Adam Zagajewski sostiene que un escritor no puede vivir de espaldas a la historia. Mantenerse lejos de los hechos no le permitirá escribir una obra atemporal. La búsqueda de una “inocencia absoluta” está abocada al fracaso y puede transformarse en estupidez. Hay que dialogar con el tiempo y aceptar el riesgo. Pronunciarse siempre implica la posibilidad de equivocarse. Opinar sobre lo que sucedió hace siglos carece de mérito, pues la tradición ya ha realizado la criba que permite distinguir entre lo sólido e inconsistente, lo perdurable y lo baladí. Yo creo que Zagajewski será uno de los clásicos del mañana. No solo porque en 2017 se le concediera el Premio Princesa de Asturias, sino porque su literatura no tiene miedo a las grandes palabras. Sin incurrir en dogmatismos, habla de Dios, el Bien y la Belleza. Su voz no claudica ante el escepticismo y no acepta el relativismo de unos tiempos líquidos que han rebajado la verdad a mera convención. 

La timidez y el pudor sitúan a Zagajewski en las antípodas del fanatismo. Su yo no es desmesurado, sino cortés, pudoroso y modesto. En su atípica autobiografía, Una leve exageración, aclara al lector que pisa el umbral de su libro: “No lo voy a contar todo”. En primer lugar, porque considera que muchos aspectos de su vida están desprovistos de interés. No es Thomas Mann, anotando en su diario hasta los pequeños incidentes de su aparato digestivo, siempre propenso a pequeños desarreglos. En segundo lugar, porque es “un viejo representante de la vieja escuela de la discreción de la Europa del Este: aquella que no habla nunca de divorcios ni reconoce que uno está deprimido”. Una autobiografía casi siempre es un pasadizo que nos lleva al corazón de la obra de un autor. Una leve exageración cumple ese cometido, recogiendo las preocupaciones esenciales de Zagajewski. Merece la pena leer la obra con la calma del musicólogo que examina una ambiciosa partitura. Sus páginas, llenas de reflexiones, matices, intuiciones y apuntes líricos, corroboran que el porvenir acogerá al escritor con la consideración reservada a los clásicos. Sus poemas y sus ensayos constituyen una airada y razonada protesta contra las distintas formas de totalitarismo, un canto permanente a favor de la libertad y una oportuna reivindicación de la tradición humanística que ha forjado el sueño de una Europa sin discriminaciones ni exclusiones. Para Zagajewski, las fronteras no tienen sentido en un espacio concebido para propiciar el diálogo y la tolerancia. Después de soportar la opresión fascista y comunista, Europa debe ser un faro de esperanza, demostrando que naciones con largas y viejas enemistades pueden superar los conflictos, curar sus heridas y establecer un intercambio fructífero. Europa es Dante, Bach, Mahler, Beethoven, Miguel Ángel, Goya, Goethe, Proust, Kafka, Cervantes. Podríamos prolongar la lista hasta la extenuación. Europa es una civilización con una fértil creatividad. Las grandes matanzas del aciago siglo XX no deben oscurecer esta herencia, un inagotable capital que no cesa de fecundar el presente e impulsarnos hacia un futuro de concordia y fraternidad. 

Zagajewski asume el peso de la historia. Sabe que su obra crece a la sombra de Polonia, un país que ha soportado grandes sufrimientos. Ocupada por la Alemania nazi y la Unión Soviética, su lucha por la independencia ha exacerbado el sentimiento nacionalista. Católica y con un tibio europeísmo, la Polonia de nuestros días se muestra reacia a la modernidad. Zagajewski no se siente identificado con esta postura. Su amor a su país no se manifiesta como un patriotismo de cartón piedra, sino como amor a sus poetas, a sus músicos, a sus gentes y a sus paisajes. Escuchar a Chopin o a Górecki, leer a Czesław Miłosz o a Wisława Szymborska, pasear por la plaza mayor de Cracovia, deleitándose con su lonja y su iglesia gótica, significa buscar el latido de una nación que ha sobrevivido a la voracidad de sus vecinos, construyéndose una identidad que oscila entre lo místico y el firme apego a lo terrenal, lo espiritual y lo temporal. Admirador de Miłosz, Zagajewski elogia a los poetas que prestan atención a su momento histórico, sin confinarse en abstracciones. Miłosz no dedicó mucho tiempo a lo posible. Prefirió abordar lo que realmente existía, como el fenómeno Harry Potter. Tal vez fue el único intelectual serio que leyó todos los libros de la saga, concediéndoles su beneplácito. Pensaba que no eran un gran triunfo del espíritu, pero sí un entretenimiento inofensivo. Al igual que Miłosz, Zagajewski alberga una profunda inquietud religiosa, pero sin abdicar de una perspectiva salpicada de dudas y perplejidades. Escucha música a todas horas, cuida su vida espiritual, reserva horas a la contemplación. Siente especial aprecio por La canción de la Tierra de Gustav Mahler. Mahler canta a lo terrestre, a lo finito, a la fragilidad de la vida, admitiendo que la conciencia no es un privilegio, sino una herida. Vivimos divididos entre la ebriedad del instante y la melancolía del ayer. La belleza solo es un obstinado eco del paraíso perdido. La conciencia de la muerte nos acompaña en todo momento, recordándonos que la existencia es un canto efímero. Frente a ese sentido trágico, Zagajewski elogia la pintura de Miquel Barceló, señalando que en sus lienzos y en sus cuadros hay una alegría infantil que celebra la existencia de las formas y los colores. El hombre busca lo eterno, lo permanente, postergando de forma injusta lo inmediato, el aquí y ahora, los pequeños prodigios del día a día. El hombre no es un animal de instantes, sino de plenitudes. Nunca nos resignaremos a ser finitos. Nuestra mente siempre buscará la puerta del cielo, una galería secreta hacia ese más allá donde la muerte recoge sus alas y reconoce su impotencia.

