In Fabric

La nueva película del británico Peter Strickland es un ejercicio de estilo fascinante y un demoledor reflejo de las peores dinámicas del capitalismo.

Con cuatro películas a sus espaldas, confieso que no había visto ninguna de las películas del británico Peter Strickland. Al arrancar los créditos de su nuevo filme, In Fabric, presentado esta mañana en el Festival de San Sebastián, uno ya intuye que será una película especial al ver a Ben Wheatley, autor de películas tan rompedoras como Turistas (2012) o High Rise (2015), como productor. Y lo es. In Fabric es una película realmente singular que a lo largo de sus dos horas le da una vuelta a las viejas historias de fantasmas y maldiciones, con un punto irónico, para acabar realizando una metáfora sobre el horror inherente a la sociedad de consumo y el mundo del trabajo.



Dividida en dos partes, cuenta primero la historia de una mujer negra en sus 50 que trabaja como cajera en un banco y que sueña con encontrar pareja después de su divorcio. Ambientada en una época imprecisa que parece los años 80, la protagonista se compra en las rebajas de unos siniestros grandes almacenes (que funcionan como leit motiv constante de la película) un vestido rojo que es la madre de todos los problemas. El vestido, por si hay alguna duda, está maldito. En la segunda parte, nos situamos en el presente para ver cómo la maldición ataca a una pareja de obreros a punto de casarse. Lo más curioso es que es terror sin terror, pues los momentos de susto son pocos y aquí el verdadero horror consiste en un sistema laboral que humilla a sus empleados sistemáticamente.



Con ecos que van desde los cuentos de Edgar Allan Poe a las "historias asombrosas de Spielberg" y una puesta en escena primorosa que parece homenajear (ese filtro rojo) a Dario Argento con un aire más gótico, In Fabric es un ejercicio de estilo fascinante y un demoledor reflejo de las peores dinámicas del capitalismo.



Ha arrancado muchos aplausos en Nuevos Directores la primera película de la sevillana Celia Rico Clavelino, que emociona y convence con Viaje al cuarto de una madre, retrato íntimo de una relación maternofilial. Ambientada en un pueblo del sur, cuenta la historia de una joven (Anna Castillo) que trabaja como costurera, como su madre (Lol Dueñas), mientras sueña con un futuro distinto. Su decisión de marcharse a Londres es el centro del drama cuando su progenitora, divorciada, tiene un ataque de pánico ante el temor de quedarse sola. Poco más cuenta este filme tejido de miradas y gestos en el que vemos la generosidad y la grandeza del amor de la madre pero también la forma egoísta y mezquina con que podemos comportarnos con nuestros seres más queridos.



También en Nuevos Directores, una sección que se ha convertido estos últimos años en una de las más importantes del festival, veo la mexicana La camarista, una joya ciertamente sorprendente. Arranca esta película de Lila Alvés con una escena chocante cuyo desenlace más vale no desvelar que revela que la rutina de una limpiadora de hotel (lo que en España ahora llamamos "kellys") es todo menos rutinaria. A partir de aquí, la cinta nos cuenta los desvelos de la camarera por ascender a la planta noble del hotel de lujo en el que trabaja en un filme en el que la cotidianeidad se convierte en protagonista. Así conocemos su relación con sus compañeras, las pequeñas intrigas, sus esfuerzos por tener una educación o pequeños gestos como apretar los botones del ascensor a los judío en Shabat.