Dentro de las turbias circunstancias del asesinato de Pasolini, hubo una excepción poética: que el lugar donde le dieron la brutal paliza y lo machacaron con su propio Alfa Romeo fuera un campo de fútbol (bueno, una explanada de arena con una portería precaria). En él jugaban los muchachos criados en la chabolas cercanas, los ragazzi di vita de la periferia romana que tanto le inspiraron y de los que le gustaba rodearse para sentir la autenticidad antropológica de la Italia popular. Con ellos jugó muchas pachangas, ratos que le devolvían la inocencia y la alegría juvenil en mitad de las mil batallas intelectuales (muchas prolongadas en los juzgados) en que andaba metido.

Es un detalle que Marco Tulio Giordana tampoco pasa por alto en Pasolini, un delito italiano, película en la que reconstruye sus últimas horas y la errática investigación que condujo a una endeble versión oficial. El inspector encargado de hacer las primeras pesquisas se desespera porque un grupo de muchachos patean a su lado un balón que, en un momento dado, casi golpea el cadáver del cineasta, tapado por una sábana blanca ensangrentada. “¡Desalojad la zona!”, grita enfurecido mientras sus subordinados recogen del suelo colillas y otros potenciales indicios. La imagen de la pelota botando junto al cuerpo sin vida de Pasolini es una sutileza nada casual.

Es curioso que ese campeto di calcio pervivió largamente. Casi 20 años después todavía podía verse una portería en aquel arrabal junto a la playa de Ostia. Nanni Moretti estrenó Caro Diario en 1993. El final de la primera parte es un homenaje al director de Accatone y Mamma Roma. Sencillamente sublime. Lo he visto decenas de veces pero se me sigue poniendo el nudo en la garganta cuando lo ‘revisito’. Moretti, tras mostrar los numerosos recortes de prensa que guarda sobre Pasolini en su archivo personal, se pregunta por qué nunca ha ido al lugar donde lo mataron. En la siguiente escena ya le vemos montado en su Vespa camino hacia él. Una cámara le sigue durante casi cinco minutos en su ruta en paralelo a la costa. Avanza entre bañistas en bermudas mientras suena –inmejorable elección- el Concierto de Colonia de Keith Jarrett. Y cuando llega al destino, para la moto, se baja y se acerca a la verja. Observa al fondo, en medio de un paraje de aspecto abandonado, con la vegetación muy alta, el deteriorado monumento conmemorativo de la muerte, que aparece enmarcado por una portería, señal de que allí se siguió jugando al fútbol mucho tiempo.

Nanni Moretti - Caro Diario (Pasolini)

Escena de 'Caro diario' en la que Nanni Moretti se desplaza al lugar donde mataron a Pasolini.



Me acerqué a ese memorial hará unos unos cinco años. No es sencillo dar con él. Sigue siendo un sitio muy apartado. Hay que coger trenes de cercanías, autobuses y caminar un rato largo, dejando atrás Ostia y adentrándote en descampados. Cuando preguntas a la gente del barrio cercano, no sueles obtener respuestas orientativas. Recuerdo que recurrí a una mujer que iba con su hija de siete u ocho años. Nos miró a mi novia y a mí con cierta desconfianza. Me contestó que no tenía ni idea pero la chiquilla saltó como un resorte al escuchar el apellido pronunciado por mí. “¿¡Pasolini!?, así se llama mi colegio”.

Conseguimos encontrarlo. Y allí estuvimos solos en una tarde grisácea y ventosa, que puntualmente regalaba unos minutos de sol filtrado entre nubes itinerantes. Fue un experiencia preciosa, por el contraste vivido en un mismo día: esa mañana habíamos estado en los tumultuosos Museos Vaticanos. La parcela y el monumento, frente a una especie de desguace-taller, se ha dignificado: zonas de hierba cortada, placas con frases de PPP y coquetos senderos, mejoras regularmente vandalizadas por los ultras (el odio tiene la sombra muy alargada). Pero ya no se ve la portería. Y la verdad es que se echa de menos ese toque futbolero.

