Elías Querejeta. Foto: Sergio Enríquez-Nistal.



El productor de cine guipuzcoano Elías Querejeta ha fallecido hoy a los 78 años en Madrid a las seis de la mañana. Sus restos mortales serán trasladados a las 13.00 horas al Tanatorio de La Paz, en Tres Cantos. El crítico cinematográfico Alberto Bermejo, autor (junto a Gerardo Sánchez) del documental '24 horas en la vida de Querejeta', repasa su personalísima trayectoria.




Sin él sería difícil entender el cine español de las cinco últimas décadas. Elías Querejeta ha sido sin lugar a dudas el productor más importante de esta industria en la que escasean las figuras independientes y con criterio propio, incluso se puede decir que ha sido, es, algo más que un productor, un espécimen inclasificable que se aproxima de una manera atípica al concepto de autor, como responsable último de las películas, por encima de los propios directores, estableciendo unas personalísimas reglas de juego que se mueven entre los amplios límites de la libertad absoluta y el minucioso control de cada uno de los procesos, especialmente en las fases de guión y de montaje.



En cada una de sus más de 50 producciones, prácticamente en todas, se hace notar la personalidad, las inclinaciones temáticas y el estilo estético y formal del director de turno, señas de identidad que en general han quedado confirmadas en las películas que han hecho con posterioridad alejados de la influencia de Querejeta, pero también parece evidente que vistas en su conjunto configuran una obra coherente, de marcados rasgos comunes, formales pero sobre todo temáticos, dando por descontado un alto nivel de calidad, que podría sintetizarse, simplificando hasta el límite, en una serie de propuestas sobre personajes en conflicto consigo mismo y con el mundo que les rodea, relatos intimistas, personales, en estrecha relación con el marco social en el que se desarrollan, identificados de manera más o menos evidente por un posicionamiento crítico frente a las convenciones ideológicas y los poderes políticos. Una forma de hacer cine que no existía en el cine español de aquellos años, todavía marcados a fuego por la sombra alargada de la guerra civil y la dura realidad de la dictadura franquista, una manera de entender el cine que se ha extendido hasta la actualidad, ayudando a ampliar las parcelas de libertad creativa y a consolidar de alguna manera cierta madurez en la siempre incipiente industria cinematográfica.



Nacido en Hernani, Guipuzcoa, en 1934, y tras consumir una fugaz primera etapa como futbolista profesional, en Primera División en las filas de la Real Sociedad, Elías Querejeta Gárate dio sus primeros pasos en el cine a principios de los sesenta, con dos cortometrajes, A través de San Sebastián (1960) y A través del futbol (1962), codirigidos con Antxón Eceiza, con el que pondría en pie algunos de sus primeros largometrajes como productor. Su vocación inicial fue la de guionista, pero en algún momento de aquellos primeros sesenta y como reacción a la raquítica y chabacana oferta de la industria española de la época ve con claridad que convertirse en productor le situaría en una posición privilegiada, desde la que podría decidir qué películas hacer y sobre todo cómo hacerlas, porque una de sus principales señas de identidad se ha materializado precisamente en haber introducido en el cine español criterios de rigor, de profesionalidad y de exigencia intelectual hasta entonces prácticamente inexistentes.



Su primer gran título fue La caza (1966), dirigido por Carlos Saura, con el que iniciaría la relación profesional más estable y fructífera de su carrera, una película austera con la que puso en práctica casi todos sus principios irrenunciables, entre otros el de no embarcarse en ningún proyecto sin los medios económicos indispensables para asegurar unos mínimos altísimos de calidad, rodearse de equipos técnicos y artísticos de primer rango, asociarse con otras empresas europeas que garantizaran, o facilitaran al menos, cierta repercusión internacional, lo que a su vez venía a servir de palanca para doblegar o burlar en la medida de los posible las inclasificables restricciones que imponía la censura franquista. Con Saura llegaría a colaborar hasta en trece largometrajes, que en general alcanzaron respeto y admiración en el circuito de los grandes festivales internacionales.





Fotograma de 'La caza', dirigida por Carlos Saura



Visionario y temerario en tantas cosas, entre los grandes méritos de Elías Querejeta sobresale el de haber dado la primera oportunidad a una considerable lista de directores que después acabarían convirtiéndose en sólidos valores del cine español. Su filmografía es en realidad una sucesión de primeras películas, como El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice, Habla, mudita (1973) de Manuel Gutiérrez Aragón, Las palabras de Max (1978) de Emilio Martínez Lázaro, Tasio (1984) de Montxo Armendáriz, Familia (1996) de Fernando León de Aranoa y Una estación de paso (1992) de su propia hija, Gracia Querejeta. Después de Saura, las relaciones de Querejeta con sus directores no se extendieron casi nunca más allá de tres producciones, solo Montxo Armendáriz llegó a la cuarta colaboración. Rupturas marcadas en general por cierta necesidad de los diferentes cineastas de volar por su cuenta, de matar, de una manera figurada, al padre cinematográfico. Abierto a la realidad y a las propuestas de trabajo que le iban saliendo al paso, se dice que buena parte de las películas que produjo surgieron de largas, interminables conversaciones y acaloradas discusiones con el promotor de la idea o del argumento, cuando no era él mismo el que ponía la primera piedra de un nuevo proyecto, que por supuesto defendía hasta el final, más allá de la finalización del montaje final. Atento siempre a los cambios en la realidad social del país, fue pionero a la hora de incorporar temas candentes al imaginario colectivo subiéndolos a la pantalla, como es el caso de, 27 horas (1986) respecto a los devastadores efectos de las drogas en las generaciones más jóvenes, Las cartas de Alou (1990) en relación al fenómeno de la inmigración, dirigidas ambas por Montxo Armendáriz, o Los lunes al sol (2002) respecto al paro, dirigida esta por Fernando León.





Fotograma de 'Los lunes al sol', dirigida por Fernando León de Aranoa



El desencuentro más llamativo o la ruptura más traumática en la trayectoria de Querejeta se materializó en El sur (1983), segundo trabajo con Víctor Erice, interrumpido por decisión unilateral del productor cuando consideró que había material suficiente para montar con sentido la película, aunque todavía faltaba por rodar aproximadamente la mitad del guión previsto, lo que supuso la ruptura de una estrecha amistad de años y reavivó en su momento la irresoluble controversia entre el artista y el empresario.



Capítulo aparte merece la actividad de Querejeta como productor de documentales. El desencanto (1976), dirigido por Jaime Chávarri, en torno a la familia Panero, como proyección del estado de precario equilibrio o demolición de la estructura familiar española, abrió originalísimas perspectivas en el género y alcanzó una repercusión comercial y mediática inimaginable hasta entonces. Ya en la década del 2000 volvería con nuevos bríos a acercarse a esta forma diferente de buscar una interpretación de la realidad con una serie de documentales sobre el conflicto vasco, en los que además figura como guionista, es el caso de Asesinato en febrero (2001) y Perseguidos (2004), dirigidos ambos por Eterio Ortega, terreno en el que se atrevería finalmente a firmar también como director en Cerca de tus ojos (2009), una reflexión sobre el estado de los derechos humanos en el mundo, cerrando así, simbólicamente al menos, el círculo de este carismático hombre de cine que ha logrado imprimir su impronta en todas y cada una de las producciones en las que ha intervenido, situándose por encima del conjunto de los demás participantes y ganándose a pulso el título de cineasta total.