Image: Dylan y sus máscaras

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Cine

Dylan y sus máscaras

Whishaw, Bale o Gere deconstruyen en I'm Not There los rostros de Robert Zimmerman

19 febrero, 2010 01:00

Cate Blanchett como Dylan en I'm Not There

Llega, por fin, a las pantallas españolas I'm Not There, filme de Todd Haynes en el que retrata a Bob Dylan a través de diversos actores. Buen pretexto para recorrer las películas que consiguieron crear el mito.

En su papel de Alias para Pat Garret & Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1973), Bob Dylan destila en su primera y casi única línea de diálogo la sustancia de su leyenda. "¿Cómo te llamas?", le pregunta Pat Garret (James Coburn). "Ésa es una buena pregunta", contesta Alias/Dylan. La elusiva identidad dylaniana ha sido la gran pesquisa de todo aquel que se ha enfrentado a la comprensión de su obra.

Sobre esa identidad fragmentada se estructura I'm Not There, la milagrosa película de Todd Haynes en torno a las muchas vidas y rostros de Robert Zimmerman. Bien como el discípulo de Woody Guthrie (M.C. Franklin) o el espíritu reencarnado de Rimbaud (Ben Whishaw), el profeta social o el predicador (Christian Bale), el outlaw solitario (Richard Gere), el marido imposible (Heath Ledger) o la estrella mediática (Cate Blanchett), la identidad inaprensible del artista es el gran tema dylaniano y el núcleo del filme de Haynes. El objetivo del autor de Lejos del cielo no pasa por simplificar esa complejidad y glosar la vida y milagros del "hombre detrás de su música", sino por conferirle la forma de un fascinante criptograma audiovisual.

En la forja de la justificada leyenda que rodea a Dylan, ha tenido tanta relevancia su obra como la imagen que de sí mismo ha proyectado. D. A. Pennebaker y su 16 mm siguieron a Dylan durante la gira británica en 1965 no tanto por la música como por la presencia mercurial que emanaba de aquel inquieto y confiado poeta. Dont Look Back es hoy pasto de libros de historiografía cinematográfica, el más influyente retrato fílmico del joven artista, etc. Dylan se lanzó poco después a su primera tentativa tras la cámara con Eat The Document (1966), su incontenible respuesta a la carta blanca que le dio la ABC para grabar y editar su gira europea de 1966. "Si quieren la verdad, la tendrán", pensó Dylan, y el filme arranca con él esnifando cocaína. Como si fuera el positivado en color de Dont Look Back, el filme se abisma en un torrente de instantes de la gira mediante un montaje tan convulso como el período que retrata, cuya pulsión abstracta se ha ganado un lugar en la tradición del cine experimental norteamericano. La traducción en imágenes de su visión musical quedará sin embargo perfectamente ilustrada en la monumental Renaldo y Clara (1978).

Rodada durante la gira Rolling Thunder Review, la película se debate entre la ficción improvisada y el documental más descarnado, con un Dylan incorporado por Ronnie Hawkins mientras él mismo confronta a su mujer Sara y a su amante Joan Baez frente a la cámara. "Esto se está convirtiendo o bien en el peor melodrama del mundo o en la mejor confesión cara a cara que se ha filmado nunca", escribió Sam Shepard en su diario de aquel filme, al que fue invitado como guionista. Tan excesiva y circense como fascinante y honesta, el montaje inicial de cuatro horas de Renaldo y Clara, un absoluto fracaso comercial que Dylan retiró de la circulación, ha adquirido tintes de culto cinematográfico que, junto a Eat the Document, se cuenta entre las rarezas fílmicas más preciadas del universo del rock.

Cuesta pensar que el mismo artista que puso música y rostro al western más lírico de Sam Peckinpah también lo hiciera quince años después en Hearts of Fire (Richard Marquand, 1987), un sonrojante producto de los ochenta cuyo interés hoy día puede despertarlo el juego de espejos que propone Dylan al ponerse en los zapatos de una estrella del rock retirada que se ve a sí mismo en el famoso concierto de Bangladesh.

Dylan también incorporaría a una vieja gloria musical en la inclasificable Anónimos (2003), una subestimada excentricidad escrita por el propio músico junto a Larry Charles. Entre los muchos placeres que depara este filme, un envejecido Dylan se retrató a sí mismo como una estatua silente ante las preguntas del agresivo periodista Jeff Bridges. A pesar de su cultivado misticismo, Martin Scorsese, que ya le filmó en la imprescindible El último vals (1978), logró arrancarle algo más de cuatro palabras para el canónico documental No Direction Home: Bob Dylan (2003), donde Dylan se presta a rememorar los explosivos inicios de su carrera. Pero sus respuestas y relatos, una vez más, iban más encaminadas a imprimir la leyenda que a desactivarla.