Zagajewski creció en una familia donde la fe no era una posibilidad, sino algo que se daba por supuesto. Durante la dictadura comunista, todo lo relacionado con el espíritu representaba una forma de resistencia contra el materialismo imperante. Su tía Marysia era sumamente religiosa, pero nunca hablaba de Dios, quizás porque abrigaba “la convicción de que las cosas de la fe son inenarrables”. Cuando se manifiestan en voz alta, “se quedan en nada”, degradadas a lastimosa banalidad. Zagajewski sostiene que el poeta y el científico encarnan actitudes vitales completamente divergentes. El poeta es “un loco en Cristo” que se expone ante todos, sin disimular su angustia ni esconder sus flaquezas. Es un bufón que deambula por el mundo como un vagabundo sin hogar. El científico nunca se aleja de su laboratorio y cultiva la imagen de hombre respetable. Jamás transigirá con la desnudez del poeta que prescinde de las máscaras y las convenciones sociales. Para Zagajewski, ser polaco significa convivir con una herida que jamás cicatriza. Polonia no es una gran potencia, pero su historia es una historia de grandes sueños. Nunca ha dejado de mirar hacia lo alto. Solo cuando su mirada desciende al suelo aparecen sus pecados: nacionalismo, intolerancia, miedo a la diversidad. 

Zagajewski solo se siente capaz de amar lo espiritual: un poema, un cuadro, una sonata. El “jadeo de la historia” solo resulta tolerable gracias al “ligero soplo de la música”. El arte salva al hombre a diario. Una nota de piano puede curar una herida psíquica, restableciendo el equilibrio perdido. Descendiente de una familia desplazada por las sacudidas del siglo XX, Zagajewski apunta que el sentimiento de ser un desterrado no es una simple contingencia histórica, sino una circunstancia existencial. Los polacos se aferran a su cultura porque sienten que están de paso en su propia tierra, siempre expuestos a ser expulsados. Zagajewski no vive atormentado por ese temor. No se siente al borde el exilio, pero su apego a su país no le ha convertido en un sedentario. No es un hombre sin patria, pero sí un nómada. Sus viajes le han permitido entrar en contacto con otros países que no comprenden la peculiaridad del alma polaca. El auge de la mentalidad positivista propicia la perplejidad ante una nación que no ha renunciado a lo espiritual y trascendente. Los franceses no entienden que los poetas polacos sigan hablando de Dios, pues hace mucho que confinaron a Dios en el terreno de los seres imaginarios y les parece una niñería creer aún en su existencia. 

Zagajewski dedica a la figura de su padre, Tadeusz, unas páginas particularmente emotivas. Ingeniero, catedrático universitario, activista del movimiento Solidaridad, Tadeusz poseía una delicada sensibilidad que se reflejaba en su amor a las montañas, los bosques y los finales de septiembre. Su formación científica le impedía utilizar expresiones como “contemplación”, pero podía pasarse horas contemplando la línea del horizonte o un parque otoñal, con sus árboles desnudos y sus hojas caídas alfombrando el suelo con sus amarillos y sus ocres. Con talento para las distancias cortas –sus postales era un prodigio de síntesis e ingenio-, fracasaba en los largos recorridos. Escribió sus memorias a instancias de su hijo. Tituladas De tumbo en tumbo, carecían de pulso y resultaban reiterativas. Aunque no despreciaba la poesía, Tadeusz la consideraba “una leve exageración”. Discreto hasta el exceso, Adam evoca sus silencios. A veces paseaban juntos por las montañas y se sentaban a contemplar el paisaje. Durante esas excursiones, pasaban horas sin intercambiar ni una palabra: “Callaba, callaba de buen grado, y por eso nunca sabré a ciencia cierta quién era”. En cualquier caso, el conocimiento de los padres siempre es defectuoso: “No sabemos mirarlos objetivamente ni tampoco críticamente”.

