¿Qué nos queda cuando desterramos la esperanza? Sin esperanza, la peripecia del ser humano se parece a la de los náufragos de la fragata Méduse, cuyo infortunio recreó Théodore Géricault en su famoso óleo de 1819. Tras perder la esperanza de ser rescatados, los náufragos enloquecieron y comenzaron a luchar entre sí. Los escasos supervivientes recurrieron al canibalismo para no morir. En ese estado de desesperación, parece inevitable darle la razón a Iván Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Sin esperanza, los preceptos morales se reducen a convenciones provisionales.

El poeta polaco Czesław Miłosz considera que conspirar contra la esperanza es quizás el crimen más indisculpable, pues reducimos el horizonte al inevitable y banal encuentro con el no ser. El desencantamiento del mundo degrada el porvenir a un lento ocaso, donde la conciencia solo es una maldición. La misión del poeta es rescatar al hombre de esa balsa que acaba destruyendo la infinita responsabilidad hacia el otro. Escribe Miłosz:

Si Dios no existe,

no todo le está permitido al hombre.

Él aún es el guardián de su hermano

y no puede entristecerlo

diciéndole que no existe Dios.

Nacido en Lituania en 1911, Miłosz siempre escribió con la idea de que la esperanza es más que el ser. El bien perfecto no existe en este mundo. Solo puede acontecer más allá del tiempo, el espacio y la materia. La esperanza parece un sentimiento opuesto a la razón, pero sin ella el universo deviene absurdo o, como diría Cioran, “espantoso, abominable, obsceno”. Miłosz estudió Derecho en Vilna y publicó su dos primeros libros en 1930, Tres inviernos y Poema sobre el tiempo congelado.

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Tras viajar a París con una beca, regresó a Polonia y presenció la destrucción de Varsovia, “la ciudad más castigada de Europa”, según escribió. No se limitó a ser un testigo pasivo de la ocupación nazi. Desafió a las medidas antisemitas, colaborando con la organización clandestina Libertad, que se dedicaba a esconder familias judías y ayudarlas a salir del país.

Sin embargo, no participó en el levantamiento de Varsovia, pues le pareció un sacrificio inútil, ya que las posibilidades de éxito eran escasísimas. Desgraciadamente, su predicción se cumplió. La sublevación fracasó y el ejército alemán redujo la ciudad a escombros, como si quisiera extirpar hasta el último vestigio de vida y esperanza. Miłosz evocó la destrucción de Varsovia en un poema que opone a los estragos del odio el poder sanador de las palabras:

Vosotros, a quienes no pude salvar

Escuchadme.

Intentad entender estas simples palabras, ya que de otras me avergonzaría.

Os juro que en ellas no hay hechicería.

Os hablo en silencio como una nube, como un árbol.

He aquí un valle polaco de ríos anémicos. Y un inmenso puente

perdiéndose en la niebla. He aquí una ciudad vencida,

Y el viento arroja alaridos de gaviotas sobre vuestra tumba

Mientras os hablo.

Tras finalizar la guerra, Miłosz se incorporó al servicio diplomático y trabajó en Washington y París, adoptando una posición cada vez más crítica con el régimen comunista. En 1951, pidió asilo político en Francia. Su ruptura con el marxismo y los cánones estéticos del realismo socialista se plasmó en una colección de ensayos agrupados bajo el título El pensamiento cautivo, que apareció con un prólogo de Karl Jaspers. Profesor de lengua y literatura eslavas en la Universidad de California, el gobierno comunista y la Unión de Escritores Polacos acusaron a Miłosz de ser un traidor a su patria, pero esa hostilidad solo agudizó su compromiso con su idioma natal y la historia de su país.

Miłosz no se limitó a ser un testigo pasivo de la ocupación nazi, sino que desafió a las medidas antisemitas

En 1980 se le concedió el Premio Nobel de Literatura, un reconocimiento que Juan Pablo II, amigo personal del poeta, calificó de “hermosa sorpresa”, y en 1989, el Memorial Yad Vashem le reconoció como uno de los Justos entre las Naciones por la ayuda prestada a sus compatriotas judíos durante la Shoá. Aunque afirmó que nunca regresaría a Polonia, Miłosz volvió a pisar su patria en los noventa, satisfecho con la transición democrática. Se estableció en Cracovia y residió allí hasta su muerte en 2004, sin perder en ningún momento su espíritu inconformista e independiente.

“Miłosz -escribe Seamus Heaney- es un gran poeta y tiene un lugar en el panteón del siglo XX porque su obra satisface el apetito de gravedad y alegría que el término poesía despierta en todos los idiomas. Restaura la eternidad del niño a la orilla de las aguas, pero expresa igualmente el desaliento del adulto al descubrir que su nombre está escrito en el agua. En lo que a nosotros concierne, nos ayuda a preservar la fe en aquellos momentos en que estamos súbitamente alertas a la dulzura que es vivir en un cuerpo, pero no nos absuelve de las responsabilidades y castigos que supone ser parte de la vida de nuestro tiempo”.

La larga vida de Miłosz le permitió contemplar las grandes transformaciones que se produjeron a lo largo del siglo XX. Sus orígenes en los bosques lituanos le familiarizaron con la mitología popular y las viejas creencias campesinas. Educado en la fe católica, se adentró en los textos de la escolástica medieval y el neoplatonismo renacentista. Después, suscribió las tesis del materialismo histórico, pero la devastación causada por los totalitarismos de distinto signo hizo que adoptara un escepticismo volteriano.

