Borges no entendió a Chesterton. Su fe solo le parecía un aspecto marginal de su obra. No reparó en que esa fe era el centro de una cosmovisión ética y estética, y, además, un motivo de júbilo. "No sé si Dios destinó al hombre a una felicidad terrenal completa y absoluta —especuló Chesterton—. Pero sí sé que quiso que lo pasáramos bien. Y yo tengo la intención de pasarlo bien. Y si no puedo satisfacer mi corazón, por lo menos satisfaré mi sentido del humor".

Borges consideraba improbable la existencia de Dios, especialmente si se le atribuían determinados rasgos: "La idea de un ser perfecto, omnipotente, todopoderoso, es la máxima creación de la literatura fantástica. Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que ha imaginado la teología".

Chesterton despreciaba esa clase de reflexiones. Al igual que el arte, pensaba que la fe no necesitaba justificaciones racionales. Aventuraba que la fe precedió a la ciencia porque su comprensión de la realidad es mucho más profunda. Un naturalista solo realiza clasificaciones y descripciones. No puede decirnos si el universo es bueno o malo. En cambio, un hombre religioso intuye que el mundo, a veces cruel y extraño, discurre bajo la tutela de "algo más humano que la misma humanidad" y, por tanto, es bueno, un hogar que debemos cuidar.

El autor de Ficciones se describió a sí mismo como un hombre infeliz y pesimista. Irónico y escéptico, se identificaba con el pensamiento de Schopenhauer. Por el contrario, Chesterton era alegre y optimista. Su dicha nacía de su amor al mundo y de no esperar demasiado: "Bienaventurado el que nada espera, porque poseerá las ciudades y las montañas. Bienaventurado el hombre sencillo, porque heredará la tierra".

No esperar demasiado hace que celebremos todo lo que vemos y, sobre todo, nos revela que las cosas podrían no ser. Todos los que se quejan del mundo, lamentando sus imperfecciones, no reparan en que su desaparición nos sumiría en un abismo insondable. Solo el que atisba las tinieblas comprende el esplendor de la luz. La vida siempre es preferible a la nada. El pesimismo surge de no saber apreciar el valor de las cosas. Por eso, es estéril.

Schopenhauer cultivaba el desapego y la impasibilidad porque no amaba el mundo. En cambio, Chesterton, que amaba el mundo, no quería ser imperturbable y estoico. Se emocionaba evocando los teatrillos de juguete que le construía su padre y no deseaba perder ese recuerdo. Opinaba que el mundo no era una calamidad, sino un lugar que podía ser mejorado. La injusticia le parecía una nota discordante, no la melodía del universo.

Para Chesterton, el pesimismo es una enfermedad del alma: "Muchas personas están descontentas si no están descontentas". Piensan que nada es interesante, que la malicia predomina por doquier, que cualquier pasión desemboca en el tedio. No advierten que "lo que está mal en el mundo es que no nos preguntamos qué es lo que está bien". El optimismo puede ser insensato y afirmar que todas las cosas son perfectas, lo cual no es cierto.

Nacer con alguna limitación no es bueno, pero sí es bueno estar en el mundo, poder contemplar la naturaleza, conocer la ternura de una madre, disfrutar de la amistad. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero que el mundo exista, que haya sido posible, es lo mejor que cabe imaginar.

A Chesterton no le parece sensato perder el tiempo con los nihilistas irreductibles: "Si un hombre sostiene que la extinción es mejor que la existencia, o la vida vacía mejor que la variedad y la aventura, no está entre aquellos con quienes me paro a hablar. Al hombre que prefiere la nada, la nada le doy". El pesimismo no cree en la libertad del ser humano. No concibe que se pueda transformar el infortunio en una experiencia de superación. No entiende que afrontar el dolor con inteligencia nos pueda hacer crecer y apreciar más la vida.

Chesterton afirma que la felicidad, como la religión, no puede ser racionalizada. En su caso, es algo natural, espontáneo, pero eso no significa que esté asociada al instante. La filosofía del carpe diem le parece una necedad. La alegría siempre demanda la eternidad. "La religión carpe diem no es la religión de la gente feliz —escribe—, sino la de la gente muy infeliz. La alegría no recoge los capullos de rosa mientras pueda evitarlo. Más bien sus ojos están fijos en la rosa inmortal que vio Dante. La verdadera alegría tiene en sí misma el sentido de la inmortalidad".

Borges

Borges sostenía que anhelaba la muerte, que deseaba dejar de ser Borges, que no comprendía el ansia de inmortalidad de Unamuno, pero al mismo tiempo comparaba el tiempo con un fuego que nos consume o un tigre que nos devora. Chesterton no parecía tan preocupado por su yo como Unamuno, pero no soportaba la idea de que el mundo se hallara abocado a la destrucción. "Ciertamente, si queremos ser verdaderamente alegres, debemos creer que hay una alegría eterna en la naturaleza de las cosas. No podemos disfrutar siquiera de un baile popular a menos que creamos que las estrellas bailan con la misma melodía".

Chesterton entendía que la alegría no estaba reñida con el humor. Al igual que la fe, "la risa es un salto. Es fácil ser pesado. Lo difícil es ser ligero".

Chesterton entendía que la alegría no estaba reñida con el humor. Al igual que la fe, "la risa es un salto. Es fácil ser pesado. Lo difícil es ser ligero". Sin humor, la alegría puede ser enojosa. El humor no está relacionado con la insolencia, sino con la humildad, una de las mayores virtudes. "La humildad es la madre de los gigantes. Uno ve grandes cosas desde el valle. Desde la cumbre solo se ven las pequeñas".

La humildad no consiste en vivir austeramente, alardeando de sencillez, sino en reconocer y celebrar la grandeza allí donde aparece. En cuanto al concepto que uno tiene de sí mismo, resulta más humilde no esconder la propia vanidad que fingir desinterés hacia la opinión de los demás. La humildad es una forma de sabiduría y no un gesto de ostentación. La vida es un banquete. No hay que despreciar lo que nos ofrece. Eso sí, "pasarlo muy bien con una escoba, una carretilla y un sombrero viejo, es una gran cosa. Pero disfrutar de una pequeña diversión con montañas de esmeraldas y toneladas de oro es desde luego humillante".

Aparentemente, Borges, pesimista y escéptico, y Chesterton, optimista y católico, concebían la vida desde perspectivas incompatibles. Sin embargo, Borges se distanció del pesimismo en la vejez, quizás porque descubrió el amor correspondido con María Kodama. En el prólogo de Los conjurados, un libro de poemas que publicó en 1985, un año antes de su muerte, leemos: "Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso".

Chesterton habría suscrito esta reflexión. Ambos escritores acabaron coincidiendo en lo esencial. Nunca hemos salido del Jardín del Edén. Chesterton lo comprendió enseguida; Borges solo poco antes de morir.