Sería sencillo calificar Domino, la última película de Brian De Palma (Newark, 1940), como un absoluto desastre. La crítica internacional, desde su estreno norteamericano en mayo de 2019, no ha parado de atizarle, como si en vez de una película nos encontráramos ante un saco de boxeo. Por poner un par de ejemplos, el crítico de Variety Owen Gleiberman escribía que era como ver al director “tratando de encender fuegos artificiales utilizando cerillas gastadas” y el prescriptor de The New Yorker Richard Brody hablaba de “personajes de usar y tirar” y de escenas de acción “repulsivas y gratuitas”.

Pese a todo, De Palma sigue siendo De Palma y, por muchos problemas y defectos que queramos destacar, es siempre capaz de aportar un toque de distinción. Y en este thriller sobre terrorismo internacional se vuelve a reivindicar como uno de esos viejos rockeros del cine –como Scorsese, Schrader, Ferrara o Malick– que, lejos de haberse apoltronado con el paso de los años, sigue demostrando una vitalidad, un riesgo y una heterodoxia de la que carecen muchos de los que empiezan.

Quizá haya que reparar en las circunstancias que rodearon la producción para entender por qué esta película resulta en conjunto tan insatisfactoria. El propio De Palma, en una entrevista para la publicación francesa Le point pop en el ya lejano junio de 2018 (el filme se rodó en 2017), parecía querer pasar página cuanto antes de un proyecto que solo le había provocado quebraderos de cabeza. “Tuve todos los problemas del mundo para financiarla”, explicaba. “Nunca he tenido una experiencia tan horrible. Buena parte del equipo todavía no ha cobrado y aunque la película está terminada y lista para ser lanzada no tengo ni idea de que le deparará el futuro. Lo que sí sé es que va a ser seguro mi primera y última experiencia en Dinamarca”.

La peor experiencia

Que De Palma califique Domino como su peor experiencia es bastante significativo, pues estamos ante un director que ha tenido problemas de todo tipo a lo largo de su carrera, desde despidos fulminantes a inesperados batacazos en taquilla, críticas por sexismo, duros enfrentamientos con actores en rodajes… El más díscolo representante del Nuevo Hollywood, discípulo aventajado de Hitchcock, retratista consumado del voyeurismo, defensor de la pantalla partida y maestro de la stadycam, nunca pudo, supo o quiso renunciar a su visión frente a las imposiciones de las majors o los gustos del público. Y eso, en un ecosistema como el de la industria del cine estadounidense, pasa factura.

En cualquier caso, tras el accidentado rodaje de Misión a Marte (2000) –una superproducción de 100 millones de dólares que resultó agotadora y frustrante para el director–, De Palma decidió cambiar de aires para convertirse en una especie de maverick del cine de hollywood exiliado en Europa, desde donde ha escrito y dirigido filmes como Femme Fatale (2002), Redacted (2007) o Passion (2013). “El sistema de Hollywood en el que trabajamos no hace más que destruirnos, no tiene nada bueno en cuanto creatividad”, explicaba el director en el documental De Palma (2015), dirigido por Noah Baumbach y Jake Paltrow. “Peleamos contra un sistema muy perverso, cuyos valores son lo contrario de lo que se supone que es la creación de películas buenas y originales”.

Domino no es un proyecto tan personal como los que venía realizando De Palma, sino de encargo. El guion del filme, firmado por Petter Skavlan, quiere ser una especie de vuelta de tuerca al thriller hitchcockniano en el que un hombre normal se ve involucrado por cuestión del azar en una trama que le supera. Aquí sería Christian –interpretado por Nikolaj Coster-Waldau, el Jaime Lannister de Juego de Tronos–, un policía de Copenhague que, tras dejar escapar a un hombre sospechoso de asesinato (Eriq Ebouaney) que hiere gravemente a su compañero, se zambulle en el complejo mundo del terrorismo internacional. Christian se ve obligado a colaborar con otra policía (Carice van Houten, vista también en Juego de Tronos) para aclarar lo ocurrido en una investigación que poco a poco conduce al líder del ISIS Salah Al Din y que los lleva hasta la costa de Almería. Mientras, un oscuro agente de la CIA (Guy Pearce) parece tener su propia agenda.

Los problemas de la película son fácilmente detectables: un guion algo infantil que no sabe sacar partido a todo lo que maneja (espionaje, venganza, romance ocultos, nuevas tecnologías…), un montaje en su parte central abrupto y desconcertante y unos protagonistas sosos, incapaces de transmitir ninguna emoción (mucho mejor la desenfadada actuación de Pearce y la contundencia de Ebouaney). Sin embargo, como decíamos, es imposible no percibir en el filme el sello del director, que consigue tres secuencias de acción que son puro cine, mucho más que lo que suele aportar cualquier otro thriller hollywodense hecho con el único objetivo de ganar dinero.

De los tejados a los toros

Hablamos de ese arranque con la persecución en los tejados que nos retrotrae directamente a Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), de la escena del ataque terrorista en la que el líder de ISIS maneja desde la distancia la operación, cual director de cine, y de la secuencia final.

Ese clímax ambientado en una plaza de toros de Almería es tan extraño en su composición y en el uso de la música, tan diferente del canon actual del acelerado cine comercial y, al mismo tiempo, tan típico de De Palma que resulta del todo disfrutable si el espectador se deja llevar. En esta escena, en la que destaca el trabajo de José Luis Alcaine en la fotografía –en su segunda colaboración con el director tras Passion– y el del compositor Pino Donaggio, el cineasta demuestra a sus fieles que todavía hay esperanza.

En definitiva, Domino no es Misión imposible (1996) pero, conociendo todos los problemas que atravesó la producción y viendo que aún así De Palma consigue entregar algo digno y en ocasiones brillante, quizá podamos pensar que sea su próximo proyecto el que nos otorgue el colofón definitivo a una trayectoria de cine memorable e irrepetible.

@JavierYusteTosi