Una imagen de la película

La película de Denis Villeneuve, al igual que su predecesora, está llamada a ejercer un efecto catártico sobre una nueva generación de humanos. ¿Obra maestra? El tiempo lo dirá, pero lo parece bastante.

Todos sabemos que la buena ciencia ficción no opera como una previsión más o menos acertada del futuro, aunque como toda verdadera obra de arte no elude un carácter visionario. De esta manera, es un género que en sus mejores momentos tiene la capacidad para descubrir las pulsiones ocultas de una sociedad y actuar como metáfora sobre aquello que existe pero aún no es del todo visible y evidente. En este sentido, pocas películas de la historia del cine han tenido la capacidad visionaria de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), en la que se anticipaban y revelaban muchos de los males que hoy padecemos en su retrato de ese mundo oscuro dominado por el miedo en el que la tecnología se ha convertido en enemiga del ser humano. Ambientada en 2019, es sorprendente hasta qué punto esa Blade Runner original se ha ido pareciendo cada vez más a la realidad como si fuera una siniestra profecía que se va cumpliendo conforme llega la fecha en la que sucede.



Dice Denis Villeneuve que vivimos tiempos más oscuros que aquellos años 80 y que por tanto es lógico que la secuela del filme también lo sea. Una secuela que llega 35 años después de la primera parte, pero que retoma la historia exactamente en el punto en que la dejamos, como si no hubiera pasado el tiempo. Aunque puede disfrutarse sin que se conozca el original, desde luego no estamos hablando de una película independiente que simplemente retoma el "universo" de Blade Runner sino de una continuación en toda regla. Al comienzo de la proyección, un mensaje del director pedía a los periodistas y críticos congregados que no desvelen la trama para que los espectadores puedan llegar vírgenes a las salas. De hecho, el elenco y el cineasta han hecho toda la promoción sin que la gente haya podido ver la película, lo cual es una anomalía.



Ahí va la pregunta del millón: ¿es Blade Runner 2049 una buena película? Sí, lo es. Con una dirección de arte impresionante (por momentos algo excesiva pero casi siempre brillante y cargada de hondos y sofisticados significados), la película es tan ambiciosa como la primera en su afán por reflejar una suerte de subconsciente colectivo. Si entonces se trataba del miedo a la máquina, ahora, en una realidad en la que afrontamos ese "fin del trabajo" de Jeremy Rifkin, también, aunque Villeneuve va más allá para hablarnos del que quizá es el gran asunto contemporáneo como podemos ver una y otra vez en el Telediario: la identidad. Planteada como una investigación detectivesca al igual que su predecesora, lo que vemos es a Ryan Gosling en la piel de un policía tratando de descubrir quién es al tiempo que sufre una terrorífica y al parecer incurable soledad, ese otro gran mal contemporáneo.



Como discípulo de Zygmunt Bauman, Villeneuve nos muestra una realidad líquida en la que los afectos están condenados a extinguirse rápidamente y los seres humanos prefieren relacionarse con máquinas programadas para amarlos antes que con personas de carne y hueso. El personaje de Gosling, en su eterna búsqueda de sí mismo, al tiempo que va dando círculos sobre una verdad esquiva, se erige como metáfora de ese "extranjero" de Camus, otro visionario, que observa la realidad sin ser del todo capaz de penetrar en ella en una especie de grito existencialista de angustia y desapego que nos conmueve y remueve por dentro. Más arty y menos convencional de lo que quizá algunos esperan de una película que al fin y al cabo no deja de ser una superproducción de Hollywood, Blade Runner 2049 está llamada a ejercer el mismo efecto catártico sobre una nueva generación que el que tuvo en los años 80. El tiempo dirá si también es una obra maestra. Lo parece bastante.



@juansarda