Cine

Mel Gibson redescubre el Imperio Maya

El actor y director australiano estrena mañana Apocalypto en Estados Unidos

7 diciembre, 2006 01:00

Rudy Youingblood protagoniza la epica Apocalypto, de Mel Gibson

Después de su Pasión, Mel Gibson vuelve a sorprender a todos con su nueva locura. También rodada en su idioma original (esta vez el yucateco), mañana se estrena en 2.500 pantallas de Estados Unidos Apocalypto, una aventura hiperviolenta que recrea la decadencia del imperio maya y sus sangrientos rituales.

Cuesta recordar ahora que el debut en la dirección de Mel Gibson, hasta entonces un ídolo del cine de acción especialmente adorado por sus papeles como Mad Max y el no menos loco Riggs de la saga Arma letal, fue una pequeña película independiente, sobria e intimista, titulada El hombre sin rostro (1993), con la que sorprendió a muchos, mostrándose especialmente dotado para la realización y abordando un drama psicológico arriesgado y sencillo... Vamos, que nada parecía presagiar que sus siguientes incursiones al otro lado de la cámara serían filmes tan poco sencillos y menos intimistas todavía como Braveheart (1995) y La Pasión (2004), sendas y épicas, cada una a su manera, recreaciones históricas, espectaculares y excesivas. Un auténtico retorno, inteligentemente condimentado con elementos propios del cine moderno, al mundo del Hollywood épico de los años 50 y 60, con sus propias versiones de Espartaco (1960) y Rey de reyes (1961), pasadas por el tamiz de la violencia crepuscular, el gore, la antropología y el "realismo".

Y la cosa funcionó. A pesar de su aparente locura al empeñarse en rodar espectáculos millonarios, situados en el pasado y protagonizados por personajes tan controvertidos como el rebelde escocés William Wallace y el propio Cristo, ambos resultaron sendos éxitos de taquilla y hasta de crítica, sobreviviendo incluso a sus siempre políticamente incorrectas declaraciones y opiniones personales. Así, después de abordar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, al loco de Mel no se le ha ocurrido otra cosa que filmar ahora una aventura situada en los estertores del Imperio Maya, antes de la llegada de los conquistadores, con un asombroso despliegue de medios, sólo comparable a su indiferencia ante quienes le critican o desprecian.

Verosimilitud y verdad
A diferencia de los mesiánicos protagonistas de sus anteriores epics, el personaje principal de Apocalypto no es más que un simple nativo, hecho prisionero por los mayas a fin de convertirle en ofrenda viviente a los dioses, que intentará desesperadamente escapar a su destino para reunirse con su familia. La idea original de Gibson era, ante todo, contar una historia de supervivencia salvaje en términos de pura acción y aventura, utilizando una narrativa cinematográfica visualmente impactante, de ritmo sincopado e imparable, que no diera tregua al espectador. Situarla en el corazón de la decadencia del Imperio Maya vino después de su encuentro con el guionista Farhad Safinia, que no tardó en convencerle de la fascinación que ejerce la cultura maya sobre quienes se aproximan a ella. Tanto fue así, que el director tomaría dos decisiones radicales que, sin duda, juegan a favor de la verosimilitud histórica y antropológica de la película: trabajar con actores nativos (aunque algunos, como el protagonista, Rudy Youngblood, lo sean norteamericanos) y, tocando de nuevo las narices, rodarla en el dialecto yucateca, descendiente directo del antiguo maya.

Es obvio que habrá en Apocalypto numerosas inexactitudes y licencias históricas, pero Gibson sabe perfectamente qué es lo que hace que una película "histórica" funcione: la verosimilitud, antes que la verdad. Aunque la base de la película se asienta en la acción, la aventura y el suspense imparables, aderezados con violencia y sangre tan justas como necesarias (para eso escoge uno a un pueblo guerrero como el maya), girando en torno a la caza humana del protagonista, Zarpa de Jaguar, en una revisión del clásico leit-motiv del Conde Zaroff, no hay nada casual en Apocalypto... ni en su título.

Gibson, siguiendo la gran tradición del criptofascismo pulp de escritores como Robert E. Howard o artistas de cómic como Frank Miller, pretende mostrar cómo los grandes imperios entran en decadencia, presas de la corrupción de sus costumbres y de la perversión de sus creencias. El noble padre de familia protagonista, miembro de una "pacífica" tribu que vive en perfecta comunión con la naturaleza, sirve como rousseauniano contraste con los sádicos sacerdotes y los decadentes aristócratas mayas, rodeados de lujo y esplendor sofisticadamente bárbaros. Así, los creadores de uno de los primeros calendarios astronómicos, inventores de un bello y todavía parcialmente intraducible alfabeto ideográfico, artistas consumados, cuyo testamento mitológico y religioso, el "Popol Vuh", constituye una obra cumbre de la literatura, no dejan de ser, en comparación con los bondadosos indios de la selva. según parece decir Gibson, perversos seres civilizados, crueles e condenados a la degradación y la decadencia.

Mel Gibson no esconde que, en cierta medida, su Apocalypto es una parábola de la civilización moderna, que haciendo caso omiso de la amenaza ecológica sobre la que se sostiene, sigue alardeando de su poderío avanzando hacia el desastre. Amparándose en los conocimientos arqueológicos y teorías más recientes en torno al llamado "misterio maya", Gibson apoya la tesis de que fueron la deforestación progresiva, la expansión demográfica descontrolada y la destrucción del medio ambiente los factores que determinaron el final del Imperio Maya, cuyos habitantes abandonaron sus metrópolis de piedra, acuciados por el hambre, la disentería, la pobreza y la superpoblación. Mensaje similar al que ofrecía también Rapa Nui, de Kevin Reynolds, en su reconstrucción del final de la cultura de la Isla de Pascua.

Un nuevo mundo
Pero dejando aparte las características nostalgias e idealismos conservadores de Mel Gibson, lo que prima, en realidad, en su Apocalypto, es la aventura. La fascinación por mostrar un mundo y una cultura extraños, casi alienígenas a los ojos del espectador actual. Por un lado, quienes como Gibson mantienen su clásica postura tradicionalista, son los primeros en caer fascinados por el enemigo, y el punto fuerte de su película pertenece a los momentos en que se muestra el esplendor maya: sus ciudades ciclópeas, su exótica corte y, naturalmente, sus sacrificios humanos, recreados con todo el sangriento detalle antropológico necesario. Por otra parte, la película, sobre todo en su segunda mitad, es un espectáculo cinético (y cinegético) frenético y veloz, que confía por completo en la fuerza de las imágenes, en un montaje desquiciado y una iconografía impactante. O sea, en el puro cine. Tanto es así, que Gibson estuvo a punto de negarse a subtitular la película, seguro de que sus imágenes bastaban para hacerla perfectamente comprensible... Y, la verdad, no hubiera estado nada mal.

Contando, no precisamente por casualidad, con el director de fotografía de Bailando con lobos, Dean Semler, y con colaboradores habituales como el montador John Wright y el diseñador de producción Tom Sanders, Mel Gibson ha vuelto a dar una vuelta de tuerca al cine épico, rescatando un mundo perdido (que yo recuerde Hollywood tenía olvidados a los mayas desde la deliciosamente kitsch Los reyes del sol, de 1963) y obligando a sus muchos detractores a bajar la cabeza y descubrirse ante su innegable talento como cineasta y su indoblegable talante místico, épico, viril, moralista y trasnochado. Al fin y al cabo, el viejo y loco Mel de siempre.