Amante de la pintura, Zagajewski destaca la importancia del rosto humano. Su madre presenció las deportaciones masivas de la Shoah: familias enteras hacinadas en camiones o a punto de subir a un tren. Muchos ni siquiera llegaron al punto de destino. Murieron por el camino o fueron asesinados a las afueras de pueblos y ciudades. Lvov, la ciudad donde nació Zagajewski y que actualmente pertenece a Ucrania, fue el escenario de terroríficos pogromos. De los casi 200.000 judíos que residían en la ciudad antes de la Segunda Guerra Mundial, apenas lograron sobrevivir unos 500. Los poetas de la Europa del Este no pueden permitirse ser decadentes o frívolos. Su obra ha nacido en el ojo de un huracán y solo puede ser un testimonio de la lucha del espíritu por sortear los abismos de la historia. Poesía y solidaridad son inseparables en una tradición poética abonada por el sufrimiento de millones de inocentes inmolados en el altar del nuevo Moloch: el totalitarismo del siglo XX. Zagajewski se escandaliza con la concesión del Nobel a Peter Handke: un escritor no es un simple prestidigitador. Sus creaciones deben estar respaldadas por un poderoso aliento moral. Un poeta no debe sermonear, pero sí mostrar compasión por sus semejantes. Su voz puede ser el salvavidas de aquellos a los que la historia ha intentado borrar y silenciar. Zagajewski confiesa que no le agrada la poesía hermética. La creación es un acto comunicativo, no una filigrana del yo. Sin el otro, un artista solo es un charlatán. La belleza es una protesta contra la injusticia, no un simple alarde formal. “El arte se mezcla sin cesar con la vida real, […] y a veces incluso la modifica, la transforma y la modela a su imagen y semejanza”. 

Para Zagajewski, el hombre es un “animal metafísico”, un ser que se hace preguntas. No está de acuerdo con Cioran, según el cual la especie humana es una anomalía de la evolución. Hemos inventado la palabra y la palabra aporta trascendencia. El universo ya no es una realidad desprovista de sentido. Cuando surge la primera pregunta, el absurdo queda atrás. La poesía nunca será un dogma, pero sí la certeza de que la vida merece la pena y una señal de que hay algo más allá. Las palabras son el resplandor de algo que solo se muestra parcialmente. La poesía es como un rayo. No siempre cura, pero siempre evidencia el poder de la vida. 

Zagajewski ama los libros de pequeño formato, los libros que se pueden llevar en el metro. Unas obras completas nunca podrán ser un buen compañero durante un paseo por el campo o la ciudad. Zagajewski aprecia los aforismos, pero desconfía de las ocurrencias. Cioran posee un ingenio chispeante, pero se queda en el umbral de lo esencial. Simone Weil no es ocurrente, sino profunda: “Escribe con vistas a lo inefable”. En su juventud, Cioran simpatizó con el nazismo. En cambio, Simone Weil luchó contra él hasta sacrificar su vida. La vida de un escritor no es una nota a pie de página, sino el fundamento que sostiene una obra. Zagajewski repudia las ideologías y las utopías políticas, pero se niega a instalarse en el nihilismo. Una civilización no puede sostenerse sin una moral mínima y cierta esperanza. Europa ha creado Auschwitz, pero también ha engendrado a Mozart, Brahms, Bach. Zagajewski considera que el alma de Europa está contenida en el aria nº 39 de la Pasión Según San Mateo. “Erbarme dich, mein Gott” es una plegaria que habla de perdón, reconciliación y esperanza. Escuchando el aria se intuye que albergamos “un alma inmortal”. Zagajewski cita a Karl Barth, según el cual los ángeles escuchan a Bach mientras alaban a Dios, pero cuando se quedan a solas, prefieren la compañía de Mozart. No desertan de su obligación. Solo concentran su atención en el mundo, la obra más perfecta de Dios. La música revela “una añoranza activa de la eternidad”. 

Los filósofos de la época de la posverdad no quieren saber nada de Dios, pero el ser humano continúa arrodillándose en las catedrales. Zagajewski elogia el pensamiento de Bergson, menospreciado por los actuales historiadores de la filosofía. La energía no es una fuerza ciega. En el universo vibran las cuerdas de una inextinguible creatividad. La belleza está en todas partes. En un gato pelirrojo tomando el sol. En un bosque de hayas en todo su esplendor. En las perlas de un cuadro de Rembrandt, añadiendo un leve resplandor a la luz que penetra por una ventana. En Bergson haciendo cola para inscribirse como judío en la Francia ocupada, pese a que su Nobel le eximía de ese trámite. En la Catedral de Chartres, donde aún es posible rezar sin escuchar los móviles de los turistas. 

Adam Zagajewski será uno de esos clásicos del mañana que revelarán a las próximas generaciones la persistencia del humanismo cristiano en la época del eclipse de Dios. Una epidemia medieval nos ha recordado nuestra fragilidad. Leer a un poeta que aún habla de fe y esperanza nos puede ayudar a contemplar la muerte como una nota más del universo y no como el triunfo de la nada. “Nuestro tiempo odia la grandeza”, afirma Zagajewski, pero la poesía sobrevive, clamando que toda la belleza del universo cabe en un verso. 

@Rafael_Narbona