Patrice Thibaud es grande, ¡muy grande! Y no me refiero a su anatomía generosa, sino a su extraordinario arte para la comicidad. Acaba de aterrizar en los Teatros del Canal con Franito, un espectáculo deliciosamente delirante, una juerga descacharrante, también una poética pintura escénica sobre el flamenco en compañía de un bailaor excepcional, Fran Espinosa, con quien comparte escena. No se pierdan a este dúo, estará hasta el 22 de septiembre en los Teatros del Canal.

Este es el cuarto espectáculo que el cómico galo presenta en Madrid. Ha representado Fair play (sobre el deporte), Jungles (la familia) y Cocorico (dos personajes de caracteres antagónicos). Franito, como los anteriores, tiene mucho de biográfico, y surge a raíz del azaroso encuentro de dos almas artísticas -Patrice y Fran- que sintonizaron personal y profesionalmente: “Nos conocimos en el Teatro Nacional de Chaillot, en un espectáculo del coreógrafo José Montalvo, y allí nos dimos cuenta que los dos compartíamos orígenes españoles -la madre de Patrice era española y yo soy de Córdoba-, hemos sido criados sin la figura del padre e, incluso, recordamos de nuestra niñez costumbres parecidas, como por ejemplo la de oír cantar a nuestras abuelas Ojos verdes o que nos bañaran de niños en un barreño”, recuerda Espinosa.

Aunque tenga como hilo conductor el flamenco, el argumento de Franito es la relación de una madre como no hay más que una -Thibaud- y su hijo Franito -Espinosa-, al que le ha entrado el virus del flamenco y pasa el día taconeando con sus zapatos de charol rojo y sus calcetines turquesas, en una estampa que por su fisonomía y por cómo va ataviado recuerda una pintura de Botero. En contra de lo que puedan imaginar, no es una parodia del arte flamenco, sino todo lo contrario, pues poner en valor lo que de fascinante tiene cuando es ejecutado por un bailaor de la categoría de Espinosa.

Por su parte, el registro facial y corporal de Thibaud es un festival de risas, un carrusel que enebra una anécdota tras otras a cuál más ingeniosa, que va despertando la carcajada del espectador y contagia a todo el patio de butacas hasta levantarlo en pie al final de la función. Incluso el recuerdo de alguna de estas escena, -la madre cosiendo o tocando la guitarra- arranca una sonrisa.

El espectáculo data de 2015 y surge a propuesta del Festival Flamenco de Nimes, que les pidió una pequeña pieza de 30 minutos: “Tuvimos diez días para crearla. Nos salió un espectáculo de 40 minutos, con vestuario y escenografía. Tuvo una aceptación maravillosa, de manera que el director del Festival no propuso que lo alargáramos para poder llevarlo de gira. Y estuvimos otros diez días”, explica Thibaud mientras desayuna con Fran Espinosa y atienden esta entrevista.

Pregunta. ¿Franito lo ideasteis y lo montasteis en solo 20 días?

Patrice Thibaud. Sí. Suelo tardar más o menos un mes en hacer un espectáculo, pero aquí fue mucho más rápido porque Fran y yo tenemos el mismo humor, y muchas ganas de reír en todos los momentos. Fran es un gran bailaor, pero también es un hombre muy entregado, trabaja mucho y muy serio. Y como él también aportaba muchas ideas, la mayonesa agarró. Además, hemos contado con la asistencia en la dirección de Jean Marc Bihour, con el que ya he colaborado y nos conocemos mucho. De manera que lo estrenamos entonces y estuvimos comprometidos un tiempo con el Teatro Nacional de Nimes, del que somos compañía residente.

P. ¿Qué mecanismo de creación sigue en sus gags e historias?

P.T. Estoy muy acostumbrado a crear gags. Cuando tengo una idea en la cabeza, la ejecuto en dos minutos. Es lógico, tengo 55 años y creo que tengo una técnica de mimo y de teatro corporal, un registro amplio. Trabajo mucho más fácilmente que antes. Mi trabajo es un deporte, es muy físico. Por eso, el cuerpo no es ningún obstáculo para mí, lo principal es encontrar las ideas. Pero las ideas aparecen también cuando se buscan. Si me pongo a pensar en una mesa, con un boli, no me surge nada… pero si me pongo a hacer así o asá (se pone a gesticular con las manos y la cara), entonces salen.

P. Franito fue elegido el mejor espectáculo de la edición de este año del Festival de Almada de Portugal.

P.T. Cuando hemos querido salir de gira con él, muchos teatros ya tenían la programación cerrada. Pero me da que este espectáculo va a funcionar como Cocorico, tiene la misma savia. Con Cocorico llevamos once años y sigue en repertorio, hemos hecho 700 representaciones.

P. Franito hace bromas sobre el flamenco, chistes de los gestos de la danza, incluso la propia fisonomía de Fran da pie a ello, pero ofrece una idea muy respetuosa, porque su danza es de alto nivel. Quiero decir que su humor nunca es crítico, ni política ni moralmente.

