Richard Billingham (Birmingham, 1970) es un fotógrafo británico que alcanzó la fama a finales de los años 90, cuando la nueva ola de arte británico promocionada por el mecenas Charles Saatchi se convirtió en un fenómeno mundial. Un arte rompedor protagonizado por artistas como Damien Hirst y sus tiburones disecados o Tracey Emin y su exhibición sin rubor de la intimidad más descarnada. En el caso de Billingham, como el de Emin y su habitación cochambrosa como obra de arte, convierte su propia autobiografía al margen en la materia prima de su trabajo. La diferencia es que Billingham no busca la sordidez con un modelo de vida "escandaloso" que se presenta como una alternativa y una protesta a la normalidad, como en el caso de muchos artistas de esa nueva ola, sino que su propia infancia y adolescencia en un suburbio depauperado de Birmingham le da inspiración más que suficiente para hurgar en los aspectos más sórdidos del ser humano.

Autobiografía de sus primeros años, lo que vemos en Ray y Liz es lo mismo que mostró al mundo con sus exitosas fotografías de finales de los 90 aunque con actores interpretando los personajes de sus catastróficos padres, su alcohólico y depresivo abuelo (un personaje conmovedor que filma con el máximo respeto y afecto en su destrucción personal) y un entorno social igualmente destruido. Una familia que malvive en los años más duros del thatcherismo, cuando se desmanteló parte de la industria y se rebajaron al mínimo las prestaciones sociales a base de recoger colillas en las estaciones de tren y alcohol barato. Un panorama devastado por la ignorancia, la pobreza y el alcoholismo en el que el propio artista y su hermano mayor deben aprender a sobrevivir. Todo esto lo cuenta el fotógrafo y cineasta en una película hermosa y terrible en la que no se recrea en la pobreza sino que esta se convierte en un contexto silencioso que lo impregna y lo destruye todo. Son personajes hundidos por la vida que se han acostumbrado a malvivir con lo justo para pagar vicios destructivos que los mantienen en un estado de permanente desolación.

Ambientada a finales de los años 70 y principios de los 80, la cámara del director, con una fotografía con grano, logra reconstruir la época con enormes dosis de realismo y poesía. A través de la mirada infantil de ese niño sensible y víctima de un entorno depauperado, Billingham logra tanto transmitir la tragedia de esos barrios obreros  como la fascinación por el mundo de los primeros años. Hermosa y contemplativa, atenta a los detalles y los fetiches (el radiocasete, la grabadora…), Ray y Liz logra ser al mismo tiempo un desolador testimonio de un drama social como una hermosísima película sobre el descubrimiento del misterio de la vida en la infancia.

@juansarda