El regreso de los estrenos a las salas tras la crisis sanitaria ofrece al espectador como principal incentivo la oportunidad de asomarse por partida doble al cine islandés. A pesar de que su número de habitantes es similar al de la ciudad de Bilbao, esta isla remota del Atlántico puede presumir de una cinematografía de gran calidad y llena de propuestas estimulantes.

Muy vinculado a la Escuela de Dinamarca, el cine islandés despegó en los 80 –principalmente, a través de la coproducción– con directores como Ágúst Gudmundsson, Hrafn Gunnlaugsson o Fridrik Thor Fridriksson, quién logró la primera y única nominación al Óscar para Islandia con Hijos de la naturaleza en 1991. Estos directores ya establecieron en aquella época las señas de identidad de un cine visualmente arrebatador que encuentra en la virginal majestuosidad del paisaje la perfecta plasmación del alma de unos personajes solitarios y taciturnos. No en vano, se trata del territorio con menor densidad de población de Europa.

Hoy, una nueva generación de cineastas ha sabido imprimir un impulso de modernidad, logrando por el camino conquistar importantes galardones en algunos de los festivales más importantes del mundo. Es el caso de Rúnar Rúnarsson, que alzó la Concha de Oro de San Sebastián en 2015 con Gorriones, o de Grimur Hákonarson, que ese mismo año se impuso con Rams (El valle de los carneros) en la sección Un certain regard del Festival de Cannes y en la Seminci de Valladolid.

Dagur Kári, un fijo en la sección oficial del festival de Gijón; Benedikt Erlingsson, que estrenó en nuestro país el año pasado la fantástica La mujer de la montaña, o Guðmundur Arnar Guðmundsson, que con Heartstone firmaba uno de los relatos LGTBI más interesantes de los últimos tiempos, completan la nómina de directores a seguir la pista. Sin olvidar a Baltasar Kormákur, que con un cine más comercial ha logrado dar el salto a Hollywood, o al fallecido compositor Jóhann Jóhannsson, que dejó su personal impronta en el mundo de las bandas sonoras gracias a su trabajo con Denis Villenueve, y a filmes como La teoría del todo (JamesMarsh, 2014) o Mother! (Darren Aronofsky, 2017).

Las propuestas que la distribución española ha querido que coincidan este viernes en la cartelera son la nueva película de Grimur Hákornason, Oro blanco, y el segundo filme de Hlynur Palmason, Un blanco, blanco día, galardonada recientemente en el D’A Film Festival con el premio Talents. Curiosamente, son dos filmes que guardan no pocas similitudes, más allá de la pigmentación explícita del título, ya que nos encontramos ante dos dramas que juguetean con el thriller en el que sendos accidentes de tráfico mortales sirven como motor narrativo, revelando a los protagonistas la vida oculta del ser querido que acaban de perder.

Jugando con el thriller

Oro Blanco se inserta en la línea del cine social de Ken Loach o los Dardenne y pinta una panorámica de la vida rural islandesa en una comunidad en la que la cooperativa local impone su abusiva voluntad con tácticas mafiosas. La muerte de su marido en un extraño accidente de tráfico provocará que Inga (inspirada Arndís Hrönn Egilsdóttir), propietaria de una granja de ganado vacuno, tome conciencia de la situación y se rebele aún a riesgo de perderlo todo. Es un filme emocionante y sencillo, que se explaya a la hora de pintar escenas naturalistas, en el que hay cabida para un humor afilado e inesperado y cuyo mensaje inconformista es extrapolable a cualquier lugar del mundo.

'Oro blanco'

Por su parte, Un blanco, blanco día podría enmarcarse dentro de los límites del thriller de venganza, más seco y violento que el filme de Hákornason. Aquí asistimos al proceso de degradación psicológica de Ingimundur (soberbio y entregado Ingvar Eggert Sigurðsson), un jefe de policía retirado que vive atormentado por la muerte de su esposa y por la sospecha de que le pudo ser infiel. Ingimundur es un hombre complejo, capaz de mostrar una gran ternura en los momentos que comparte con su nieta y también una inquietante frialdad en su relación con el resto de personas. Sin embargo, Palmason nos transmite a través del enervante score y de varias secuencias –como la de una roca cayendo por una ladera– cómo el dolor y la culpa corroen las entrañas de un hombre al que solo, sospechamos, le queda estallar.

Tanto Palmason como Hákonarson logran reflejar la vida interior de sus personajes a través de la fotografía, en la manera en que se deleitan con las panorámicas del paisaje o en la forma en la que capturan la variación del clima. Ambos trabajos son impecables desde un punto de vista estético. Pero las coincidencias no acaban ahí, pues ambos filmes revelan el machismo intrínseco que todavía reina en el ámbito rural, donde los hombres siguen dominando las posiciones de poder y donde la masculinidad puede virar hacia la peor de sus versiones. Incluso, los dos directores deciden introducir una coda final a la historia en la que los protagonistas alcanzan la catarsis gracias a una canción.

Sin embargo, mientras Hákornason acaba plegándose a un desarrollo algo convencional que lastra el último tercio del filme, Palmason muestra un impecable manejo de la tensión y una batería de ideas narrativas y de montaje que elevan la calidad de su propuesta por encima de la de su compatriota.

@JavierYusteTosi