Rima interna por Martín López-Vega

Miguel D’ors, autorretrato entre árboles con algunas figuras

1 mayo, 2017 11:54

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Miguel d’Ors[/caption]

La poesía de Miguel d’Ors (Santiago de Compostela, 1946) siempre ha tenido algo de autorretrato en la naturaleza con figuras. No en vano tituló, borgianamente, La imagen de su cara uno de sus mejores libros, y como colofón de su nueva entrega, Manzanas robadas (Renacimiento) sitúa un poema que tiene algo de broma de abanico por la forma pero que encierra una verdad muy dorsiana y muy universal: “Mira si es poco sensato / este arte nuestro que para / que tú contemples tu cara / te ofrezco mi autorretrato”.

El autorretrato que nos ofrece d’Ors en esta ocasión (en el mejor, a mi parecer, de sus libros últimos, y el que tiene menos de homilía, desde luego) es el de un hombre que piensa en el yo como la suma de dos infinitos (“uno el cielo y otro lo / que llevo en mi interior”), siempre a la espera de las noticias codificadas que llegan desde lo que repetidamente llama “el ardiente reino del Misterio” y con un ojo en una naturaleza eremítica (casi siempre solo él ante el paisaje) y otro en el pasado, casi siempre en la infancia, aunque no sólo, a la vez que se repite versos de Jorge Manrique a los que alude en más de un paso.

D’Ors contempla el mundo como una mezcla de memoria y contemplación siempre con el pensamiento presente de que “La realidad –medito- / siempre tiene segundas intenciones. / Cada cosa del mundo es ella misma / y algo más: un mensaje”, con un determinismo que no rechazamos de plano porque d’Ors sabe disfrazarlo para que podamos leerlo de variadas formas (“Que no te engañe la verdad”) y adopta la forma de un misterio que siempre aparece. El elemento religioso siempre presente en la poesía de d’Ors se muestra en esta ocasión más identificado que nunca con ese misterio, de una forma inteligente que abre el poema a ser leído desde otra óptica sin renunciar a la que, de forma muy evidente, plantea el autor. Quizás esa palabra –misterio- abunde un poco en demasía, insista demasiado en nombrar lo que por definición no se puede nombrar. El poema debería tal vez ser capaz de construir ese misterio sin nombrarlo y sin necesidad de caer en la adivinanza. Pero es justo decir que, si bien d’Ors insiste en invocar al misterio por su nombre, la mayoría de las veces lo logra por aparición espontánea.

La poesía de Miguel d’Ors es la de un acuarelista: que nadie espere complejidad en sus temas ni más pensamiento que el poético. Él es consciente de ello y en poemas como “Exilio” queda claro que su poesía está hecha para mirar y conmoverse de una manera muy elemental: aunque en el río que contempla hay “manchas polvorientas / de gas-oil y navegan ramas negras y algún / plástico impertinente” lo que fija su mirada es un cisne con “empaque altivo de aristócrata ruso” exiliado en el mundo de pequeños burgueses que en el poema es ese río contaminado. El poema se presta a diversas consideraciones de tipo ideológico que lo vuelven antañón y un tanto carca (amén de simplón), así que mejor dejarlo ahí con su cisne con su cuello de pregunta que ha pasado desapercibida.

Sin embargo, su sabiduría de orfebre, su artesanía bien gobernada atan al poema incluso al lector acostumbrado a tragos poéticos algo más complejos. Hallazgos poéticos como la lluvia de octubre que va “improvisando setas”, unas ramas “eufóricas de hojas”, las “muchedumbres de erizos / de un verde adolescente”, “los mugidos gregarios de las vacas”... También su capacidad para mezclar detalles cotidianos (“estuve preparando / los números del IRPF, / escuché por la radio la campaña / electoral, lavé y tendí la ropa, / pagué recibos”) junto a unos castaños heraldos de la primavera son una lograda característica de la poesía dorsiana, así como los pequeños trucos de artesanía casi olvidada (como ciertas aliteraciones) o el uso sutil de la rima en poemas como “Maleza”.

“Aquel sabor” es, como muchos otros poemas del libro, la narración de un recuerdo y tal vez la mejor muestra de la capacidad de d’Ors para tomar una anécdota y trascenderla (y además no necesita usar la palabra “misterio” para invocarlo). El poema habla de cómo eran más sabrosas las manzanas robadas a “los dos manzanos del prado de Donila” para concluir diciendo que “ahora que todo sabe a gris reglamentario / y las cosas no son más que las cosas; / quizás escribir versos sólo sea / otra manera de robar manzanas”. O mejor aún, de recordarnos que una manzana no es nunca jamás tan sólo una manzana, y el gusano que asoma o no asoma está más en nosotros que en la manzana y es (ahora voy a decirlo yo) el habitante del misterio que es nuestra memoria podrida en forma de melancolía.

Miguel d’Ors es un enorme (por su habilidad formal y su sutil entramado de pensamiento poético) poeta menor (su poesía canta sin pensar, sintiendo sólo). Quienes prefieran este tipo de poesía silvestre encontrarán en él a un gran maestro al que admirar. Quienes preferimos tragos algo más complejos nos rendimos ante su sabiduría formal y su capacidad evocativa. Y mordemos cada poema suyo como una manzana robada en el huerto siempre inconcluso del misterio.

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