El biopic sobre las grandes estrellas de la música es un género recurrente en Hollywood. Suele ser fácilmente oscarizable, principalmente en las categorías interpretativas si el actor o la actriz elegido consigue mimetizarse con el personaje, pero narrativamente son escasos los ejemplos de filmes realmente memorables (suelen limitarse a ser un greatest hits de los momentos más conocidos de esta u otra biografía), y abundantes los ejercicios baldíos de blanqueamiento y manipulación del pasado. Siempre hay sanas excepciones, como por ejemplo la reciente Blaze (2018), en la que Ethan Hawke lograba retratar el alma del cantante de country Blaze Foley con grandes dosis de sensibilidad, o la monumental I’m not There (2007), el ambiguo acercamiento de Todd Haynes a la figura de Bob Dylan. Lamentablemente, Los Estados Unidos contra Billie Holiday no se encuentra en ese selecto grupo de filmes a destacar.

“Cuando piensas en los cabecillas del movimiento por los derechos civiles, piensas en Rosa Parks, o en Martin Luther King, o, si quieres ponerte un poco atrevido, en Malcolm X. Pero la verdad es que no se te ocurriría pensar en Billie Holiday”, sugería en una entrevista el director Lee Daniels. “La ves más bien como una cantante, una artista de jazz, una drogadicta”. Sin embargo, el filme presenta a Billie Holiday como una pionera de la lucha racial en Estados Unidos por su negativa a dejar de cantar Strange Fruit, su himno en contra de los linchamientos de negros. Esto no le sienta nada bien al gobierno de Estados Unidos, que empieza a confabular para destrozar su carrera, sin importarle las consecuencias. Al mando de la operación, el jefe de la Oficina Federal de Estupefacientes, Herry Anslinger (Garrett Hendlund), y, como brazo ejecutor, el agente Jimmy Fletcher (Trevante Rhodes), un hombre negro cuya misión será infiltrarse en el circulo íntimo de la cantante y acabar con ella recurriendo a todo tipo de artimañas.

El principal problema del filme no es que la historia de amor entre Billie Holiday y Jimmy Fletcher se eleve a categoría de hecho trascendental, cuando en realidad siempre se ha considerado que el agente federal fue una figura menor en su vida, sino que realmente la relación se siente completamente impostada en pantalla. Además, muchas de las situaciones en las que se ve inmerso Fletcher resultan de lo más inverosímiles. Tampoco ayuda que las estrecheces de producción sean bastante notorias, como demuestra el exceso de escenas rodadas en interiores, o que los innecesarios 130 minutos de metraje estén recorridos de un tono melodramático más propio de un filme televisivo de sobremesa

A pesar de sus carencias y errores, Lee Daniels consigue que el barco no se hunda apoyándose en la convincente actuación de Andra Day, que ya recibió el Globo de Oro por su encarnación de Lady Day y que parte con bastantes opciones de cara a los Óscar (aunque lo merezca Frances McDormand por Nomadland). En su primer papel en el cine, la estrella del r&b norteamericana consigue captar la maneras de hablar y moverse de Billie Holliday y es capaz de transmitir al espectador todas las contradicciones del personaje, desde su fortaleza para mantenerse firme ante el gobierno como su fragilidad emocional y su tendencia a la autodestrucción. Y, aunque al director parece interesarle más la drogadicción de la cantante que su talento interpretativo, quizá sean las escenas en las que vemos subida a Holliday sobre el escenario las más sugerentes y atractivas de todo el filme.

En definitiva, otro biopic a incluir en una larga lista de decepciones que confirma la pérdida de la frescura del Lee Daniels de Precious (2009) y su inserción definitiva en la solemnidad más forzada y aburrida. 

@JavierYusteTosi