Hace años, escuché a un psicólogo hablando despectivamente de la “psicoterapia del amiguete” de Carl Rogers, excesivamente empática con el paciente. “El papel del psicoterapeuta es poner límites, interpretar, no escuchar con una sonrisa complaciente”. No me agradó su comentario y opté por cambiar de tema, pero mi curiosidad por la psicología de Carl Rogers, al que había leído y estudiado en mis años universitarios, se reavivó, estimulando mi deseo de sumergirme de nuevo en sus libros. No me defraudaron, pues destacaban la importancia de escuchar, de oír con respeto y sensibilidad. No solo a los otros, sino a uno mismo, pues muchas veces reprimimos nuestro yo auténtico por miedo al rechazo. Al escuchar lo que hay en nuestro interior, descubriremos cosas inesperadas. No debemos dejarnos intimidar por el temor que nos inspira cambiar de opinión, girar en una dirección inesperada. Siempre debemos estar dispuestos a modificar nuestra perspectiva, abriéndonos a lo nuevo: “Una persona educada es la que ha aprendido a aprender y a cambiar. Es un proceso sin fin, no algo cerrado y definitivo”.

Carl Rogers nació en 1902 en Illinois, Chicago. Se incorporó tarde a la escuela, pues sus padres lo educaron en casa, respetando su curiosidad y su temperamento independiente. Después de realizar estudios de agricultura y teología, que no completó, se licenció en psicología clínica por la Universidad de Columbia en 1931. Un viaje a Pekín le reveló que la cultura oriental era más intuitiva y plástica que la occidental. También descubrió que el conocimiento de lo diferente nos enriquece y potencia nuestro desarrollo, ayudándonos a superar prejuicios y dogmatismos. Fascinado por el existencialismo y las teorías de Otto Rank, que describe la personalidad como un creativo proceso de individuación, empieza su carrera de profesor universitario, ejerciendo en Ohio, Chicago y Wisconsin. Desilusionado por la rigidez académica, finaliza sus días como investigador independiente, fundando un Centro para el Estudio de la Persona y un Instituto a favor de la Paz. Su obra más importante es Psicoterapia centrada en la persona, que aparece en 1951 y establece las bases de la Psicología Humanista. 

Carl Rogers entendía que en la conciencia del hombre late el impulso de desarrollar sus potencialidades hasta el límite de lo posible. No es algo meramente humano, sino un impulso cósmico que explica el devenir de la naturaleza. Todo está lleno de vida. La melancolía, la ira y la desesperación brotan cuando surgen barreras que frenan o impiden el crecimiento. Todos necesitamos metas, pero sin los otros no podremos realizarlas. Somos personas, no individuos; seres sociales, no solitarios depredadores. Los vínculos son imprescindibles para la vida y la felicidad. Un bosque teje una red de relaciones mucho más amplia que un pequeño campo de maíz. Ante una catástrofe, tiene más posibilidades de sobrevivir y regenerarse. En el caso del ser humano, el bosque se corresponde con su modelo de sociedad. Si el modelo social y cultural se convierte en una estructura perjudicial y asfixiante, la persona enferma y, a largo plazo, muere. La selección natural no es una áspera lucha por la vida, sino un largo proceso hacia el equilibrio y la dicha. Nuestros sentidos trabajan con nuestra inteligencia para satisfacer nuestras necesidades y resolver nuestros conflictos. Rogers no es pesimista. Cree en las personas, en su capacidad de dialogar y entenderse. Las guerras y las catástrofes son desmoralizadoras, pero el hombre no es un ser perverso, sino un rico yacimiento de posibilidades: “Cuando observo el mundo soy pesimista, pero cuando miro a la gente soy optimista”.

Rogers apunta que es imposible llevar una vida plena sin una visión positiva de la existencia y una percepción positiva de uno mismo. Sin autoestima, se desemboca en el desamparo y la impotencia. La autoestima no debe depender de nuestra adaptación a un determinado modelo cultural. Si cumplimos las expectativas de una sociedad represiva y alienante, disfrutaremos de reconocimiento, pero no de verdadera felicidad interior. La auténtica felicidad sólo puede brotar de la gratificación producida por obrar conforme a nuestro verdadero yo: “En mis relaciones con los demás, he descubierto que a largo plazo no ayuda actuar como si fuera otra persona. Siempre debo ser yo mismo”. El verdadero yo no debe confundirse con un yo idealizado que siempre nos producirá frustración, pues jamás estaremos a la altura de esa imagen hiperbólica. El verdadero yo es la identidad que creamos mediante decisiones libres, flexibles y realistas. Si nos dejamos esclavizar por el “yo debería ser”, surgirá la neurosis, con su catálogo de respuestas inadecuadas: negación, evitación, distorsión y, en los casos más graves, psicosis. La incongruencia entre el “yo verdadero”, sano y equilibrado, y el “yo ideal”, hipercrítico y descompensado, produce una elaboración onírica que escinde a la persona de la realidad. Un yo sano se caracteriza por la apertura a lo nuevo, la confianza en sus posibilidades, la empatía hacia los otros, la libertad y la creatividad ante el presente, el pasado y el futuro. El yo siempre debería ser una síntesis de lo inmediato, lo vivido y lo proyectado. Esa actitud se llama “congruencia” y es el punto hacia el que debemos tender. 