Sin embargo, con los años se abrió paso una mentalidad de carácter profético que desembocó en un reencuentro con el catolicismo. Tradujo al polaco partes de la Biblia y en 1997 afirmó en su libro Perro callejero: “El verdadero opio del pueblo es la creencia en la nada después de la muerte; el gran consuelo que trae pensar que no vamos a ser juzgados por nuestras traiciones, avaricia, cobardía y crímenes”.

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Miłosz concebía la poesía como un ejercicio espiritual y un compromiso: “¿Qué clase de poesía es aquella que no salva / a las Naciones y a los Pueblos?”. Su credo ético y estético se resumía en una frase de El pensamiento cautivo: “En mi camino solo rindo cuentas ante la gracia de Dios y ante mi propia soledad”. Miłosz no critica el totalitarismo desde una perspectiva estrictamente política, como Orwell o Koestler, sino desde una visión teológica. Para él, las contingencias de la historia solo son capítulos de la eterna lucha entre Dios y las fuerzas demoníacas.

El demonio no es un ser mitológico, sino la penumbra moral en que nos sumimos cuando herimos a nuestros semejantes o a cualquier criatura capaz de experimentar dolor. Las ideologías totalitarias hablan de justicia y solidaridad, pero cuando acceden al poder, arrebatan al ser humano sus sueños de paz y libertad. Miłosz piensa que la única utopía verdaderamente liberadora es la doctrina de la Encarnación, que imprime un sentido distinto al tiempo.

Las ideologías totalitarias hablan de justicia y solidaridad, pero cuando acceden al poder, arrebatan al ser humano sus sueños de paz y libertad

La Resurrección es la respuesta al escándalo de la muerte. Gracias a ella, el tiempo deja de ser una caída hacia la nada. La vida ya no queda interrumpida o inacabada, sino que se incorpora a una apertura fructífera, donde la palabra y la conciencia alcanzan su plenitud.

En un diálogo con Joseph Brodsky que se celebró en 1989, pero que no se publicó hasta 2001, Miłosz declaró que su primo francés Óscar Miłosz había ejercido una poderosa influencia en su pensamiento. Gracias a uno de sus ensayos, comprendió que la nueva física había marcado el inicio de una inesperada armonía entre ciencia, religión y arte. La física newtoniana era inconciliable con la imaginación, el arte y la religión.

En cambio, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica confirmaban las intuiciones de poetas como William Blake, que cuestionó la concepción del tiempo y el espacio como valores absolutos y atribuyó a lo indeterminado un papel esencial en la economía del cosmos. La ciencia puede ser una fuente de esperanza o un delirio fáustico que diezme a la humanidad y calcine ciudades y paisajes, como sucedió durante la Segunda Guerra Mundial.

En su discurso de aceptación del Nobel, Miłosz apuntó que las “ideas abyectas de dominación sobre los hombres, similares a las de dominio sobre la naturaleza, condujeron a paroxismos de guerra y revolución, subyugando a millones de seres humanos y destruyéndolos física y espiritualmente”. Algunos lograron sobreponerse a esa perversión aferrándose a los vínculos establecidos por “la familia, la religión, la vecindad y la herencia común”.

Miłosz afirmaba que su catolicismo estaba muy cerca del budismo, pues estimaba que el mundo era esencialmente sufrimiento

Los totalitarismos fueron derrotados, pero lograron una victoria que ha pasado desapercibida: “la pérdida total de la memoria como estado permanente del espíritu”. “¿Y no representa esto acaso un peligro -se pregunta Miłosz- más grave que la ingeniería genética o la aniquilación del medio ambiente?” La memoria es la fuerza que nos protege de la barbarie. Durante siglos, “la Biblia permitió que las naciones europeas conservaran el sentido de la continuidad, que no debe confundirse con el sentido de la historicidad”.

Miłosz reconoce que como la mayoría de sus contemporáneos experimentó la tentación del nihilismo, pero su poesía siempre ha sido honesta, “y aún en tiempos oscuros, expresó la llegada de un reino de paz y justicia”. No habría sido posible sin la amistad Oscar Miłosz, “el visionario exiliado en París”.

["¿Qué clase de poesía es esa que no salva a las naciones y a los pueblos?"]

Con él, adquirió un profundo conocimiento del Antiguo y el Nuevo Testamento y el sentido de la jerarquía en el arte y la moral, pero sobre todo le transmitió “el viejo amor a los hombres” y la importancia de la piedad, la soledad y la indignación. Dado que “no somos más que eslabones entre el pasado y el porvenir”, debemos “mantenernos libres de tristeza e indiferencia”, pues solo así lograremos dejar un legado fecundo a las nuevas generaciones.

Miłosz afirmaba que su catolicismo estaba muy cerca del budismo, pues estimaba que el mundo era esencialmente sufrimiento, pero esa misma convicción le impulsaba a perseverar en la gratitud y la esperanza. Aunque la Tierra era un valle de lágrimas por culpa del pecado, Dios había prodigado infinidad de dones. En su poema “Ya no”, escribe:

De la renuente materia,

¿Qué se puede obtener? Nada, belleza a lo sumo.

Así pues, el cerezo en flor ha de bastarnos

Y los crisantemos y la luna llena.

Nuestro tiempo ha desterrado la esperanza, pero la belleza perdura y esa paradoja nos sugiere que detrás del “pálido hormigueo de las galaxias”, se esconde “un Dios humano”, que “se compadece de cada pájaro / herido, de cada ratón atrapado. / El Universo es para Él como una crucifixión” (“A la señora profesora en defensa del honor del gato y no solo”). Caminar por la tierra “es difícil”, admite Miłosz, pero un cerezo en flor debería ser suficiente para comprender que el universo, con todo su espanto, no es el sueño de un idiota, sino un feliz acontecimiento.