Seguro que a Pasolini le habría gustado que permaneciera tal vestigio. Él fútbol fue una pasión de la que no apostató nunca. En Sobre el deporte (Contra), la compilación de textos suyos sobre balompié, boxeo, ciclismo y los Juegos Olímpicos de Roma de 1960, puede leerse un artículo en el que hace una conmovedora confesión: “Los partidos con el balón en los Prados de Caprara entre Bolonia y el barrio de Panigale (jugaba durante cinco o seis horas seguidas) fueron absolutamente los momentos más bellos de mi vida”. Por aquella época, finales de los años 30, iba entusiasmado al estadio Comunale a ver al Bolonia más fuerte de la historia, que levantó varios scudetti. Un club, por cierto, fundado, entre otros, por el hermano de Santiago Bernabeu, Antonio, becado por el famoso Collegio di Spagna de la ciudad italiana. Pasolini fue siempre tifoso del Bolonia, incluso cuando se asentó en Roma, aun a pesar de que su equipo del alma ya no volvió a levantar el vuelo tan alto.

Esa nostalgia infantil y adolescente están detrás de su discusión con Helenio Herrera. El excéntrico entrenador argentino, que entrenó al Inter (con la asistencia técnica de Gonzalo Suárez) y la Roma, hizo el siguiente comentario en un encuentro con Alberto Moravia: “El fútbol –y en general el deporte- sirve para distraer a los jóvenes de actitudes contestatarias. Sirve para tener tranquilos a los trabajadores. Sirve para no hacer la revolución. Como hace Franco en España con las corridas de toros”. A Pasolini, comunista heterodoxo, le dolió tal reproche y le respondió “cuatro cositas”.

De todas formas, en el fondo reconoce que H.H. tiene razón. Incluso denuncia la espectacularización catódica del fútbol y apunta su contrariedad frente al manoseo que empezaba a sufrir por buitres únicamente interesados en los réditos financieros que ofrecía, deriva que ha alcanzado niveles nauseabundos en los últimos años. Pero, por coherencia con su niñez, concluye que no va a renunciar al placer culpable de ser un pertinaz asistente a los estadios. Es coherente así con la máxima de Rilke: “La verdadera patria de un hombre es su infancia”.

Además, tampoco le parece tan grave esa debilidad: “Que el deporte (lo ‘circense’) es el opio del pueblo esto ya se sabe. ¿Por qué repetirlo si no hay alternativa? Por otra parte, ese opio también es terapéutico. Creo que ningún psicoanalista lo desaconsejaría. Las dos horas en el estadio como hincha (agresividad y fraternidad) son liberadoras: incluso si, en relación con una moral política o una política moralista, son horas evasivas o qualunquistiche” (término italiano que alude a la indiferencia y desconfianza frente a la cosa pública). Para rematar su alegato defensivo añade, contundente: “El fútbol es el único gran rito que queda en nuestra época”.  

Fragmento del cartel del documental 'Centoventi contro Novecento', película que reconstruye el partido que 'enfrentó' a Pasolini con Bertolucci.

En esta colección de Contra, una joyita, también declara al hilo de una entrevista: “Intento seguir jugando cada mañana, cuando puedo, especialmente cuando me paso entre diez y doce horas al día frente a la moviola montando películas”. La verdad es que a pesar de su edad lucía un físico fibroso y atlético. Jugaba de extremo pero, al parecer, era un calciatore más voluntarioso que refinado. Legendario es el partido que enfrentó en el parque de la Citadella di Parma a los equipos de rodaje de Novecento con Bertolucci al frente (se quedó en el banquillo, a modo de entrenador) y Saló o los 120 días de Sodoma encabezado por Pasolini, que sí se vistió corto, sólo faltaría. Se trataba de un amistoso para reconciliar a maestro y pupilo, algo picados después de que el primero hubiera opuesto algunas observaciones a El último tango en París. Esa es la versión más extendida aunque hay que decir que Nineto Davoli, amigo de ambos, la desmintió.

Por último, dejó por aquí un último lamento suyo, también muy revelador. Lo expresó al Guerin Sportivo tan solo unos días antes de su muerte: “De mí tan solo quieren justificaciones culturales, también porque la cultura es actualmente una óptima estrategia. Nunca me invitan para una conferencia sobre fútbol, y eso que estoy puestísimo en el tema. Mira, los deportistas están poco cultivados, y los hombres cultivados son poco deportistas. Yo soy la excepción”. Excepcional Pasolini.