P.T. Es importante para mí que no sea crítico porque quiero trabajar para los niños. Recuerdo cuando vivía mi abuelo, que era español, y fue quien me dio a conocer a Chaplin, a Buster Keaton, a Jacques Tati, Louis Funes… veíamos juntos sus películas y recuerdo que me decía que era “mágico” que siendo él viejo y yo joven riéramos juntos al mismo tiempo. Precisamente es lo que quiero hacer en mi trabajo, hacer reír a todo tipo de públicos, juntos. Por eso, mi humor no es político, no es vulgar, no es sexual ni soez… bueno un poquito se puede introducir. He tenido una educación antigua, porque me criaron mis abuelos y fueron ellos quienes me enseñaron a los grandes cómicos de su época.

P. Franito podría ser un Chaplin contemporáneo.

P.T. Uyy (sonríe con modestia). La verdad es que el trabajo físico que hago, el trabajo corporal, tiene la ventaja de que es comprensible en todo el mundo. Aquí recurro a la música, la poesía, la danza… todo el mundo lo entiende.

`FRANITO´ de PATRICE THIBEAUD en los TEATROS DEL CANAL

P. Supongo que usted es un experto del humor, que conoce la mecánica que lo dispara.

P.T. Si muestro que algo es gracioso, no funciona. En el humor es preciso sorprender al público constantemente, bien con el físico, pero también con el ritmo. Por ejemplo, yo trabajo mucho con la música, es una combinación muy interesante para el humor: la música es ritmo y el humor también. Cada día veo que decir la misma palabra funciona de manera diferente en la gente, y a veces me doy cuenta que eso depende de una franja mínima de tiempo. Por otro lado, yo trabajo mucho con el contraste, con el contrate físico, pero también con el contraste musical. Pero todo esto te lo da la experiencia y, por supuesto, que cada público es diferente.

P. Este espectáculo lo han representado en Francia, en Alemania, en Portugal y ahora en Madrid, ¿cómo es el público madrileño?

Fran Espinosa. Nos damos cuenta justamente al empezar cómo es. Cuando yo comienzo él está justo detrás del biombo y ya intuye cómo va a responder.

P. T. Solo llevamos dos días, pero creo que el madrileño acude preguntándose qué es lo del flamenco cómico, le cuesta un poco más empezar a reír que en Portugal o en Francia, que ríen desde el primer momento. Aquí, cuando comienza la función vamos oyendo poco a poco jaja… jeje… (empieza a hacer muecas), le cuesta más entrar quizá porque tengan una conciencia más clara del flamenco. Bueno… solo llevamos dos días y es pronto para hablar.

F. E. Sí, pero al final, en las dos funciones que hemos hecho el público ha ido subiendo y subiendo y ha acabado levantado de la butaca y aplaudiendo.

P. El tratamiento de la iluminación, del vestuario, de la música, del decorado es muy cuidado y ordenado en la misma dirección.

P.T. Para mí el tratamiento de la iluminación y los decorados es muy importante. Me encanta, por ejemplo, los decorados de las películas de Jacques Tati, pues cada plano de sus películas son una pintura. Yo intento hacer lo mismo, soy muy maniático del color, de la disposición de los elementos de atrezo, de la luz. Aquí, por ejemplo, es cómo imagino una cocina en la España de los años 50, con los colores saturados.

P. También el vestuario está muy trabajado, especialmente el de Fran.

P.T. Por ejemplo, los calcetines turquesas que lleva Fran surgieron durante un ensayo, que él apareció con unos de ese color, y comenzó a disculparse diciendo que no había encontrado calcetines oscuros, pero cuando los vi, los encontré fantásticos. 

F. E. Es que a mí me gustan mucho los calcetines de colores y llegué al ensayo también con mis zapatos rojos de charol.

P.T. Hay muchas influencias. Los calcetines recuerdan los que lleva los toreros; el chaleco marrón de terciopelo a Sancho Panza; la camisa amarilla a la bandera española.

P. Y el escenario se completa con la presencia a un lado del guitarrista, que permanece silencioso, pero ofreciendo una imagen poderosa ataviado con su sombrero cordobés y sus gafas oscuras.

P.T. Es un músico muy tímido, no es actor, y cuando comenzamos las audiciones me dijo que no quería aparecer en escena. Al ponerle las gafas, el bigote y el sombrero cordobés se siente protegido, y a la vez ofrece una presencia muy fuerte sin actuar.

F.E. Cédric Diot no es un guitarrista flamenco, pero me ha acompañado siempre en las clases que yo he dado de danza flamenca en Francia y en el extranjero. Lo he ido conociendo poco a poco como artista, porque no solo toca flamenco, trabaja con otros artistas de variedades. Y encuentro que la guitarra flamenca le suena distinta, ni mejor ni peor, distinta.