Este diciembre me ha tocado de nuevo oír un par de veces el Concerto fatto per la Note di Natale de Arcangelo Corelli, el italiano que dejó fijado para toda Europa el sonido de la Navidad sinfónica: aire bamboleante de siciliana, melodías y armonías sencillas, ecos de gaita. Era la música de los pastores sicilianos de la época —la de Corelli, finales del XVII, no la de la noche de autos—, porque ya se sabe que no puede haber belén sin pastores. La novedad es que este año he podido oír también el sonido navideño de otro Arcángel músico, el gran cantaor de Huelva. Fue en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo Andalucía Flamenca del CNDM. En los villancicos que cantó estaban los elementos y metáforas de siempre: la pobreza, la avaricia del posadero —si no hay dinero, no hay posada—, el pesebre, el recién nacido, que se quiere o no se quiere dormir, los pastores y la guasa de lo cotidiano: San José hizo una sopa; no le había echado tomate y la Virgen le decía: "¡si la pruebo, que me maten!" No parece muy ortodoxo este pronto de la Virgen, pero seguramente sirve mejor al mensaje de la encarnación que la ñoña estampa habitual.

Lo peculiar, en todo caso, de estos villancicos es que sonaban con sonido Arcángel: una voz limpia, de cabeza, pero capaz de transmitir tanto o más desagarro que las voces rotas, de garganta, que abundan en el género. No se sabe dónde está la clave de esta música —¡ni de ninguna otra!—, pero ahí, no. El duende está o falta por igual en voces claras y oscuras. Lo cierto es que Arcángel entra una y otra vez hasta el fondo del alma del oyente, como hacen todos los buenos artistas. 

Arcángel se rodea de musicazos, lo que siempre ayuda. La guitarra de Dani de Morón sirve, según el caso, para ir construyendo el edificio o para derribarlo con un par de rasgados y dejar desarmado al oyente. Agustín Diasera es un percusionista sabio que se hace oír con colores más que con decibelios y consigue asentarlo todo en ese compás misterioso, presente pero a veces esquivo, que oculta algunas de sus pulsaciones tras una celosía de floreos y ornamentos. El viejo Brahms tenía la misma obsesión: velar sutilmente los periodos rítmicos, aunque no mediante adornos, sino por procedimientos estructurales. Quien sí aprovechó el valor difuminador del ornamento fue Albéniz, en su caso no para el ritmo, sino para la armonía. Se trata en los tres casos de dar en el clavo, pero no llegando de frente, sino de costado. Sin saberlo, Brahms y Albéniz compartían con Arcángel y sus hermanos flamencos la persecución de un sonido a la vez firme y esfuminado, un sonido que es seductor porque sugiere más de lo que enseña y porque su fascinante incompletitud incita al oyente a terminar él mismo la tarea musical mediante una escucha creativa. Paco de Lucía clavó la idea sin necesidad de tanto palabreo: "un sonido que no sea tan payo".

@GuibertAlvaro