Era de esperar. Después de conquistar por igual al público y a la práctica totalidad de la crítica en nuestro país, el pase de Dolor y gloria se saldó con una gran ovación, de las largas, en el Grand Théâtre Lumière, de Cannes, un termómetro que le augura muchos éxitos allende nuestras fronteras, y particularmente en Francia, donde la prensa está volcada y doblará, muy probablemente, su recaudación española, como ya ha ocurrido en el pasado. El viernes estuvimos con Pedro Almodóvar, Antonio Banderas y Penélope Cruz, y se les veía muy tranquilos. Aunque los dos últimos confesaron que en el entorno almodovariano la Palma de Oro ni se mencionaba. Nervios soterrados de lo más comprensibles, porque todavía quedan muchas películas por ver, y nadie puede saber a qué consenso llegará el Jurado el próximo sábado, ya que, como decimos siempre, no hay dos espectadores iguales, y tampoco es fácil que nueve se pongan de acuerdo.

Mientras tanto, además de los títulos ya comentados, la Sección Oficial ha desplegado títulos notables, como Atlantique, de Mati Diop, primera mujer de origen africano que compite por la Palma de Oro, y que asocia con sutileza el drama de las pateras con fantasmagóricas tradiciones de Senegal; Little Joe, de la austríaca Jessica Hausner, una clínica revisitación de La invasión de los ladrones de cuerpos en clave botánica; Le lac aux oies sauvages, del chino Diao Yinan, que supera su anterior noir Black Coal, o La gomera, del rumano Corneliu Porumboiu, un thriller muy de cómic que se rodó en la perla de las Canarias, con la participación de Agustí Villaronga ejerciendo de villano. A Hidden Life, de Terrence Malick, que ganó la Palma de Oro en 2011 con El árbol de la vida, ha sido la última en incorporarse a la lista. Pese a que Malick hace tiempo que no genera la unanimidad cinéfila de antaño (precisamente desde que ganó la Palma de Oro), se esperaba mucho de ella. Pero, el pase de tres horas en la sala Debussy ha provocado una decepción proporcional a la duración del filme. Se han visto películas mucho mejores en las secciones paralelas, de las cuales ofrecemos una significativa muestra de tres títulos.

A Hidden Life, de Terrence Malick: hagiografía en la Austria nazi

August Diehl ya fue Hans, un opositor de la Alemania nazi en Mayo de 1940, drama histórico clasicón, aunque no por ello desdeñable, de Christian Carion. Entonces huía con su hijo a través de una Francia que estaba siendo invadida por sus beligerantes compatriotas. Aquí es Franz, un granjero austríaco, que vive intensamente feliz junto a su mujer e hijas, en medio de una grandiosa naturaleza alpina que, como siempre en el cine de Malick, es ensalzada con planos de una majestuosidad impresionante (con música de James Newton Howard orquestada en la misma dirección), aunque aquí los paisajes le han salido de perfectos salvapantallas. Todo se va al traste cuando le llaman a filas de Wermacht. Y, en vez de huir como lo haría Hanz, para no perjudicar a su familia, acaba vistiendo el uniforme alemán. Pero esta guerra no va con él, y termina por tener la infeliz idea de negarse a alzar el brazo, posición en la que se mantendrá hasta las últimas consecuencias. Basado en la historia real de Franz Jägerstätter.

Malick siempre ha tenido una vena religiosa, la mística es parte esencial de su cine, pero aquí ha perdido la cabeza con una hagiografía en toda regla, un poco lectura previa para la primera comunión. Un biopic absurdamente convencional como nunca antes se había visto en su filmografía, exceptuando Malas tierras, con resultados diametralmente opuestos. Esto es pura y llanamente la vida de un santo. Y eso que la resistencia alemana, y austríaca, ya sea activa o moral, está repleta de historias apasionantes, desde el historiador Joachim Fest, y su autobiografía de significativo título (Yo no), al seminal LTI, del filólogo Victor Klemperer, por citar al azar. Pero a Malick, también autor del guion, no le interesa el huevo de la serpiente, por otra parte tantas veces contado. El mal irrumpe sin más en aquel paisaje bucólico. Y sólo parece interesado en la determinación de un hombre de fe empeñado en hacer, o más bien en no hacer, lo que él considera correcto, aún a cuesta de erigirse en mártir, y quedar para siempre desligado de su amada familia. Los principios por encima de todo, incluso de la vida misma. Hasta algún oficial nazi, que pretende hacerle entrar en razón, parece preocupado por la cuestión, y da angustiadas vueltas por su despacho. Pero en realidad se trata de un problema filosófico somero -la vida por encima de los principios, o los principios por encima de la vida-, para una película de tres horas que pide mucha paciencia, y ofrece muy poco a cambio. Distó muchísimo de llenarnos de honda satisfacción, más cuando este cronista, en un alarde de sentido del deber digno de un santo, dejó plantada a la mismísima Charlotte Gainsbourg para verla, disparando el disgusto por el filme a cuotas estratosféricas. No hay dos espectadores iguales, tampoco sus circunstancias.

Liberté, de Albert Serra: Cruising en un bosque del Siglo XVIII

El genio de Banyoles debe de tener controlado un buen almacén de ropajes dieciochescos, pues lleva ya tres películas seguidas ambientadas en esa época. Después de Historia de la meva mort (2013), en donde el poeta Vicenç Altaió dio vida (y muerte) a Giacomo Casanova (1795-1798), y La muerte de Louis XIV(2016), sobre el Rey Sol, que se apagó en 1715, llega Liberté, que ya fue obra teatral, dirigida por el propio Serra en Volksbühne de Berlín, e incómoda instalación en el Reina Sofía de Madrid. Sea como fuere, la idea que propone Liberté no puede ser más audaz, arriesgada y performativa: una serie de encuentros sexuales, de naturaleza muy variada (latigazos, lluvias doradas, besos negros…), que se desarrollan a lo largo de una noche en medio de un bosque, en un momento más fin de siècle, cuando lo que se daba del libertinaje estaba ya en las últimas.

