubrimiento que, sin embargo, no inquieta demasiado a la embajada estadounidense en suelo danés, que se limita a "estudiar las intenciones rusas en la zona".

Una escena de la nueva temporada de 'Borgen'

Es en el momento en el que se revela que el accionariado de la empresa ha pasado a manos de un fondo chino cuando Washington se pone en pie de guerra. La extracción de petróleo en la costa groenlandesa supone la construcción de un puerto financiado y controlado por China, lo que implicaría en última instancia la presencia del gigante asiático en el Ártico. Estados Unidos, en plena guerra comercial con Pekín, no puede permitir tal nivel de influencia de su rival en una región que año a año gana relevancia.

Una presencia, la china en el Ártico, que realmente está en pleno crecimiento y que es uno de los motivos que ha llevado a la administración Trump a reclamar la soberanía de Groenlandia. En su libro blanco sobre el Ártico de 2018, China se autodenomina "Estado cercano al Ártico" y afirma que por ese mismo motivo tiene una serie de intereses en la zona que tiene intención de defender. Un argumento que asimismo esgrime en la serie el embajador del país en Copenhage.

El de "Estado cercano al Ártico" es un estatus que corresponde oficialmente a toda aquellas naciones que están más cerca del polo norte que del ecuador. Dicha condición permite participar como observadores a varios países, entre ellos China y España, en el Consejo Ártico, un foro intergubernamental que discute asuntos a los que se enfrentan los gobiernos árticos.

Cada Estado soberano tiene la responsabilidad de representar a sus territorios árticos en este foro. Así lo hace Estados Unidos con Alaska y así también ocurre con Dinamarca y Groenlandia. En Borgen, el representante independentista de la coalición que gobierna la isla defiende que la cuestión de la extracción del petróleo debería negociarlo Groenlandia en el Consejo sin la asistencia de Copenhague. "Formamos parte del Ártico, Dinamarca no".

Volviendo al libro blanco chino, la potencia asiática señala en este documento que sus intereses en la región están relacionados con "la investigación científica, el espacio aéreo, la pesca, el emplazamiento de oleoductos y cables submarinos y la navegación".

Este último asunto, el de la navegación, es de especial relevancia en la actualidad. El calentamiento global ha provocado que zonas del Ártico antes imposibles de atravesar debido a las banquisas que bloqueaban el camino ahora sean transitables. Con ello, el paso del noreste, que recorre desde Europa la costa siberiana hasta cruzar el estrecho de Bering, se ha convertido en una ruta con un potencial inigualable.

Sobre todo para China. El 13 de octubre del pasado año, un buque portacontenedores chino completó la travesía de China a Inglaterra en 20 días. Lo hizo atravesando el paso del noreste sin necesidad de barcos rompehielos. Al final, esto significa la reducción del viaje a la mitad en comparación con el trayecto habitual, a través del Mediterráneo, el canal de Suez y el Índico. Es el principio de lo que se ha bautizado como ruta polar de la seda.

Un hito que está muy lejos de gustar en la administración Trump, que ha hecho de la guerra comercial con China una de sus principales consignas. También lo vemos reflejado en la ficción de Netflix. Desde Washington presionan a los daneses para no permitir que aumente la presencia de infraestructuras chinas. Los chinos, por su parte, tratan de negociar la construcción de un puerto cerca de la zona de extracción que, además de a los buques petrolíferos, también permita atracar a otros navíos comerciales con bandera china.

En la ficción y en la realidad, los intereses tanto de Dinamarca como de los habitantes de Groenlandia pasan a un segundo plano. Y lo saben bien: no es casualidad que recientemente Jens-Frederik Nielsen, Primer Ministro groenlandés, haya declarado que el territorio "prefiere Dinamarca, la Unión Europea y la OTAN". Con las orejas de más de un lobo asomando, mejor dejar las rencillas de siempre para otro día.