Lásló Nemes, durante el rodaje de Atardecer

Uno de los cineastas más prometedores, László Nemes, director de El hijo de Saúl, realiza un ejercicio de estilo en Atardecer, la vida de una mujer (Juli Jakab) que busca su sueño en la Europa previa a la Gran Guerra.

Tras la conmoción de su debut, El hijo de Saúl, las expectativas eran abrumadoras. Su ópera prima sobre el holocausto en primera persona le procuró el Gran Premio del Jurado en Cannes, el Globo de Oro y el Óscar 2016 a la Mejor Película en lengua extranjera. Pero el director László Nemes (Budapest, 1977) ha salido airoso con su segundo filme, del que nos ofreció detalles en el pasado Festival de Toronto. Este próximo 11 de enero, revalida su buen oficio con el drama atmosférico de época Atardecer. La angustiosa trama se ambienta en 1913, en la capital del agónico imperio austrohúngaro. Anclados a los ojos pasmados de su heroína, una joven aspirante a sombrerera, el espectador se ve abocado a una experiencia inmersiva de dos horas y media en la atmósfera enrarecida y ominosa que precedió a la Gran Guerra. Como en su debut, la cámara se sitúa a menudo a pocos centímetros del rostro de la protagonista y los primeros planos se alternan con largas tomas tan erráticas como su devenir. El otrora discípulo del referente del cine húngaro Béla Tarr, para el que trabajó como asistente de dirección, se ratifica como una voz genuina de la cinematografía actual.



Pregunta. ¿Cómo ve ser comparado con Béla Tarr?

Respuesta. No me importa. No sé si a él le gustara esa palabra, pero en cierto modo fue mi maestro. Era una relación que yo buscaba: necesitaba una orientación, un guía para ser invitado a la realización. Obviamente, Béla tiene una gran visión. Y cuando haces cine no basta con tener ideas, hace falta ambición, con niveles de pensamiento y con expresar algo sobre tu propia experiencia de vida. Su cine conjuga todo eso y yo soy muy sensible a su trabajo.



P. ¿Se ha sobrepuesto al éxito de El hijo de Saúl?

R. En los últimos dos años he intentado estar centrado en lo que tenía que hacer y no en las circunstancias. Personas como mi director de fotografía, Mátyás Erdély, mi diseñador de sonido, Tamas Zanyi, o mi actriz protagonista, Juli Jakab, me han ayudado a mantener los pies en la tierra.



P. Juli ya había trabajado con usted en El hijo de Saúl, ¿por qué un casting a 100 actrices?

R. Tiendo a hacer castings muy largos. Este fue de diez meses, porque cuanto más duro es el proceso y a más gente ponemos a prueba, aunque tengamos ya una preferencia, mejor nos orientamos sobre qué buscamos exactamente. Así que realizamos pruebas a cámara, como en los buenos viejos tiempos de Hollywood, para diferentes roles, con vestuario, en el set... No buscábamos una interpretación en el sentido estricto, sino una intérprete que personificara a Irisz Leiter. Un punto de encuentro entre el personaje y la actriz que la interpreta.



Pureza y misterio

P. Juli tiene unos ojos profundos, que parecen contener todo el estupor y el miedo de este mundo. ¿Qué peso tuvo su mirada en la elección?

R. Mucho. Combina una extraña mezcla de misterio en el que hay pureza pero al mismo tiempo un elemento funesto. Y parece que venga de otra era.



P. Las películas de época suelen sostenerse en un entramado coral, pero tanto en El hijo de Saúl como en Atardecer se centra en un personaje principal y el resto son parte del contexto. ¿Representan un alter ego o los utiliza como vehículo para el viaje existencial de la audiencia?

R. Tiene que ver con mi propia percepción del mundo y de la vida: con lo aislados que estamos. La soledad es una fuerza motora en esta película. Pero, al mismo tiempo, como comenta, aspiro a establecer una relación invisible con el público. Espero que el espectador pueda encontrar su propio camino a través de estos protagonistas.



Juli Jakab protagoniza la película de László Nemes

P. ¿Qué le llamó la atención del período histórico en el que se desarrolla el filme, la Europa prebélica?

R. No sé si mi interés reside tanto en mi país como en esa época. Me fascina el siglo XX. Ha transformado nuestras vidas de una manera íntima y, sin embargo, no tenemos acceso a sus cimientos. Resulta aún un misterio cómo la Europa del siglo XX asistió al suicidio de la civilización. Hungría está situada geográficamente en el corazón del continente y pertenecía entonces a la Monarquía austrohúngara, un imperio de muchas naciones, idiomas y culturas. Representaba muchas de las promesas de la civilización que, no obstante, se convirtieron en su perdición.



Espíritu colectivo

P. ¿En qué medida ha querido indagar en aquel periodo para trazar un paralelismo con el momento crítico que vive la Unión Europea?

R. Eso hubiera sido muy tópico. Mi película tiene más que ver con el alma humana y con su ligazón al alma de la civilización. Quería indagar en las capas de distracción en nuestro interior y en el espíritu colectivo de las que no tenemos conciencia.



P. La película está minuciosamente fotografiada y recuerda mucho a trabajos de Kubrick, como Senderos de gloria (1957), y Barry Lindon (1975).

R. No sólo Kubrick. También vimos Chinatown (Roman Polanski, 1974) y Los vividores (Robert Altman, 1971). Son películas que te muestran lo orgánico que puede ser la realización de un proyecto así.



P. ¿Ha utilizado luz artificial?

R. Muy poco, sólo por la noche y con sistemas sencillísimos. No fue una iluminación demasiado sofisticada.



P. En los claroscuros y en el uso de las sombras, me ha recordado al trabajo de la pionera de animación con siluetas de la cineasta alemana Lotte Reiniger.

R. No la conozco, pero tiene sentido, porque me fascina la explosión de creatividad en el cine de la primera década del siglo XX y de los años que la siguieron. La experimentación entonces pasaba por ofrecer insinuaciones visuales. El cine consiste en proveer de vistazos y luego dejar que trabaje la imaginación. Al menos para mí. Yo concibo este arte más vinculado a la imaginación que a la realidad objetiva. Aunque en estos momentos las corrientes vayan en la dirección contraria.



P. ¿Qué otras referencias tuvo en mente?

R. Trabajos más relacionados con la pintura y la fotografía. Entre otros, los de Andrew Hopper y el fotógrafo Saul Leiter, uno de mis favoritos. Usa la parte borrosa de la imagen para dar mucho al que observa.



P. La película está plagada de rumores continuos que refuerzan la sensación de malestar. ¿Cómo planificó el diseño de sonido?

R. Con mi colaborador Tamas Zanyi, junto al que trabajé en El hijo de Saúl. Quería retratar un mundo complejo de modo que no puede verse la imagen completa. Es una realidad constantemente fragmentada de la vida. Concebí la película como capas de realidad: la protagonista quiere deshacerlas y cuanto más se esfuerza, más se complica la trama.



@BegoDonat