Los personajes que pululan por este alegre bosquecillo, son de aspecto y preferencias muy variadas. Bajo el sol negro del divino marqués, cada cual hace (todavía) lo que le place. O lo intenta. El director jura que les ha dado carta blanca a sus actores en este sentido, aunque lo que se ve, al margen de algunas escenas que pueden herir la sensibilidad del espectador medio no avisado, es un sexo más bien superficial, de caricias. No en vano todos los penes que aparecen, y son unos cuantos, observan tristes el suelo. Uno de los personajes (entre ellos el legendario Helmut Berger) habla de "sexo mental", mientras una de sus partenaires se queja de su impotencia. Para Serra, se trataba quizás de trasladar el ocaso del libertinaje a un malestar más contemporáneo, en el que crecerían los reparos ante el contacto físico. Una performanceciertamente provocativa (para unos espectadores más que para otros), que, paradójicamente, brilla por su luz. La harmonía entre luz artificial y luz natural (lunar) es lo que hace que la película constituya una experiencia tan inmersiva, ciertamente radical, pero sobre todo hipnótica, y finalmente hermosa, por encima de su fealdad latente.

Jeanne, de Bruno Dumont: Jeanne D'Arc, notre drame

Bruno Dumont, habitual de Cannes, alcanzó una de sus grandes cimas con Jeannette (2017), una película no apta para todos los paladares que, para este crítico, sólo cabe calificar de experiencia sublime. Aquello era un musical con actores aficionados que recreaba la juventud de Juana de Arco, con las landas del Norte de Francia (el paisaje habitual del cine de Dumont) como único decorado, cual teatro minimalista al aire libre. Entre números musicales de una inusual gracia anacrónica, se contaba la juventud de la mentada Juana de Arco, interpretada por dos actrices. Curiosamente, para esta esperadísima segunda secuela que termina en la hoguera, Dumont ha reclutado de nuevo a la menor de las dos. La estrategia musical también ha cambiado, de los rapeados de aquel pastorcillo, primo de Juana, y de aquellas melenas agitadas al viento al son de los momentos metaleros de la BSO de Gautier Serre, pasamos a canciones compuestas por el veterano Christophe, que también hace una aparición en el filme cuando menos sorprendente.

El decorado y la puesta en escena vuelven a ser similares (con la inclusión, esta vez, de algunos búnkers del día D a modo de prisión medieval), aunque el grotesco juicio, nada desprovisto de humor, se desarrolla en una catedral de Amiens soberbiamente fotografiada, aspecto que nos trae indefectiblemente a la memoria la reciente catástrofe de Notre Dame. A diferencia de la primera entrega, en la que el texto, inspirado en el libro de Charles Peguy (un escritor ateo, como subrayó el también ateo Dumont en la presentación), no era demasiado inteligible (y daba lo mismo), aquí se ha apostado por un dicción perfecta (con cameo del experto Fabrice Luchini). Son quizás más de siete las diferencias entre una y otra, aunque las dos son básicamente perfectas. Una experiencia elevadora, en un sentido más lúdico y gozoso que religioso. Lise Duplat, la pequeña Jeanne, mira a cámara en varios momentos desde la inocencia de sus diez añitos, y Dumont alarga la imagen hasta convertirla en planos inolvidables, casi legendarios, como la misma Juana de Arco.

The Lighhouse, de Robert Eggers: El faro de los locos

Jeanne, como Liberté, se presentaron en la sección paralela Un Certain Regard, y podría decirse que ambas películas son como la noche y el día. Ahora nos vamos a la Quincena de Realizadores, el certamen paralelo que surgió a partir de los acontecimientos de mayo de 1968, donde se proyectó la segunda película del joven realizador estadounidense Robert Eggers, director de La bruja (2015), uno de los hypes más sonados, y justificados, del terror autoral de los últimos años. Esto, sin embargo, es otro nivel. No cabe duda de que, con su segundo largo, se ha superado. Y de largo. Eggers encierra a Robert Pattinson y a Willem Dafoe en un faro recóndito, durante semanas. Obviamente, la relación entre el veterano farero y su aprendiz no será un camino de rosas.

Para The Lighthouse, Eggers reduce la pantalla a un formato cuadrado, emulando con soberbio blanco y negro la estética del cine silente, pongamos una de Dreyer. Pero sin caer en el pastiche. La diferencia con La bruja, además de una temática y de una estética completamente distintas, radica sobre todo en la introducción del humor. Todo lo que tiene La bruja de solemne, lo tiene The Lightouse de desopilante. Se trata por supuesto de un humor muy negro, y un tanto bestia, también escatológico, que convierte la accidentadísima relación entre Dafoe y Pattinson en un mano a mano de altos vuelos. Pattinson, que lleva tiempo demostrando que es un actor excelente al que le van los proyectos más arriesgados quizás nunca estuvo mejor, al nivel de Dafoe. O en cualquier caso lo da todo, y no es poco lo que le toca hacer. Sin duda una de las grandes películas de este Cannes 2019.

En Cannes hay películas por todas partes, y a todas horas. Pero no tanto las que te ves, como las que te pierdes.

@Lafleur3