La Piscología Humanista de Carl Rogers implica una filosofía educativa. Rogers es el padre de la enseñanza no dirigida, basada en un clima de libertad que promueve la espontaneidad, la empatía y la autenticidad. El niño tiene un deseo natural de aprender y una creatividad innata. El aprendizaje no debe ser algo impuesto, sino un proceso libre y fluido en un clima de confianza y cooperación. Rogers sostiene que la motivación se esfuma si los materiales educativos no responden a las demandas del “yo auténtico”, con metas e iniciativas propias. La inteligencia no es unívoca, sino múltiple. Cada niño traza un camino distinto, intentando llegar lo más lejos posible. El papel del educador no es enseñar ni evaluar, sino facilitar el aprendizaje

La “psicoterapia centrada en el cliente” no es una técnica, sino un “enfoque”. El concepto de “paciente” refleja pasividad y sumisión. En cambio, la noción de “cliente” destaca su papel activo en el proceso curativo y pretende neutralizar la connotación negativa de la expresión “enfermo mental”. Para Rogers, no hay enfermos, sino personas con formas disfuncionales de vida. La terapia convencional intenta corregir ciertos comportamientos, dirigir e imponer normas. Por el contrario, el enfoque es una perspectiva orientada a apoyar, sin ejercer ninguna forma de presión directa o indirecta. Su objetivo es acompañar al paciente, ayudándole a ejercer su autonomía o libertad responsable. Si hay una relación asimétrica o un cuadro de dependencia, el cliente no se atreverá a ser él mismo por miedo al rechazo. Y cuando surja un problema, será incapaz de afrontarlo con sus propios recursos. 

El enfoque de Roges se basa en el “reflejo”. Si el cliente manifiesta poca autoestima, la respuesta adecuada no son unas palabras de aliento, sino una escucha empática, que reconoce el problema y expresa comprensión. El “reflejo” debe salir del corazón, manifestar empatía, ser auténtico, congruente, pues solo de ese modo pude ser clarificador. El cliente puede manifestar odio al género humano, pero en realidad solo aborrece el trato que ha recibido de ciertas personas. Sin embargo, no lo entenderá, si no llega por sí mismo a esa conclusión. El enfoque de Rogers está orientado hacia un “ajuste creativo” que permita superar un estado de estancamiento. Se trata de lograr un equilibrio entre la afirmación individual y la necesidad de interaccionar con los demás. La “aceptación condicional” siempre es una forma de coacción, pues implica la exigencia de actuar conforme a las reglas de un grupo: “Cuando una persona advierte que es amada por ser como es y no por lo que pretende ser, siente que merece respeto y amor”. Por el contrario, la “aceptación incondicional” significa admitir el derecho del otro a ser diferente, sin censurarlo o excluirlo. El conflicto que surge entre las distintas ideas o estilos de vida se resuelve con empatía. La “psicoterapia centrada en el paciente” trasciende la piscología, apostando por una sociedad libre, diversa y creativa. No intenta imponer un modelo cultural, sino impulsar el desarrollo humano: “En mis primeros años de trabajo me preguntaba: ¿Cómo puedo tratar, curar o cambiar a esta persona? Ahora formulo la pregunta de otra manera: ¿Cómo puedo a ayudar a esta persona para impulsar su crecimiento personal?”. Solo es posible construir una sociedad equilibrada y justa, respetando la libertad individual y no obstaculizando su despliegue: “Cada persona es una isla en sí misma, en un sentido muy real, y sólo puede construir puentes hacia otras islas, si efectivamente desea ser él mismo y está dispuesto a permitírselo”.

La Piscología Humanista de Carl Rogers trasciende el marco de la clínica. Incluye un concepto del hombre (“solo cuando me acepto tal como soy, puedo cambiar. Es una curiosa paradoja”), una teoría del aprendizaje (“solo es significativo lo que se aprende por uno mismo”) y una praxis vital (“es absurdo tener miedo a la muerte. Sólo se debería tener miedo a la vida). Rogers cree que cierto grado de inestabilidad es un síntoma de madurez: “Si yo fuera estable, prudente y estático, viviría en la muerte. Prefiero aceptar la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales. Es el precio a pagar por una vida rica, asombrosa y estimulante”. Carl Rogers no inventó la “terapia del amiguete”, como han sostenido con malicia sus adversarios, sino un espacio de libertad y curación donde dos personas se abren y se escuchan, experimentando el alivio que producen la cercanía, el afecto y el respeto mutuo. Rogers nos enseñó que el dolor solo se aplaca cuando dos  personas comparten sus palabras y sus silencios. No es un legado insignificante, sino una lección de humanidad e inteligencia.

@Rafael_Narbona